TOKYO ZOMBIE: Mierda delicatessen.

El vertedero conocido como Fuji Negro ha comenzado a vomitar los cadáveres enterrados en sus tripas en forma de zombies sedientos de sangre, y solo dos camioneros expertos en jiu-jitsu podrán evitarlo. Bienvenidos al fin del mundo. Otra vez.

Por Javier Marquina.

Heta-uma.

Mal, pero bien.

Genialidad acartonada.

Doscientos kilos de dinamita colocados en los cimientos de la estética.

Una mierda grande y maloliente del tamaño de la Gran Pirámide de Giza pero que resulta arrolladora y ultradivertida.

Algo así.

Gonzo insuperable. Bodrio absoluto y maravilloso. Caspa adorable.

Dibujo digno de un imbécil con el magnetismo de un electroimán alimentado por una pila nuclear tamaño Godzilla. Dibujo automático, sin boceto, sin esquema, sin plan prefijado. Dibujo salido de las tripas como un cañonazo, como una bofetada, como la traca final de una orgía llena de strippers enanos, cuero del mercadillo y vaselina para tactos rectales.

Trazos absurdos de un poder mesmerizante. Que subyuga. Que domeña. Que consigue que el esfínter situado en el tramo final de nuestro intestino grueso segregue burbujeante refresco de cola cual torrente incontrolado.

Sensacionales portadas de melenas afro con textura de terciopelo.

Productos inexorables que te atrapan en una jaula alucinógena tejida por una enorme gónada empapada de potentes feromonas sexuales.

Un cómic que es como pasar dos horas cagándote vivo y, de repente, encontrar el váter más asqueroso de la historia. Luchar contra esa sensación antagónica de placer generado por el alivio y la arcada inevitable que surge al chapotear en la mierda acumulada de cien mil parroquianos.

Amor incomprensible que no puedes explicar sin sentirte avergonzado de lo irracional de tus desatadas filias sentimentales hacia un objeto tan demencial. Hacia un despropósito semejante. Hacia una barbaridad tan absurda e hilarante.

Una producción de serie triple Z trasladada al papel en una orgía de mal gusto, incorrección, violencia, vertederos, jiu-jitsu carcelario, camioneros, calvicie, asesinatos accidentales, jefes capullos, letales llaves de lucha libre, olor a entrepierna digno de hombres sudorosos sobándose sobre un tatami y unos guardias salvajes haciendo surf sobre veloces gorrinos.

Revueltas, revoluciones, alzamientos, pastores mancos presa de una romántica zoofilia y macarras dispuestos a establecer un nuevo orden mundial a golpe de granada.

Zombies. Zombies letales. Felaciones zombies. Zombies pressing catch. Zombies apocalípticos. Zombies contra zombies. Zombies a gogó.

Viejas arpías cargadas de joyas que lubrican ante la visión de hercúleos gladiadores. Opresión. Clases. Dictaduras y pobreza. Locutores con bigote. Circos y perros y farsantes televisivos. Pura cotidianidad.

Una industria del espectáculo podrida y amañada, fuente incesante de bazofia que anestesia al que la consume. Como Tele 5 pero de calidad.

Critica social disfrazada de comistrajo infame. Arte sumergido tras una espesa capa de basura. Excelencia alcanzada a través de la negación de la misma.

Un manga underground de éxito internacional que incluso tiene versión cinematográfica. Sí. Así es. En efecto. Han leído bien: VERSIÓN CINEMATOGRÁFICA.

Yusaku Anakuma. Un autor consciente de cuáles son sus objetivos, de lo que busca y de cómo lograrlo. Un mangaka con pinta de fanático de la hipoxifilia, irreverente, valiente y convencido. Y cinturón negro en artes marciales. La mítica relación entre el kung-fu, los pomos de las puertas, el onanismo y los objetos que sirven para ahorcarse.

Un timo al que te sometes sin dudarlo. Una estafa que disfrutas al sufrir. Una extraña mezcla de repulsión y atracción irresistible. Todo esa mierda de “amores reñidos son los más queridos” que decía mi abuela.

Una cumbre creativa.

Palmo arriba, palmo abajo.

Una obra maestra.

O casi.

El cénit del arte humano.

Más o menos.

Ya saben.

Heta-uma.

Mal, pero bien.

Torpe, pero hábil.

Cuanto peor, mejor.

¡Y que viva Tokyo Zombie, cojones!

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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