TDKR o el tremendo bat-acazo.

Ese odioso momento en el que sales del cine decepcionado y tienes ganas de irte a tu casa a llorar abrazado a tu edición Absolute de Batman: Año Uno.

Por Javier Marquina. 

 

A Christopher Nolan le debo unas cuantas cosas.

Una de las principales es haberme dado momentos de cine del que a mí más me gusta, ese cine un tanto pretencioso, de factura impecable, lleno de trampas, que ofrece innovación o al menos nos hace creer que nos la está dispensando. Cine como Memento, El Prestigio, Origen. Cine de ese que te deja fardar con tus amigos cuando liberado por la segunda cerveza, dices con cierto orgullo infantil: “yo he visto una película contada al revés”.Por otra parte y sobre todo, a Christopher Nolan le debo El Caballero Oscuro. Le debo que consiguiera elevar un género condenado a la bufa de los colores chillones y el spandex a una categoría superior, a ese lado de la cultura en la que gente con gafas de pasta negra y estreñimiento crónico dijo que aquello no estaba mal, que incluso merecía la pena verse. Le debo una película alucinante, profunda, la recreación de un personaje ya de por sí fascinante que se convierte en un monstruo perfecto, anárquico y amoral. Le debo momentos como los del hospital, en los que el Joker contempla su obra y se excusa ante su víctima/creación con la sonrisa del que no puede evitar ser como es. Una declaración de intenciones demoledora ante un hombre que lo ha perdido todo aderezada con travestismo feísta y colores chillones. Un claro homenaje a La Broma Asesina. Un momento álgido de una película brutal. Una película imperfecta, con sus defectos, con sus trampas, con sus pequeñas taras. Una película que supera todos los peros a base de talento aplastante.


 

Y así, una vez dicho todo esto y con esta emoción desbordante, llegamos El Caballero Oscuro: La Leyenda Renace (en adelante y para abreviar, TDKR) y a lo último que le debo al señor Nolan: decepción. Profunda decepción. Ya sabéis lo que dicen. El problema no es llegar. El problema es mantenerse. Y es mucho más complicado cuando el listón está tan alto, tan alto, que queda claro que todo lo que vas a poder hacer al saltar, es derribarlo.

Es obvio que como película es superior a muchas otras del género. A la infausta The Amazing Spiderman, por ejemplo, y por citar una cinta de superhéroes reciente y cuya crítica personal podéis leer aquí. Aunque la ventaja de la nueva película de Spiderman es que no decepciona y al ir a verla al cine me ofreció justamente lo que esperaba: pura bazofia. Así que dejando claro que Nolan sabe manejar producciones de alto standing, no entraré a discutir en la factura técnica de TDKR,  ni en las formas en las que Nolan coloca la cámara, ni en la gestión de escenarios, extras, recursos y efectos. Ni siquiera analizaré la labor de los actores, ya que en la versión que sufrí, ésta queda totalmente desdibujada por el horrendo doblaje. Solo hablaré de la historia. De lo que TDKR nos cuenta y de lo mal que lo hace.

Reconozco que durante la primera parte de la película, todavía albergaba algún tipo de esperanza. No demasiada, la verdad. El comienzo es épico, con Bane, maestro de enfermeros, poniendo una vía colgado de un avión partido y moviéndose más que la boca de un tunero. Sin embargo, al avanzar, al llegar a ese momento en el que Blake desenmascara a Bruce Wayne al mirarle a los ojos por pura empatía, ya se preconizaba el peor de los desenlaces. La cosa parecía volver a encaminarse con la estupenda escena de pelea entre un Bane en plena forma y un Batman crepuscular, pero todo era una artimaña más de Nolan, que nos colocaba en un punto elevado sólo para poder empujarnos desde más altura. Podría hacer una lista de todas las estupideces, tópicos y momentos absurdos que se van desplegando, uno tras otro, ante nuestros atónitos ojos. Empezando por el preso quiropráctico; Bane desenmascarando a los artífices de la paz ante un pueblo indiferente y asustado, mientras esgrime como prueba y en pleno discurso con pretendido mensaje esa carta casualmente encontrada y que podría haber escrito cualquiera; la muerte bochornosa de un Matthew Modine muy lejos del recluta Bufón; el momento del murciélago de fuego dibujado en el puente, mientras el hielo letal deja de ser frágil para que los asustados policías puedan contemplar tan epatante obra ignea; la revelación de Thalia, típica trampa de argumento nolaniano y que deja a Bane como un pelele blandito y sin forma; la muerte de ambos personajes, a cada cual más casual y ridícula; esa escena suprema en el que el Comisario Gordon sale del camión siniestrado sacudiéndose el polvo y con cara de “pa’habernos matao”… Momentos estúpidos desgranados sin compasión en una sucesión delirante que nos conduce sin remisión al heroico final. Ese terrible final. Pasando por el previsible momento del piloto automático, la revelación funesta de un Robin que nadie quería ni necesitaba y ese momento momento posterior tan Escuela de Charles Xavier para Jóvenes Talentos que no nos va a conducir por ningún camino que deseemos hollar.  Y, como colofón, ese infecto “happy ending” en  Florencia con una Catwoman de excelso culo, en el que un playboy billonario, carne de papparazzi, famoso internacionalmente y presuntamente muerto, comparte su felicidad en público y a pleno sol en una plaza italiana, ajeno al tumulto que su presencia debería estar causando.



Todo ello narrado en casi tres horas que acaban en tedio, en el que vas contemplando con hastío, abrumado, cómo Nolan desintegra todo aquello previamente creado, ignorando que Bruce Wayne es Batman y Batman es Bruce Wayne y que la felicidad le es completamente ajena al personaje, básicamente porque es un psicopático cabrón. “Es que este es el Batman de Nolan, no el Batman de los cómics” he oído decir por ahí, como si eso pudiera servir de excusa para tanto despropósito. La gente olvida que el Batman de El Caballero Oscuro también era el Batman de Nolan y no tenía nada que ver con el tipo soso y gris que intenta beber de El Regreso del Señor de la Noche de Frank Miller y acaba convertido en una triste parodia de todo lo que se consiguió con la segunda película de la trilogía.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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