The last of the real Ones

De un tiempo a esta parte se han consolidado lo que podrían denominarse “encargos” por parte de una serie de entidades como el Museo Nacional del Prado o el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza que vehiculan su colección o exposiciones a través de viñetas. El tríptico de los encantados, El perdón y la Furia o Dos holandeses en Nápoles son solo ejemplos a los que ahora se suma un soberbio Gótico.

Por Cristina Hombrados.

Por todas las aulas ha pasado la obligatoria sesión sobre el arte gótico. Entusiastas profesores que con mayor o menor éxito lograban transmitir a sus alumnos esa pasión por ese momento de la historia que dio lugar a un arte que tuvo su reflejo en diversas disciplinas. Que levanten la mano los que no hayan olvidado esas esbeltas catedrales, esas vidrieras que dotaban a la casa del Señor de una misteriosa y mística luz, esas esculturas con rasgos más dinámicos, esos retablos tan ricamente pintados y decorados que tomaban el relevo de los frescos… Vuestros profesores estarían realmente orgullosos al veros alzarlas mientras pensáis: Cómo no iba yo a recordar esos rasgos tan característicos.

Esto es lo que me tocó estudiar en mi libro de Vicens Vives de 1 de BUP

Es ese arte gótico, precisamente, la excusa perfecta a partir del cual se vertebra y alimenta Gótico. Este fabuloso ensayo en forma de tebeo sobre el papel del arte y de los museos que, además, pone el acento sobre otras labores más inadvertidas que se realizan en los museos lejos del murmullo de los visitantes, en soledad y comunión con las obras, como son las de estudio y restauración lo firman Jorge Carrión y Sagar Forniés para la editorial Norma.

Ambicioso artefacto éste que, auspiciado por el potente Museu Nacional d’Art de Catalunya, se ha confeccionado con el mismo mimo y sabiduría que un artesano imprime a su labor profesional. Y mucha intencionalidad también, sí. Pues sus páginas, textos y viñetas están sembradas de cuestiones y reflexiones que tiran esos muros tapiados que esconden salas en nuestra adormecida mente.

Y es que desde las páginas de Gótico, en las que se ha asimilado la quintaesencia del arte, se nos invita a ver más allá de las imágenes, a reconocer y buscar los símbolos y a preguntarnos qué veían en tales representaciones los contemporáneos a esas obras.

Los museos se antojan actualmente centros que se presentan ante la sociedad como meros contenedores artificiosos de una congelada la línea del tiempo, centros en los que dormitan las historias y abundan los simbolismos perdidos y vacíos de significado.

Y es que el arte tiene un contexto: el momento histórico en el que fue concebida la obra en cuestión y el bagaje cultural y el peso del imaginario colectivo del público al que iba destinada en origen.

El golpe de efecto de muchas de las pinturas que actualmente podemos contemplar, se ha desvirtuado por el paso del tiempo presentándose, incluso, carentes del significado primigenio. Ese riquísimo catálogo de monstruos, lejos de imponer, amedrentar, guiar comportamientos o mentar al demonio, nos da hasta risa. Seres grotescos creados desde la concepción y la seguridad del inmenso poder que confiere el terror totalmente desprovistos de su función en nuestros días porque nuestros referentes han cambiado, porque los medios con los que contamos actualmente para representarlos han evolucionado de forma inimaginable. Caduca también la función aleccionadora de retablos y frescos, contenedores de historias, en tiempos en que la alfabetización cuenta con unos índices impensables para el siglo XV. Innecesaria y obsoleta demostración de poder de una institución que se presentaba como dueña de los destinos del ser humano en una época en que primaba lo sobrenatural sobre la razón, en que los juegos de luces y sombras y el uso del vidrieras eran suficientes para sobrecoger e impresionar al pueblo.

Pero, qué son los museos sino máquinas de expropiar que a lo largo de la historia se han erigido como guardianes del olvido o armas contra el expolio. De doble filo, claro está. Porque si bien es cierto que gracias a su custodia se han podido conservar destacadas obras que, de otra forma, por codicia o desidia hubieran desaparecido o pasado a formar parte de caprichosas colecciones privadas, también lo es que dichas obras se vieron arrancadas del lugar o medio para el que fueron concebidas.

Recuerdo las sensaciones que me produjeron contemplar los impresionantes frescos del siglo XII del Panteón Real de la Basílica de San Isidoro de León, cómo la visión que tenía de un templo, pongamos San Pedro el Viejo de Huesca (Panteón Real también, por cierto), cambió radicalmente al percatarme de que esos fragmentos anecdóticos que se encontraban sobre uno de los arcos que separa la nave central de la lateral no eran sino el denominador común del estado del total del templo o los maravillosos encontronazos ante verdaderas obras de arte en forma de pinturas murales diseminadas en diminutas poblaciones del medio rural de la España vacía como lo son San Miguel de Foces en Ibieca o la ermita de San Miguel de Barluenga, con frescos góticos del siglo XIII en el primer caso, y del siglo XIII-XIV en el segundo.

¿Puedo decir que fueron sensaciones similares a las que se pueden sentir al contemplar, por ejemplo, la sala Bagüés del Museo Diocesano de Jaca o a las salas que albergan la colección de arte medieval románico del MNAC? Quizá sí, aunque con matices, pues lo que admiramos no dejan de ser trasplantes en paredes de museos. Eso sí, trasplantes instalados tras una más que destacable labor previa de estudio para reproducir con exactitud el emplazamiento originario y establecer sus condiciones óptimas de conservación compatibilizándolas con las visitas y un ingente esfuerzo con más que aceptables resultados de instalación.

Detalle del interior de la ermita de San Miguel de Barluenga.

Pero, ¿qué nos queda a cambio de artificiales e impresionantes montajes? Desnudos muros románicos que otrora lucieron un colorido despampanante que vehiculaba un mensaje a quienes acudían a Sant Climent de Taüll, Sant Joan de Boi, al Real Monasterio de Santa María de Sigena o la iglesia de Bagüés.

Gentes que comprendían a la perfección el mensaje de la obra que contemplaban, meros vehículos de transmisión de unas ideas o significados que con el paso del tiempo tornaron exclusivamente valor como obras de arte, espacios en el que el arte cumplía su función primigenia… ¿Cuánto tiempo hace desde que desaparecieron los últimos que verdaderamente lo comprendían?

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