TARANTINO. Las puñaladas duelen más cuando te las dan los amigos.

Otra vez me toca ir detrás, como los niños castigados. Esta vez con bastante más lapso temporal que la última vez. Y esta vez siendo bastante más ofensivo y radical. La señorita Patri Tezanos lo expresó mucho mejor en su ya anterior reseña. Lo único que he hecho yo es ver una película y caer pasto de las llamas. He transmutado. Me he convertido en el antifan.

Por Javier Marquina.

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Tarantino está gordo. Pero en plan gordo seboso.

Si ya estás ofendido, vete. Esta entrada no es para ti.

He pasado casi un año leyendo como todo el mundo se hacía pajas mentales con Django Unchained, calificándola como la mejor película que habían visto en su vida, el western definitivo, una obra maestra perfecta y monumental, un soberbio peliculón que aplasta y condena de manera certera y definitiva la esclavitud. Reconozco que de un tiempo a esta parte veo el cine de Tarantino lleno de prejuicios, pero esta vez había decidido de buena fe darle una oportunidad a la película y me senté frente a la pantalla de mi televisión lleno de felicidad y buenos deseos. Y coca-cola, que siempre he sido un poco guarrete. “Obra maestra”, pensé. “Ven a mí”.

Pues siento decirlo, pero Tarantino está gordo. Sí. Gordo. Y su película es una mierda. Y aunque ambos hechos parecen estar separados y no tener nada que ver el uno con el otro, en este caso se relacionan de manera (esta vez sí) certera y definitiva. Tarantino está gordo porque vive embadurnado de su propia autocomplacencia y la de una legión casi infinita de fans que le ríen todas las gracias de manera automática, sin importar si las gracias son graciosas. A veces sin importar siquiera si estas gracias son un chiste. Rebozado en la dicha de quien se sabe un genio y ya no necesita demostrarlo, el señor Tarantino se mira mucho el ombligo y se olvida de mirar el procesador de textos, dejando que sea su ombligo, o su polla ya puestos, que el tiempo de la corrección quedó muy atrás, la que le escriba los guiones. Y claro, se dice que si tienes a un mono aporreando el tiempo suficiente una máquina de escribir, al final puede que te salga un guión para una película de Michael Bay. Pero no sé de nadie que escriba cosas coherentes con su cipote. Dibujar cuadros quizás. Hasta tocar el piano. Escribir, jamás.

Muchos pensarán que odio a Tarantino, pero es precisamente por el amor que sus primeras películas hicieron brotar en mi corazón por lo que la decepción que siento con cada una de sus últimas cintas no para de aumentar, como una negra raíz que me marchita el alma. Para mí, ir a ver Pulp Fiction fue como una epifanía, una demostración de lo que alguien puede hacer con talento. La confirmación de lo que ya se nos había sugerido con aquella primera escena sublime de Reservoir Dogs. Hasta películas posteriores que acabé despreciando profundamente como Death Proff o Malditos Bastardos contienen escenas con las que la mayoría de los guionistas no pueden ni soñar, planos de maestría y momentos de cine puro y absoluto. Pero cuando eres un dios, la gente espera de ti milagros y no simplemente que hagas papiroflexia con guiones antiguos o que golpees tu Notebook con la polla.  Y no me habléis de referencias, de recursos ni de mierdas semejantes. Las pajas con porno y en casa. Y con toallitas húmedas, a poder ser, no me vayáis a ensuciar nada.

Esperar milagros. Esperar lo inesperado.

Moraleja: cuando tengas al enemigo a tiro, POR DIOS, dispara.
Moraleja: cuando tengas al enemigo a tiro, POR DIOS, dispara.

Es allí donde Django Unchained falla de manera miserable. Django Unchained o Los Malditos Bastardos se van al Salvaje Oeste. Elijan el nombre que más gracia les haga. Mismos efectos, mismos trucos para crear tensión, mismo argumento absurdo hasta extremos hirientes, horribles, insultantes. Y 2 horas con 40 minutos. Casi tres horas para una película que podría contarse en hora y cuarto. Y gracias. Muy bien rodada, muy todo lo que quieran. Pero al final, misma gelatina roja, mismos diálogos de siempre, mismos personajes habituales. Tarantino rebozándose en su propia harina y cocinándose lentamente en la saliva que su clan desprende por él cada vez que nuestro orondo director exuda algún momento pretendidamente genial. Tarantino siendo el mismo Tarantino de las ultimas tres películas. Y por tanto, Tarantino previsible. Previsible de esa manera que no se les puede consentir a los genios. A los grandes.  La muerte de Travolta en Pulp Fiction es sorprendete, por la forma excepcional con la que se jugaba con las elipsis temporales y por como los argumentos se entrecruzan sin linealidad, de forma en apariencia causal, pero medidos hasta la última pulgada. Django sin embargo es lineal, recta y aburrida, como una autopista que atraviesa un desierto eterno, previsible. Ninguna muerte es algo que uno no espere, ningún momento nos quita el aliento mas allá del puñetazo de DiCaprio sobre la mesa, impactante quizás porque sirve de sonoro despertador para la cansada mente del sufrido espectador. Ningún giro del guión es algo que no podría haber sido escrito por los guionistas de La Hora de José Mota, El Barco o El Internado. El pene de Jamie Foxx es un pene más. Otro pene en una marea fílmica de penes en la que la gónada bailona de Michale Fassbender viste mucho mejor en Shame. Si hablamos de violencia, la violencia gélida de Drive impresiona mucho más que la orgía pastosa y sin tino del pistolero negro. Todos los malos son elocuentes pero idiotas. Todos los héroes son mezquinos y antipáticos. Nada obedece a la mas sencilla lógica que uno espera de algo que pretende ser enorme. Comparar este producto infecto con el cine de Leone o de Peckinpah es un insulto para ambos directores. Y no porque Tarantino no sea capaz de hacer películas con la misma dosis de talento y magia que ellos, sino porque ese mismo Tarantino, enorme, genial y gordo, convencido de su superioridad suprema y total, se olvida de que no se escriben buenos guiones con la polla(*).

(*)Ante el argumento de que el guión gano un Oscar, diré que no creo que la estatuilla sea ya símbolo de nada, ni nos faltarán ejemplos de obras mediocres injustamente reconocidas. Ganar un Oscar cada vez se parece más a ganar un trofeo patrocinado por una marca de patatas fritas.

Sigue a Javier Marquina en Twitter: @IronMonIsBack

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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