Tank Girl, el icono iconoclasta.

Aprovechamos las circunstancias más peregrinas para hacer las reflexiones más inesperadas. ¿Por qué no? Si hay gente que hace política con anchoas, nosotros podemos hablar de igualdad empuñando tomos de tapa dura.

Por Javier Marquina.

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Cuando salió el tomo de Tank Girl: Odisea editado por La Cúpula, lo último que podía esperar es que ante mí se revelara una de esas verdades que no por sorprendentes o curiosas dejan de ser menos reveladoras: a las mujeres de mi entorno les gusta Tank Girl. Es un hecho contrastado, demostrable y probado. Había pensado en hacer una reseña veraz del estupendo cómic de Milligan y Hewlett y de la estupenda edición en tapa dura realizada por La Cúpula que absolutamente todos deberíais haber comprado ya, pero ante esta revelación, me he visto obligado (como siempre) a cambiar de rumbo y hacer algo que no tiene mucho que ver con lo que había planeado en un principio.

Para mis amigas, Tank Girl es adorable. La encuentran entrañable. Así. Tal cual. Entrañable. Nunca les he preguntado el porqué. Quizás porque desde mi punto de vista de homínido machista, falocéntrico, despótico, repugnante y violador potencial, creo que sé la razón por la que les gusta. Pero claro. Es sólo una opinión personal. Y de un hombre. Y los hombres no entendemos nada. No sabemos de nada. Y sólo queremos follar. Sólo hacemos reflexiones con la polla. Solo vamos a lo que vamos. Siempre estamos pensando en lo mismo, si es que de verdad existe otra cosa en la que pensar. Y eso es exactamente lo que quiere hacer Tank Girl a cada momento y así es como se comporta, sin ninguna clase de complejos.

Curioso,  ¿no?

Tank Girl gusta porque es el arquetipo de macho repugnante que nos han vendido como Satanás durante los últimos 20 años, en esa corriente odiosa e incomprensible de igualar con desigualdad y liberar oprimiendo. Y es que en las revoluciones, lo primero que muere es la libertad. Por eso al final Tank Girl gusta. Porque representa lo que somos. Nuestro yo más gamberro, zafio, borrego y amoral. Ese yo que fuma en la planta de neumología de un hospital para niños. No gusta porque sea una mujer fuerte. Ni porque represente un avatar de tetas como misiles y mala leche. Tank Girl mola porque en el fondo es un hombre, pero hombre como ser humano, no como macho dominante, no como ser que blande su pene como arma para poseer todo aquello que desea. Es un hombre con sus miserias, sus risas y sus pelusillas en el estómago. Un hombre bruto, sexual, drogadicto, tarambana y violento. El típico borracho de bar. El borracho entrañable, por supuesto. Y si en lugar de intentar quemar ese icono como la bandera de un país enemigo aprendiéramos a reírnos de nosotros con la sanísima intención de mejorar, las cosas serían mucho mejor y nos irían mucho mejor.

Las palabras que acaban en “–ismo” me dan urticaria. Hasta las buenas. Que alguna hay, digo yo. Periodismo, por ejemplo… eh… bueno… no…. esa no es buena… esto… tendré que pensar más. El caso es que todo lo que suena a enfrentamiento radical por causas y razones tan peregrinas como el color, el sexo, el peso, el lugar en el que naces, la altura o la cantidad de piel que puedas tener o no en tus gónadas me produce arcadas y pena. Pena legítima. Querer igualar cortando cabezas es medieval. Lo haga quien lo haga. Enarbolar la bandera de tu hecho diferencial para tratar de integrarte es absurdo en sí mismo. Como idea. No tiene sentido alguno. Es ridículo como plan, como propósito y como meta. Sé que las cosas son difíciles y que años de desigualdad no se quiebran con un aplauso ni con un estornudo, pero debemos intentar por todos los medios perpetrar esos actos que nos harán iguales con una sonrisa y no con una bofetada. Seamos nosotros mismos. Riámonos de nosotros mismos. Valoremos al otro por lo que es, por lo que hace, por sus méritos, por las cosas que podemos apreciar de él sentados de noche sobre césped mojado. Aprendamos a quererle con todas sus taras y defectos mentales. Hagamos que sea especial, maravilloso. Hagamos que sea único. Como cada uno de nosotros. Ese tópico copo de nieve. Seamos un grupo unido de únicos. Una familia de fractales. Y avancemos, que coño, que al final todos comemos las mismas hamburguesas en los mismo bares grasientos.

A todas mis amigas les gusta Tank Girl. Pero no porque sea un icono feminista, sino porque se ríe de esos iconos de forma ridícula y machista. Todas mis amigas son inteligentes. Por eso las quiero. Eso no quiere decir que si alguna me besa no vaya a devolverle el beso. Y es que en la décima de segundo de duda que te asalta al rozarte está el verdadero encanto de la burguesía.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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