THE WITCH.

Terror del que da miedo y no risa.

Yo no creo en las meigas, pero haberlas haylas.

Por Teresa Domingo.

 


Ahora que ya empezamos a poner el ojo en el próximo festival de Sitges, vamos a hablar de una de las triunfadoras de la pasada edición y ganadora del premio al mejor director del pasado festival de Sundance, The Witch (The VVitch). La ópera prima de Robert Eggers se ha estrenado el mes pasado en nuestro país y, por fin podemos decir que se ha conseguido dar una vuelta al género de terror, que tan mal trillado tienen en Hollywood.

Nos trasladamos a la Nueva Inglaterra del S.XVII, en la que las arraigadas y recalcitrantes costumbres y creencias calvinistas son la ley que rige en todas las casas. En este contexto de sumisión religiosa, un matrimonio y sus cinco hijos son expulsados de su aldea y se ven obligados a trasladarse a una granja que limita con el bosque. Una vez allí, el mal mismo que acecha desde dentro de la frondosidad se cierne sobre ellos, la cosecha se echa a perder y el hijo más pequeño desaparece en extrañas circunstancias. Por esas tonterías que se les dicen a los niños para asustarlos, la familia empieza a creer que Thomasin la hija mayor, es una bruja, pero la extraña relación de los pequeños mellizos, Merci y Thomas, con un carnero negro y los delirios del hijo mediano, Caleb, hacen pensar a todos si hay algo más allá de la sugestión que la religión inflige sobre sus sumisos practicantes.

El estilo de vida ejemplar ante los ojos de dios de esta familia puritana, reflejado en lo que puede llegar a resultar una tediosa, pero necesaria, primera parte y que se puede interpretar como una denuncia a la religión como modo de vida, acaba degenerando en una magnífica historia de terror folk, basada en testimonios y declaraciones reales de la época colonial americana, que conforman parte del imaginario y las leyendas de Nueva Inglaterra. Gracias a estos textos del siglo XVII, Robert Eggers hace que sus personajes hablen el dialecto de la época con el acento que lo acompaña, provocando que el espectador se empape del contexto histórico y religioso, resultante de la aparentemente lenta primera parte. De este modo consigue asentar a los personajes y de las relaciones entre ellos, mientras nosotros nos vamos quedando atrapados sin remedio por el realismo sobrenatural de esta historia de desasosiego y soledad.

The Witch no es una historia de terror que te haga botar en el asiento con cuatro sustos desperdigados, que, además, precisan de subir el volumen drásticamente para surtir su efecto cuando aparece una cara fantasmagórica en primer plano. No contiene escenas de gore extremo o efectos que te saquen de la trama, ni acabas con una contractura en la nuca ocasionada por un montaje excesivamente rítmico. Todo lo contrario. El montaje pausado y la atmósfera perturbadora que se va creando según avanza la trama son las que nos hacen hundirnos cada vez más en la butaca. Una atmósfera claustrofóbica que nace de planos largos, medidos, reforzados por detalles que favorecen la narración, dejando que la intensidad de las imágenes y el sonido sean los que realmente provoquen el miedo y la tensión.

Pero no todo el mérito es del director (casi nunca lo es). El excepcional trabajo de Jarin Blaschke, el director de fotografía, es impecable. Sin el impacto de las imágenes, la claustrofobia que se quiere transmitir puede quedar en nada. No es el caso. La potencia visual de cada escena está reforzada por detalles que firma Blaschke, como los colores desaturados del exterior en planos muy abiertos, sugieriendo un total desamparo ante lo desconocido, y, lo que se supone que es el hogar, el lugar donde te sientes protegido y seguro, está iluminado por velas creando un efecto de claroscuro casi pictórico, entre cuyas sombras se desarrollan las acciones. Y ahí en las sombras es donde las cosas pueden parecer lo que no son. Solo que aquí sí lo son.

En The Witch no hay lugar a explicaciones paranormales: hay una bruja muy malvada que vive en el bosque, el carnero negro y malhumorado es Satanás, la locura que provoca la soledad favorece los planes del maligno y todo lo que les ocurre a estos colonos puritanos es por una razón. La bruja.

Ha tenido que llegar un director novel con una película independiente que no derrocha presupuesto en efectos especiales, sin monstruos sobrenaturales ni  grandes maquillajes, para dar un repaso a todos los que se hacen llamar realizadores del género. Es cierto que, si te pones tiquismiquis, encuentras fallos en el guión y algunos giros resultan poco entendibles, pero ¿cuántos guionistas no los cometen? ¿Cuántos arrancan su carrera cinematográfica con un film calificado como obra maestra antes de ser retirado de las carteleras? ¿Cuántos serían capaces de crear esa ópera prima maestra con las tres cosas más impredecibles en un rodaje (niños, animales y naturaleza)? Robert Eggers no se ha inventado nada, fusiona muchos conceptos para conseguir una película que horroriza más por su fondo que por su forma. Repite ideas ya utilizadas en películas icono del género como la distorsión de la realidad desencadenada por la soledad de El Resplandor, el barullo de una posesión con varios personajes recitando cosas como la del El Exorcista, el contexto de puritanismo calvinista de El Bosque, la estética del Anticristo de Von Trier… Un gran ejercicio de autor del que deberían aprender muchos “consagrados”.

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Si es creepy, es para mí.

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