The Act Of Killing: El mundo no deja de sorprenderte (para mal)

The Act of Killing estremeció a medio mundo. Un documental en el que los propios asesinos se jactan de serlo. Una clara muestra de lo peor que es capaz el ser humano.

Por Javi Jiménez

Aquí llego yo, heraldo de las viejas nuevas, desde 2012 para traeros este pedazo de documental sobre el genocidio indonesio. Aunque ya no esté de actualidad, merecía aparecer aquí y dedicarle unas palabras para recordarlo y, en caso de que no lo hayas visto, recomendártelo.

Hay veces que nos parece que el mundo es demasiado pequeño, cuando en Londres te cruzas con gente de tu pueblo,  sin embargo a nivel cultural, el mundo es enorme.No deja de asombrarme la desconexión selectiva entre ciertas partes del mundo prácticamente herméticas desde el punto de vista occidental.

No me explico cómo acontecimientos tan graves como los que ocurrieron a mediados de los sesenta en Indonesia jamás han llegado hasta nuestros oídos. Si bien es cierto que en materia de genocidios, el mundo va bien servido, parece que existen categorías entre ellos. Por supuesto todos conocemos El Genocidio, échenle la culpa a la visión eurocéntrica del mundo y al cine de Hollywood; mientras que otros, no menos terribles como el genocidio armenio o el ocurrido en indonesia, no dejan de ser genocidios de segunda.

La prueba de que no existe la justicia: genocidas en un alegre paseo en descapotable recordando asesinatos.
La prueba de que no existe la justicia: genocidas en un alegre paseo en descapotable recordando asesinatos.

Cualquier crimen de esta categoría,  comienza por buscar a unas víctimas. En este caso se acude a los socorridos comunistas, acusados de un fallido golpe de estado en 1965 en Indonesia. Como bien sabemos, solamente hay que designar a un culpable, ya se encargará la maquinaria que sostiene el hacha del verdugo de colgarle la etiqueta a todo aquel que moleste.

En un par de años, al menos 500 000 personas fueron asesinadas, uno de los principales carniceros es nuestro protagonista Anwar Congo, del que se dice que acabó personalmente con la vida de 1000 personas.

El angelito, Anwar Congo.
El angelito, Anwar Congo.

Existe la tendencia a olvidar estos actos de barbarie entre las brumas de la historia pero este es un caso extremadamente reciente, los propios asesinos siguen con vida y gozando de un buen estatus social bajo un gobierno, como muestra la película, semi-dictatorial e integralmente corrupto.

La idea del director Joshua Oppenheimer fue que los propios protagonistas recrearan en una película, en un interesante juego metafílmico, su papel en la masacre.
Cualquiera podría haber imaginado que estos asesinos sin escrúpulos, ejercerían su privilegio como vencedores para dar una versión de la historia edulcorada; en la que ellos se erigían como los héroes que tienen que utilizar métodos poco heroicos para evitar un mal mucho peor.

Sorprendentemente no es el caso. De forma prácticamente paródica, en ocasiones los protagonistas, todos ellos asesinos participantes en la masacre, se preguntan que si representarse a sí mismos como unos monstruos sanguinarios no hará tambalearse la versión oficial que mostraba a los comunistas como seres mucho más sádicos.

Así comienza un terrible y extravagante relato de sangre y sadismo, en el que el principal  motivo de repulsión no es ninguna representación fidedigna de hechos tan terribles. Lo peor de todo es la impunidad de la que estos abiertamente declarados asesinos y gángsteres gozan para hablar de sus crímenes y para campar a sus anchas por el país.

Estos gángsteres, u hombres libres como se denominan a sí mismos, ruedan una película que combina los géneros favoritos del cine de su juventud (cuando se dedicaban a trapichear con la reventa de entradas): películas de gángsteres y musicales, todo mezclado en un auténtico esperpento.  Como figurantes forzosos aparecen familiares directos de las víctimas reviviendo en sus propias carnes lo que hicieron a sus padres, abuelos, hermanos… sin que la cámara capture un solo ápice de resentimiento.*

Así se ven ellos, como gángsters de una vieja película de Hollywood.
Así se ven ellos, como gángsters de una vieja película de Hollywood.

The Act of Killing es la representación perfecta de lo que ocurre cuando una sociedad enferma hasta el punto de que el mal es institucional. Entre recreaciones del pasado, vemos como en el presente el poder político y los criminales se han fundido hasta no distinguirse el uno del otro.

Las pocas recreaciones que aparecen no son nada al lado de las historias de terror que cuentan. Ni siquiera cuando piden a niños y mujeres que supliquen por su vida como si volvieran a por ellos, buscando sangre. Tampoco son nada al lado de la abierta extorsión que ejercen sobre los comerciantes o su racismo hacia los chinos.

Aunque en ocasiones podemos ver que estos asesinos son personas, un terror nocturno por aquí, un alcholismo forzado para olvidar por allá, no logramos empatizar con ellos. Ni siquiera cuando el protagonista experimenta en sus propias carnes su modus operandi como asesino y su cuerpo y mente se vuelven contra él en el espectador queda la suficiente caridad como para conceder ni un segundo de perdón. En el fondo, algunos de ellos sí que lo buscan. El deseo por ser retratados por los seres humanos despreciables que fueron les traiciona. Los mismos protagonistas, a pesar de que el estado haya repudiado (por razones obvias) esta película, afirman que es una representación realista de lo que pasó y lo que sigue pasando con los ejecutores de esas historias.

A fin de cuentas, es la verdad que ellos mismos han vivido y contado.

*Por fortuna para ellos, claramente un sentimiento de este tipo hubiera desencadenado una respuesta violenta de este grupo de matones.

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Acerca de Javier Jimenez 185 Articles
Consumidor experto, reseñador amateur. Me gusta la música fuerte, la ciencia ficción, las series animadas y así os lo hago saber.

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