Un “jaeger” para romper el gueto

Literatura de género que no lo parece, sentimientos, dogmas, y un libro de Emilio Bueso.

Por Yago García

diastole+emilio+buesoA fin de definirse como lector, quien suscribe asume el término “compulsivo-esporádico”. Sí, se pueden ser las dos cosas a la vez: yo llevo treinta años preguntándome cómo, pero se puede. A períodos de mediano vacío en mi mesa camilla suelen seguir trances bulímicos de deglución (o redeglución) de letra de todo tipo. Pero, siendo uno animal de gustos conservadores, y como La isla del tesoro fue el primer manjar literario que le hizo relamerse, la novela siempre será su alimento básico. Qué le vamos a hacer, prefiero a los narradores antes que a los estilistas, y a los autores aptos para combinar ambas facetas sobre todos los demás. Cuando encuentro a un escritor de ciencia-ficción o fantasía capaz de enfrentarse al reto de la palabra justa y superarlo, entonces mi gozo de lector no conoce límites.

El arranque de mis crisis suele ser el descubrimiento de una novela que me pica, cual bicho maligno, a la altura de la curiosidad. Algo así me ocurrió con Cenital, de Emilio Bueso: planteamiento interesante (bien), una prosa con la rara virtud de la precisión (mejor). Decido documentarme sobre Diástole, la obra previa del autor, sobre la cual se cuentan maravillas.

Y entonces me encuentro con esto.

Mis conocimientos sobre el mundillo literario español (subráyese lo de “mundillo”) son nulos. Pero sé que el blog de marras es muy leído y respetado, así como que en torno a él ha circulado mucho viboreo a cuenta de cierta maniobra de márketing cuyos ingredientes (leche, cacao, avellanas, azúcar y afectación posmoderna) serán conocidos por la mayoría. Aun así, los conflictos entre camarillas no tienen nada que hacer aquí: el tono de su reseña de Diástole transpira un olor a rancio cuya tufarada golpea desde el primer párrafo. Sí, parece que eso de “Yo (ya) no soy de novela de género pero confieso que de vez en cuando me gusta refugiarme en su intrascendencia” va completamente en serio. Y lo de “la mundana pasión del tópico de la novela de terror” también.

Por lo demás, el dictamen que a este buen señor le merece Diástole se resume en pocas palabras: a Tongoy, la novela de Bueso le parece una basurilla desechable, pero le perdona la vida por haberle procurado un par de buenos ratos y unas risas a costa de sus defectos. Como, en internet, el verbo escrito también vuela, seguramente ni el propio autor del blog se acordará de ella dos años después de su publicación. Pero yo me la he encontrado por ahí, y su lectura me ha hecho pensar en muchas cosas.

He pensado, por ejemplo, en esa Virginia Woolf pasmada ante Hacedor de estrellas de Olaf Stapledon, ofrendando al autor lo que ahora llamaríamos fan mail en prosa exquisita. También en Margaret Atwood, negando cual San Pedro que Oryx y Crake o El cuento de la criada sean ciencia-ficción porque eso es cosa de marcianos verdes y lo suyo es (¡cielo santo!) “ficción especulativa”. Acuden a mi memoria acto seguido los párrafos entusiastas de W. H. Auden, encomiando a su colega Tolkien con una palabra muy rara (“mitopoiéico”): siempre me he preguntado que pulsiones agitarían al poeta al encontrarse con Aragorn, la verdad, aunque resultan imaginables. El cachondeo dura poco, porque acude al baile el fantasma de Kurt Vonnegut, explicando que no le gustaba catalogar a sus escritos fantásticos como tales, porque si lo hacía su reputación se iría por el desagüe.

