True Detective. Cine en televisión.

Qué bonito es lo bonito cuando se ve bonito. Las lineas pulidas. Las texturas de la lente. La luz. Los actores. Alexandra Daddario con sus tetas perfectas. Gracias HBO.

Por Javier Marquina.

True_Detective_Serie_de_TV-799068355-largeA veces ves cosas que no debes ver. No es el momento o el lugar, o no estás lo suficientemente preparado para valorarlas y entenderlas en lo que realmente valen. Otras, sin embargo, las que más aprecias, llegan en el momento justo y al lugar adecuado. Se ponen frente a ti agitando las manos y acabas por sucumbir a sus encantos. Y claro. Te atrapan. A veces incluso cuando crees que no lo estás haciendo. Puede ser un cuadro. Un libro. Una película. Un cómic. O una serie, como en este caso. Y eso es básicamente lo que me ha pasado con True Detective.

Llevo tres capítulos de loS ocho que componen la primera temporada y no os voy a engañar diciendo que es la serie de mi vida. No creo que vaya a serlo. A pesar de que es la serie de moda y que todo el mundo habla de ella. Aunque lo merezca y todo los halagos sean probablemente más que merecidos. Soy así. Sé que me va gustar mucho, pero algo me dice que no tanto como debería. No sé, echo en falta algo más de ritmo en ocasiones. Que pasen más cosas por capítulo. Es una de esas sensaciones que también me asaltaban a veces al ver Breaking Bad y eso no impidió que acabara siendo una de mis series favoritas del mundo mundial. Quizás estoy demasiado acostumbrado el ritmo enloquecido del cine de acción de mierda que consumo de forma desmedida. Puede ser. También os digo que espero equivocarme y que al final y una vez vista como un todo, esta primera temporada me encante. Por virtudes, desde luego, no será. Y por cosas que me alucinan, tampoco. Oye. Que sí. Que al final me va a emocionar.

Y es que en True detective hay algo. Algo apasionante.  Algo que no puedo explicar. Algo que te zumba detrás de los ojos en cada escena. Una sensación malsana de que las cosas no funcionan bien. Más allá del asesinato, del psicópata o de lo retorcido de la parafernalia utilizada en los cadáveres. Una sensación de que hay algo está chillando al fono, algo que suena como un relé roto en las cabezas de los protagonistas. Algo que huele mal, a incorrecto, a depravado, a irreal. A cornamenta de ciervo en la cabeza de una chica muerta. Algo que siempre me ha gustado intuir en lo que consumo. Algo roto. Algo depresivo. Algo mortal.

Por si fuera poco, la factura impecable y el hecho de que dos estrellas de Hollywood sean los protagonistas de la temporada también ayudan a hacer que sea casi imposible no ver esta serie. El antes melifluo e inexistente Matthew McConaughey, con esa nueva estética de enfermo de tisis apaleado que tan bien le sienta, hace un sobresaliente papel como detective raro, uno de esos personaje que siempre nos tocan el corazoncito en la línea del entrañable Dale Cooper de Twin Peaks. Woody Harrelson y su prognatismo muy bien. Como siempre. Uno de esos valores seguros del cine y la televisión desde aquellos lejanos días de Cheers. Dos tíos que han hecho mucho cine de palomitas y mucho cine de nada de palomitas haciendo televisión de la buena. Series que se parecen cada vez más a cine. Series que muchas veces son mejores que el cine. Cine haciendo series. La nueva tendencia. Calidad en cada uno de los detalles. Televisión elevada a la enésima potencia. Algo que a todos nos encanta, porque somos una sociedad en la que la vida no es tan vida sin la caja tonta.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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