TAO LIN: Los delfines dicen EEEEE.EEE.EEEE

Cuando empecé creí estar ante un nuevo “Menos que cero”. Después, cuando los osos, los alces, los delfines y el cadáver de Sean Penn apareció, me di cuenta de que estaba ante una cosa totalmente diferente.

Por Javier Marquina.

 

La vida a veces es como una centrifugadora. Estás en un centro en apariencia seguro y de repente, sin previo aviso, todo empieza a girar y te lanza despedido. Nada tiene sentido. Todo es una mancha borrosa que gira a tu alrededor y que no representa lo que conocías en absoluto. Todo es confuso, difuso y te marea. Te pasas el día con ganas de vomitar. Luego la centrifugadora se para, recoges tus pedazos y lo poco intacto que no ha estallado contra las paredes de la máquina y vuelves a empezar.

El libro de Tao Lin no va de nada de esto. O sí. En realidad va de la vida y por eso mismo no va de nada. Y de todo. Y nada tiene sentido en absoluto. Pero te puedes reconocer tantas veces en tantas lineas, que te sorprende que algo en apariencia tan vacío, tan carente de significado, tan casual y anodino, te represente de una manera tan acertada. Pero así es. Hasta cuando los delfines empiezan a aparecer sientes que hay algo de ti en cada palabra. Por algo el libro se titula “EEEEE.EEE.EEEE”.

No soy bueno reseñando libros. No se muy bien que decir de ellos. No soy capaz de analizar complejas estructuras narrativas ni de diseccionar la estructura intrínseca del texto que conduce al lector a revelaciones intensas acerca de temas de trascendencia superior. Soy tan simple que únicamente puedo decir si un libro me ha gustado o me ha parecido una elevada, etérea, metafísica y supina mierda pinchada en un palo. Qué le voy a hacer. Soy así. Cuando empecé  “EEEEE.EEE.EEEE” me sentí confundido. Extrañado. Algo alucinado. Aquello parecía no ir a ningún sitio. No decir nada. No conseguir que nadie se moviera más allá de una reacción muy chunga al ácido lisérgico. Todo carecía de propósito. De sentido. De dirección. Todo parecía puesto ahí sin más opción que ser colocado en ese sitio por un lanzamiento de dados. Pero…

A veces, en contadas ocasiones, trasciendes. Te pones a leer un texto y de repente ves que ya no estás ahí. Que ya no estás leyendo. Que tú eres el texto. Ves lo que te cuentan y no piensas en nada más. Todo lo que te preocupa desaparece y sólo puedes contemplar la vida miserable y surreal de una serie de personajes que podrían ser cualquiera. Y te sientes como entre ellos, avanzando por sus pasillos, metiéndote en sus casas y sintiendo esa tragedia tan mediocre e insustancial de los seres que lo tienen todo y nada a la vez. Hablando de esa otra Pirámide de Maslow que te deja siempre vacío por muchas necesidades que tengas cubiertas. La frustración, el fracaso, la vida como rutina machacona en una ciudad en lo que lo más emocionante que te puede pasar es estrellarte contra un árbol y matar a una familia de gorriones. Y luego están lo osos, y los alces, y los delfines que matan a estrellas de cine y se sienten horribles y desgraciados.

Al acabar, cuando la ultima palabra acaba sin desvelarte nada porque no hay nada que desvelar, te das cuenta de que te has estado mirando a un espejo, o a un abismo, o al recortable de una caja de cereales de chocolate. Y aunque crees que no has visto nada, todo lo que has leído eres un poco un tú delirante, un tú indeseable, un tú real y consciente, un tú verdadero y aterrador. Como un oso que se teletransporta y aparece a tu espalda con un mazo, como un hamster debajo de una manta que te guía por un pasadizo a una lugar de sueños de tiovivo, como un alce borracho que cae vomitando en tu recibidor. La vida hecha de retazos, como una manta cosida por una abuela radioactiva en la que cada cuadradito es esa porción de tu vida que debería ser olvidada, pero se alza trágica y triunfante sobre tus recuerdos más felices. Y al final el libro eres tú y te descubres pensando en él y en las cosas que te cuenta, y sientes que ya nunca podrás olvidarlo. Aunque no puedas recordar muy bien lo que has leído.

Y es que “EEEEE.EEE.EEEE” no va de nada, porque precisamente sentir consiste en eso.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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