The Witcher 3: Wild Hunt. Por allí resopla.

No. No me lo he acabado. Ni siquiera he comenzado a rascar la superficie. Pero si este juego da lo que prometen sus tres primeras horas, tenemos brujo para rato.

Por Javier Marquina

Voy a hacer una reseña de The Witcher 3 sin acabarlo. Sin haberlo casi comenzado. Matadme. Bueno, en realidad no es una reseña, sino tan solo un texto en el que plasmar esas primeras impresiones que te causa un juego. Si alguien escribe hoy diciendo que se lo ha acabado, no le creáis. Es imposible. Este juego parece infinito. Como Hugh Hefner.

Quizá me equivoque; quizá me acabe decepcionando; quizá al final sea una mierda monumental con aspecto prometedor, pero lo que puedo asegurar después de estar tres horas trasteando con la vida de Geralt de Rivia, es que las dimensiones de esta aventura parecen abrumadoras. Hay tantas cosas que hacer, recoger, visitar, fabricar, completar y descubrir que uno no sabe muy bien por dónde empezar. En ocasiones me ha recordado poderosamente a mi amado Red Dead Redemption, sobre todo en su estructura de mundo abierto gigantesco lleno de animales y plantas (hasta los protagonistas tienen cierto parecido entre lacónico y chulesco). Y ya se sabe que cuando las sensaciones que un juego te causa desde que empieza evocan a uno de tus favoritos, eso sólo puede significar cosas buenas. Y malas. Porque vas a tener que despedirte de tu vida humana si quieres acabarlo. O hacerte viejo jugando a él, abrazándolo en las frías noches de invierno y presentándoselo a tus padres. Bienvenido al mundo virtual. Si quieres hacer todo lo que The Witcher te ofrece, olvídate de tu vida social, de tu novia y de salir a echar unas cañas. No te va a dar tiempo. Pero no te preocupes. Tampoco vas a echarlos de menos. En este juego tienes de todo. Sexo, violencia, alcohol, enanos con mala leche y un protagonista vacilón que lo mola todo. Es esa persona que te gustaría ser pero no eres, pero en guapo. Aquí hay de todo y para todos, y por variedad no será: monstruos, brujas y humanos cochambrosos; taberneras, soldados mezquinos y espectros con mala leche; un mundo que evoluciona con tus decisiones y en que las cosas que haces vuelven para perseguirte. Como la vida misma, vamos. A menos que seas político.

Técnicamente el juego tiene un aspecto estupendo. Brilla. Y es bonito. Podríamos decir que el pelo y las greñas siguen siendo la gran pesadilla de los motores gráficos, pero no dejéis que una melena atravesando una oreja cual fantasma capilar os oculte el increíble espectáculo de luces que en ocasiones se despliega ante nuestros ojos. El sistema de control es relativamente de fácil acceso, pero he de decir que la cantidad de opciones, combinaciones y posibilidades que ofrece te obliga a usar tu bonus de concentración extra. Para alguien que juega cada vez más ocasionalmente a los videojuegos, esto puede ser un inconveniente y, aunque es cierto que siempre he sido un poco torpe, voy a tener que aplicarme para no morir un millón de veces en el intento. Si esperáis un machacabotones que no os haga pensar, en el que las decisiones que tomáis no influyen demasiado en la historia lineal y que se desarrolla en un pasillo mejor o peor ilustrado, desde luego este no es vuestro juego. Claro que no creo que nadie que se compre The Witcher 3 vaya buscando algo así. Las anteriores partes de esta saga y la pericia que la gente de CD Projekt RED ha venido demostrando como creadores de mundos enormes y llenos de posibilidades, son garantías suficientes para esperarlo todo de esta Caza Salvaje que, al menos en PS4, tiene una pinta espectacular. Más o menos como las cosas que te dejan satisfecho y con la sensación de que has gastado bien tu dinero. Poned el ejemplo que mas os apetezca para ilustrar la última afirmación.

Perro malo.

Pagar para obtener satisfacción. En efecto. Ahí está la clave.

Antes de que saliera el juego, los desarrolladores de la compañía polaca mandaron un mensaje a las redes hablando de la piratería y de su particular forma de evitarla. En su llamamiento, la gente de CD Projekt RED aseguraban que el juego garantizaba horas de entretenimiento de calidad, además de afirmar que habría contenido descargable y actualizaciones gratuitas para todos aquellos que lo compraran. Y en cualquier plataforma. Es decir, conscientes de que son incapaces de luchar contra la piratería por muchos códigos, bloqueos o artimañas que intenten, los polacos ofrecen a sus clientes un valor añadido incontestable para evitar que su producto se distribuya ilegalmente: calidad y contenido. Nada de penalizar a aquellos que se se descargan una copia ilegal de su juego. Nada de fiscalizar al pirata. Al contrario, en lugar de demonizarlo, se le deja sin excusas, sin razones. En vez de llorar como un Alejandro Sanz cualquiera, ese ser abyecto y empalagoso como los títulos de sus discos que se baña en su piscina de dólares cual apestoso Tío Gilito, ellos ofrecen una alternativa honesta al pago: ya que te vamos a cobrar, al menos no te vamos a dejar con la sensación de que te hemos estafado. Nada de gastarte 70€ en una campaña mediocre que apenas dura 5 horas. Aquí pagas 70€ por horas y horas de entretenimiento. Y entretenimiento del bueno. Y es que al final, el precio de las cosas también es relativo, como todo en la vida. Te puedes sentir estafado si te cobran 20€ por un menú repugnante, pero salir maravillado de ese lugar que te cobra 100€ y te da uno de los mejores ágapes de tu vida. Todo es cuestión de ofrecer productos excelentes que la gente esté deseando demandar. Nada de timos. Nada de lloros. Nada de estafas. Uno quema su tarjeta de crédito sonriendo siempre y cuando esté satisfecho, y ése es el mejor remedio contra la piratería.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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