The Conjuring: 900 millones de Dólares por un fantasma

El éxito de la saga The Conjuring fue inesperado, como es inesperado el éxito de casi todas las películas de terror. Pero la franquicia puede verse en peligro por un hecho muy simple: a lo mejor los fantasmas no existen.

Por Andrés R. Paredes

En 2011 James Wan venía de dirigir Insidious, que había funcionado más o menos bien en taquilla (a pesar de contar con algunos de los mejores sustos del 2010), y repetía equipo con Patrick Wilson, un actor solvente pero que nunca había destacado en nada en particular (estamos hablando de antes de que se dejase la piel en Stretch o en la 2ª temporada de Fargo). Vera Farmiga hizo suyo un papel que con mucha facilidad habría caído en el agujero de “medium intensita” y convirtió a Lorraine Warren en un personaje tridimensional. Chad Hayes y Carey Hayes firmaban un guión que necesitaba desesperadamente a un director que pudiera aportar personalidad, fuerza y garra a una trama mil veces vista, que pudiera manejar al mismo tiempo los esquemas tradicionales con sustos novedosos. Y acertaron. Vaya si acertaron.

The Conjuring

La historia sigue a una pareja de exorcistas, Lorraine y Ed Warren que investigan una casa maldita en Estados Unidos. Rápidamente queda claro que hay una presencia maligna que atemoriza a la familia. Ya es demasiado tarde para que la familia se mude, y los Warren tienen que llevar a cabo una serie de pruebas, experimentos y finalmente un exorcismo para expulsar al mal que habita la casa. ¿Cuáles eran los puntos fuertes de la película? En primer lugar estaba basada en hechos reales, la pareja de investigadores era real y fueron objeto de múltiples críticas y análisis a lo largo de toda su vida como investigadores de lo paranormal. En segundo lugar, The Conjuring formaba parte de una nueva ola del terror.

Para muestra un botón: En 2009 se estrenó El Ciempiés Humano, The Loved Ones, Jennifer’s Body y Anticristo, todas ellas películas de más o menos terror apoyadas en la tortura y el descuartizamiento de sus protagonistas. Sin embargo la película más taquillera del año fue Paranormal Activity. Una película en la que contábamos los sustos con los dedos de una mano se llevó a casa 107,854,596 millones de dólares. ¿Por qué? Porque era algo diferente. Porque el público se había hartado de la herencia de Saw. Porque querían pasar miedo, no asco en la sala de cine.

En 2011, tras el pequeño test que fue Insidious (97 millones de dólares hizo en taquilla el experimento que homenajeaba al cine italiano de terror) se estrenaba The Conjuring: 137,400,141 millones de dólares. No sólo fue uno de los mayores éxitos del año, también catapultó a Blumhouse a la escena de las grandes productoras (de bajo presupuesto) y James Wan se resarció una vez más, como si tuviera algo que demostrar. Rápidamente la maquinaria de la industria comenzó a funcionar y el spin-off Annabelle comenzó a tomar forma. Si bien es una película menor, tuvo cierto éxito al menos el suficiente como para tener una segunda parte que se estrenará este año.

Mientras, James Wan se fue a dirigir Fast & Furious 7 (probablemente la mejor entrega de la saga) para volver a la llamada de Chad y Carey Hayes, que habían rematado el guión de la segunda parte de las aventuras de los Warren. En este caso, se trataría la investigación de uno de los sucesos paranormales más terroríficos documentados en Reino Unido: el caso Enfield.

Todo va como la seda. El caso Enfield se estrena en 2016 y se convierte en una de las mejores películas de terror del año, con un James Wan que había aprendido mucho del rodaje de Fast & Furious y que trasladaba a la gran pantalla una historia tan terrorífica como fantástica, con un Javier Botet bajo capas y capas de maquillaje. Tuvo el suficiente éxito como para conseguir que el monstruo de la película (en este caso una monja) vaya contar con su propia película. Todo iba de rosas.

Bueno, en realidad no. En 2014 Warner recibió dos demandas por la creación de The Conjuring: una en la que se acusaba a las productoras de lavar dinero negro gracias a la película y otra en la que se descubría que los derechos para las secuelas (la antes mencionada Annabelle y ahora La Monja) habían sido compradas a una tercera parte… hubo un lío bastante grande, para que engañarnos, que finalmente pareció arreglarse fuera de los tribunales.

Sin embargo, no se acaban aquí los dolores de cabeza de Warner Brothers, New line y Blumhouse, productoras de la película. Resulta que en 1978 Ed y Lorraine colaboraron con el escritor Gerald Brittle para escribir el libro “The Demonologist”, un repaso a la labor que la pareja realizaba en la época. El problema está en que en el contrato para la creación del libro, los Warren cedieron los derechos de la adaptación al cine de todo lo narrado a Brittle. Este podría ser el clásico caso que cualquiera de estas grandes compañías podrían luchar por resolver con un acuerdo, pero la demanda (extensísima, 355 páginas) es por 900 millones de dólares.

900 millones de dólares en daños y perjuicios por un contrato firmado en 1978. Se dice pronto, pero con 900 millones de dólares se podría mandar una misión espacial a dar una vuelta alrededor del sol. Comprar una isla en el Pacífico. Cosas así. Siento insistir en la cantidad, pero necesito que os imaginéis el montón de dinero que esto es.

La defensa de las productoras es que las dos películas basadas en las vidas de los Warren se apoya en que los sucesos paranormales que rodearon a los Warren son históricos, y no se basan en la novela de Gilbert Brittle. Nadie tiene los derechos sobre sucesos reales. Y aquí viene el giro de guión completamente inesperado: Gilbert Brittle, que escribió “The Demonologist” apoyado en las confesiones de los Warren y que a día de hoy conserva los derechos sobre el libro que defiende la existencia de los fantasmas y demonios afirma que es imposible que la productora, los guionistas o el director se apoyasen en hecho reales. Porque todo era mentira.

De acuerdo a The Hollywood Reporter: “Brittle dice que en el momento en que escribió The Demonologist, creía que los relatos de los Warren de su trabajo eran ciertos. Ahora, creyendo que fue engañado, el autor dice que las películas son en el mejor de los casos obras derivadas de su trabajo no autorizadas”

De la pareja de exorcistas tan sólo Lorraine sigue viva, y cree a pies juntillas y mantiene su palabra de que lo sucedido tuvo lugar; que las películas adaptan su vida y no las novelas. Sin embargo, resulta difícil creer que los abogados de Warner Brothers no diesen con el libro de Brittle y su contrato ya que se trata de uno de los pilares centrales de la historia de los Warren y… bueno, James Wan Tuiteó que lo había leído.

¿Cuál es la salida para Warner Brothers y asociados? Sencillo: Demostrar que los sucesos descritos en las películas son reales. Imagínaos, por favor, la papeleta. De repente una franquicia de películas depende de poder demostrar que los sucesos paranormales que tuvieron lugar en 1960 fueron reales. Que realmente existen los fantasmas.

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