THE ROCKY HORROR PICTURE SHOW.

“Don´t dream it. Be it”. Así, parafraseando uno de los temas de la película, Susan Sarandon recogía el Gran Premio Honorífico del Festival de Sitges 2017 a su extensa carrera. Hasta se marcó el “There’s a li-iiiiight. Over at the Frankenstein Place…” ¡A capella! ¡Qué grande!

Por Teresa Domingo.

Porque el premio era a toda su carrera como actriz, pero la película que proyectaban era ésta. La Sarandon carga a sus espaldas con títulos como Thelma y Louise o Pena de Muerte, pero tenía que ser ésta. The Rocky Horror Picture Show, un clásico de la comedia de terror, un mito del género musical, una película de culto absoluto que, 42 años después, mantiene todo su esplendor. Y no hay fecha mejor que Halloween para disfrutar de ella por (inserte aquí su propio contador) vez.

El argumento es un homenaje constante y maravilloso en forma de sátira a las películas de ciencia ficción de los años 50, en el que una pareja de recién prometidos, Janet y Brad, tienen un pinchazo en medio de una tormenta y no les queda más remedio que acercarse a un castillo cercano para pedir ayuda por teléfono. Pero no podían haber llegado en otra noche más especial, los Transilvanos, habitantes del Planeta Transexual de Transilvania, se han reunido para bailar el Time Warp y asistir a la presentación de la nueva creación de su líder, el Dr. Frank N. Furter: Rocky, un hombre alto, rubio y musculoso, hecho a partir de medio cerebro de otro transilvano, con el único fin de satisfacer todos sus deseos. A partir de aquí se suceden una sarta deliciosa de acontecimientos, aparentemente inconexos, en los que se mezclan sucios sirvientes grotescos que te arrancan la ropa, diálogos y proposiciones doblemente indecentes, donantes de cerebros que se escapan de descongeladores, cena con espectáculo dantesco y música, mucha música.

Todos y cada uno de los potentes y pegadizos números musicales son pura magia repleta de sórdida teatralidad a ritmo de rock and roll. Desde el ya mencionado, y convenientemente iluminado, Over at the Frankenstein Place hasta la última nota de la grandiosa Sience Ficton, Doble Feature, pasando por la que, para mí, contiene el alma de la fiesta, Sweet Transvestite, el temazo de presentación del Dr. FrankNFurter interpretado por un sexymente travestido Tim Curry, que encarna el más puro y absoluto vicio. Un bombazo musical que contiene el derroche interpretativo en corsé, liguero y tacones más memorable de la historia del cine.

Jim Sharman fue el responsable de llevar todo esto a la gran pantalla, basándose en el musical de teatro The Rocky Horror Show, de Richard O’Brien. En una época en la que los musicales cinematográficos estaban más de moda que nunca, Sharman se dejó de convencionalismos y optó por la transgresión, cosechando cero éxito en su estreno, evidentemente, pero catapultado al top de las películas de culto con reposiciones constantes hasta el día de hoy. Y no digo lo de la transgresión sólo por la estética o porque el protagonista sea un alienígena travestido del planeta Transexual de Transilvania, sino porque, aún hoy en día, esta obra rompe con los cánones cinematográficos y mantiene, al 100%, la esencia teatral donde se forjó. La ruptura constante de la cuarta pared con guiños y frases a cámara, el uso de un narrador físico y ajeno a la trama, el maquillaje exagerado, los decorados de cartón, la forma de hacer rimar partes del texto para que encaje en los números musicales… cada detalle emana teatro, hasta la forma de ver la película.

Y es que cada pase en sala se convierte en una experiencia irrepetible, pues es de las pocas películas en las que está permitido montar escándalo en el cine. Y digo permitido porque, aunque no lo parezca, las salas de cine son para disfrutar de un par de horas viendo una película… y nada más. Meterse un poco de mano en la última fila a lo sumo, pero ya.  The Rocky Horror Picture Show es, tradicionalmente, una original y divertida proyección participativa en la que el público contribuye a la jarana general con determinados objetos en doce momentos concretos de la película, aderezada (o no) con un grupo de actores que representa las escenas musicales delante de la pantalla.

El éxito sempiterno de esta ópera rock se basa en la combinación de grandes números de cabaret con las terribles y exageradamente dramáticas escenas “serias” que tornan el relato en una descacharrante divagación de monólogos sin fondo aparente que, con el paso del tiempo, han dejado paso a una oda a la libertad sexual a la que se ha hecho, se hace y se hará referencia en otras obras, por los siglos de los siglos, amén.

Las fiestas temáticas, las constantes performances en todo tipo de espectáculos y las reposiciones en teatros y cines, así como las proyecciones periódicas de los clubs de fans oficiales o no, hacen crecer cada día el mito de esta película que no pasará de moda nunca. Así que, que no pare la fiesta y continúe el espectáculo pues, si los humanos sólo somos insectos arrastrándose por la superficie del planeta, una vez nos hayamos ido, que nos quiten lo bailao.

 

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Si es creepy, es para mí.

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