TÓXICO: el buen mal sueño

Una espeluznante historia de misterio, de un golpe en la cabeza, recuerdos difusos y lagartos con camisa.

Por Patri Tezanos

Qué buenas son las buenas historias. Y no, no es un pleonasmo gratuito; es que las buenas historias son cosas que sientan muy bien y hacen estar en paz con la cartera, y generan el Bien. Imaginemos: me compro Tóxico, de Charles Burns, 18€ aprox. el ejemplar de unas 50 páginas, y la historia resulta ser una auténtica basura. Si ese hubiera sido el caso, el resultado habría sido una presión arterial aumentada, palpitaciones, pupilas reducidas y conductas agresivas. En resumen: un extra de gastos de nuestro ya consumido, roído y rebañado sistema social por una tontería. Me habría hecho daño al corazón y habría roto alguna que otra papelera para buscar un poco de equilibrio en ese karma que, en este hipotético caso, me estaría haciendo la puñeta. Gastos tontos, daños colaterales y todo porque algún tipo con acceso de comiquista hubiese tenido la tremenda suerte de pasar por todos y cada uno de los estadios que se presentan desde la creación de la obra hasta su publicación sin crítica y con la cara aún adherida a la cabeza porque, vayamos a saber por qué, no se le ha caído de pura vergüenza.

Pero no, Tóxico, la primera parte de esta trilogía de Charles Burns, vale cada uno de los euros que piden por él. ¿Cómo no iba a valerlo? Si por el precio de dos entradas de cine (o de una sola si sumamos el combo XL de palomitas y Cocacola) tienes acceso a un argumento y a una capacidad narrativa que despertaría la envidia de cualquier hollywoodiense que se las da de genio, y además lo disfrutas cómodamente echado en tu cama, bajo el edredón (aunque éste ya empieza a sobrar) y sin molestias de terceros.

Tóxico es el inicio de un argumento extraño de asomo de terror que no entra en el campo del miedo, del susto ni del gore. De un argumento de una especie de miedo en la sombra. El asomo de miedo que surge de contemplar algo que se observa y no se entiende: que espeluzna. Tóxico es un viaje nocturno a través de un mal sueño que no es lo suficientemente fuerte como para despertarte, al que asistes viajando dentro de una burbuja desde donde ves pero nadie te ve; uno de esos malos sueños que, arrollado su recuerdo por la actividad del amanecer, sólo deja un sedimento. De esos que provocan los “sé que he soñado, pero no me acuerdo de qué” y que a generan una sensación extraña cuando algo de la realidad te lo recuerda.

En esa pesadilla, el lector no sabrá cuál de las versiones de un protagonista es la verdadera. Un chico enfermo. Un alter ego cartoon. Una ciudad en mitad del desierto. Un cuarto oscuro. Una casa vacía. Unas extrañas criaturas vestidas de oficinista y con una lengua para lavarla con jabón. Huevos rojos y blancos. Una chica. Fotografías y fiestas difusas. ¿Qué es lo que ha pasado aquí? Pronto hace acto de aparición la pregunta clave que te hace querer saber más de una historia, y Charles Burns sabe despertar esa pregunta. El lector no sabrá qué va antes ni qué va después. No sabrá qué es sueño ni qué es realidad. Acogiéndome a una descripción muy aguda que hace el segundo tomo de la obra (La Colmena, del que hablaremos mañana), Tóxico y la historia que empieza a dibujar es como si estuvieras siguiendo una novela por entregas, de repente entras en coma, te despiertas, y cuando retomas la serie te faltan unos cuantos números de por medio. La historia comienza en ese punto tras el coma, en el que empiezas a leer los nuevos números de esa historia que te había enganchado. Y en estos nuevos números ves que van haciendo referencias al pasado, referencias que a veces conoces y a veces desconoces. La historia comienza en un punto, cuenta pizcas del pasado, pizcas del supuesto presente, pizcas del supuesto futuro y a partir de ahí va tapando los agujeros.

Resultaría fácil decir que lo que nos muestra Charles Burns es digno de delirios de encocado, pero sería quitarle mucho mérito a Tóxico. Porque no se trata de un conjunto de imágenes inconexas y de lo raro por lo raro, sino de trozos que que acabarán teniendo un sentido y, sospecho, que muy metafórico. Como narrador, Burns maneja esos diferentes pedazos de la misma historia y los va superponiendo. Mientras tanto, tú vas tratando de darles sentido con las pocas pistas que te da. ¿Será ese el verdadero sentido de todo? Seguramente no, pero lo has intentado, y cuando una historia no se escribe en los términos que tu imaginación te va dictando, la historia es mejor. Y esta, de entrada, ya es completamente impredecible.

Todo un ejercicio de imaginación, narrativa y dibujo.

Sigue a Patri Tezanos en Twitter: @PatriTezanos

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*