La batalla prosigue. A ella se asoman todos los críticos que han negado a Un mundo feliz y 1984 la entidad de relatos futuristas dada su condición de obras de arte. Y también aquel asno con tribuna en el New York Times según el cual un Ballard recién difunto no escribía ciencia-ficción porque un novelista de su talento, sencillamente, no podía habitar ese pozo. La sombra del propio Ballard, olvidando sus modos de gentleman postindustrial, entra buscando pelea: no en vano él inventó el punk antes del punk, y se regodeó (junto a su colega Moorcock, por fortuna aún con vida) en ser vanguardia sin pedirle permiso a los expertos. Ambos, el autor de Crash y el papá de Elric, aguantan terreno valerosamente, incluso cuando Edmund Wilson comparece para echar pestes del pobre Lovecraft. Rodeado por una bandada de mariposas y profiriendo denuestos en seis idiomas, Vladimir Nabokov manda a su ex amigo a hacer puñetas, señalando que él se marcó una ucronía steampunk de título Ada o el ardor porque le salió de los pirozhki. Al escuchar esto último, no sé por qué, Borges se ríe muchísimo.

A estas alturas, el invidente se ha ido, junto a su admirado y prologado Ray Bradbury, en busca de un buen asado de tira y unos vasos de grappa. Pero los espectros no dejan de darse tollinas. En torno a ellos, como centro de gravedad permanente, sigue la misma pregunta: ¿es necesario pedir disculpas por salirse de la narrativa general? ¿De verdad son los personajes adultos, blancos, de clase media o media-alta, residentes en nuestro planeta (preferiblemente en una nación del Primer Mundo, claro) y con un leve matiz autobiográfico los únicos con derecho a existir en nuestra imaginación de lectores? Sí, esto último es una generalización barata, pero vayan a su librería de referencia y hurguen un poco en la sección más amplia e iluminada: los encontrarán a pares.

Entonces, reparo en que la explicación ha estado siempre ahí, sin nada de fantasmático y mucho de cruelmente real.

Dicha explicación fue enunciada por una colega de quien suscribe tras el visionado de Nunca me abandones. Una película, basada en la novela de Kazuo Ishiguro (Lo que queda del día) y adscrita por su desarrollo y premisas al género fantástico, cosa que mi interlocutora negaba persistentemente. La siguiente oración supuso a la vez el punto álgido y el fin del tira y afloja: “Esto no es ciencia-ficción”, sentenció ella, “porque habla de sentimientos”.

En momentos así, pienso en una bandada de ejemplares de La mano izquierda de la oscuridad, Dhalgren, La fábrica de avispas, Rascacielos, Pórtico, Valis, Tormenta de espadas, El último unicornio, El rebaño ciego, Idoru, Invernáculo, El hombre hembra, La estación de Perdido Street, El verano del Pequeño San John y tantísimos otros libros, surcando los cielos y reuniéndose para conformar un mecha (o un jaeger, según preferencias) que avance hacia múltiples facultades de Filología, oficinas editoriales, redacciones de suplementos y (sí) hogares de críticos y blogueros, a fin de aplastarlos con poderosa zancada. Pero, tristemente, eso no funcionaría donde la dialéctica no ha funcionado, y además la clave del asunto seguiría ahí: el arte de la fantasía no sólo requiere talento para el escapismo, sino también para la extrapolación. Es decir, para exponer a situaciones imaginables (y posibles, por tanto) a seres vivientes cuyas capacidades para lo sublime, lo horrible, lo entrañable y lo ridículo permanecen constantes. La insistencia en negar esto revela, en sus momentos menos infames, una desoladora dependencia de dogmas. En los más infames, el más pequeñoburgués de los rechazos: el rechazo a la diferencia.

Sigue a Yago García en Twitter: @solo_en_saigon

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¡Oh, mírame, estoy haciendo feliz a mucha gente! ¡Qué bien! ¡Soy un hombre mágico! ¡Del pais feliz! ¡De la casa de gominolas de la calle de la piruleta!

2 comentarios en Un “jaeger” para romper el gueto

  1. Menuda sarta de gilipolleces. Dices que es pequeñoburgués desdeñar a la fantasía cuando ese es el género más pequeñoburgués que hay. Replicadme esto si hay cojones, frikis de mierda.

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