TALCO DE VIDRIO. Sonría, por favor.

Bienvenidos al maravilloso mundo ideal que se derrumba por la grieta causada por una sonrisa. Una guía precisa de cómo ser condenado al abismo por envidiar a un mascador de Trident.

Por Javier Marquina.

Dos cómics. Tan solo dos jodidos cómics y Marcello Quintanilha se ha convertido en uno de esos creadores a los que seguiría al infierno. A mí, que hace cinco años pensaba que lo de venerar a un brasileño que escribe y dibuja tebeos era una maniobra snob para dejarse ver en ese especial mundo atiborrado de gilipollas que no leen tebeos pero leen novelas gráficas. Esto es lo que todo el mundo llama crecer. Madurar. Sentar la cabeza. Es decir, olvidarte de etiquetas de mierda y quedarte con lo que te gusta venga de donde venga.

Pero dejemos atrás polémicas estériles y sigamos hablando de Quintanilha. Tungsteno, su anterior trabajo, ya era una obra para enmarcar. Sorprendente. Bien narrada. De estructura temporal deslumbrante. Llena de talento. Una más que agradable sorpresa que mezclaba serie negra, denuncia social y una historia con final redondo, de los que te engancha y te golpea con fuerza en las tripas. Un tebeo que ponía a su autor en la primera línea, dejando claro que era alguien a quien tener en cuenta para futuros lanzamientos. Un nuevo y merecido miembro de la lista “en cuanto publique lo siguiente, me lo compro”.

Y no me equivocaba.

Talco de vidrio, editado en España por la editorial La Cúpula, no es solo su nueva obra. Es también un impresionante despliegue narrativo que sorprende por la habilidad con la que maneja el discurso interior, metiéndose en la cabeza del personaje y consiguiendo que el eco de esta voz interna reverbere en tu cerebro hasta confundirse con la tuya propia, en un ejercicio de pericia apabullante. Además, es una historia terrible pero cercana, una de esas fábulas que no necesitan moraleja para desnudar la mezquindad entre desesperada e inocente del ser humano. Talco de vidrio es un espejo que refleja la imagen de las envidias que nos hacen incapaces de ser felices, esa pelusa incomprensible que sentimos hacia gente que tiene menos que nosotros y sin embargo parece mucho más feliz. Representada esta tragedia en una sonrisa perfecta y una dentista que necesita comprender su procedencia o destrozarla, este enorme autor brasileño hace un auténtico despliegue de recursos sin abandonar el estilo ya presente en Tungsteno.

Igual pero diferente, lo que en el primero era un relato sobre el lumpen desesperado de las fabelas que debe buscarse la vida intentando olvidar su moral, su alma y su conciencia, aquí es una fotografía de la alta sociedad etérea y vacía a base de tenerlo todo. La trágica realidad de Rosángela, acomodada dentista casada con un cirujano de éxito y madre de dos niños modélicos, es un ejemplo de esa codicia insaciable que nos posee, que nunca se calma, que nos hace siempre buscar lo que no tenemos aunque eso acabe por destrozarnos. Siguiendo con fidelidad la austeridad de un blanco y negro lleno de matices, Talco de vidrio es el fiel retrato de la miseria inevitable que desarrollamos en nuestra cruzada por una felicidad imposible, una fotografía llena de emoción del derrumbe moral y psíquico que sufre el eterno insatisfecho. Es el espejo que nos saluda cada mañana con complicidad, consciente de todos nuestros pecados. El retrato de Dorian Gray personalizado que carga con nuestros miserables secretos. Una radiografía precisa del agujero. Del vacío. Del hueco. De esa masa negativa que va girando con lentitud en el centro de tu estómago hasta convertirse en un sumidero capaz de ingerir cuantos logros le lances. Ese infierno que reclama combustible de forma imparable, que nunca tiene suficiente, que nunca está satisfecho, que te impulsa a destrozar lo que tienes. Aunque sea perfecto.

Este es un cómic a recordar cuando alguien nos pide que le recomendemos algo para leer. Un potente crecepelo para nuestra calvicie emocional. Una de esas lecturas que te hace suspirar profundamente cuando la terminas, entre acongojado, sobrecogido y superconsciente de este mundo anestesiado por dispositivos móviles, lleno hasta los topes de una marea de seres humanos que ya nunca te miran a la cara.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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