UN MILLÓN DE AÑOS.

Se abre el telón y aparece un ciempiés adicto a las extremidades, un profeta viperino, una secta que sintoniza mensajes divinos a través de cadáveres eviscerados y un desierto yermo donde escasean las armas. Se cierra el telón y soy incapaz de contener el asombro.

Por Javier Marquina.

La religión es una mala droga dictada por fanáticos, charlatanes y sectarios. Es un libro de moralidad que cae de los cielos, entregado a seres humanos con tendencias animales por entes etéreos de imposible existencia. La religión es una fábula venenosa que adormece, que adoctrina, que condiciona, que predispone, que te coloca en un estado cerebral propenso a la lobotomía. La religión es una morfina que nos aísla del abismo de lo inabarcable, de ese concepto aterrador que nos sitúa en solitario en la esquina más apartada de la mota de polvo más pequeña de un cuadrante al que nadie está mirando. Nos da protagonismo. Nos coloca en el centro de un universo que nos ignora, tan consciente de nuestra existencia como un Boeing 747 de la presencia de ácaros en su tapicería. La religión apacigua, reconforta, justifica, excusa. Lava nuestra imagen y nuestros defectos siempre y cuando sigamos unos parámetros establecidos de conformidad, obediencia y acción. La religión es el arma con la que los intereses económicos disparan mártires contra objetivos golosos, contra espitas que hay que romper para que el gas de la indignación nos convierta en humeantes hogueras de ira dispuestas a la purga. La religión es una mentira basada en la necesidad de transcender, de vivir para siempre, de enfrentarnos a la muerte con algo más que la certeza del vacío o la angustia de la total incertidumbre. La religión también son cíclopes comiendo ratas, mesías de ojos variables, caníbales hambrientos y gaviotas con predilección por devorar rostros humanos.

Un millón de añosEstas son algunas de las cosas que me han venido a la cabeza nada más terminar Un millón de años de David Sánchez. Consciente de sus múltiples facetas, la lectura de esta novela gráfica es una acto automático en el que el subconsciente coge las riendas, ya que nuestra parte racional es incapaz de establecer un hilo coherente al aluvión de imágenes perturbadoras que se van sucediendo en cada página. Cada capítulo toma la forma de una parábola sin apenas conexión con lo anterior, en el que el mensaje se diluye por la crueldad implícita de un dios ausente pero siempre sediento de sangre. Mutantes, insectos gigantes, ofidios con túnica difundiendo un mensaje divino… el catálogo de rarezas parece interminable. Así mismo, la sensación que persiste a medida que avanzas en las historias de este desierto apocalíptico es que la mente de Sánchez se mueve en una dimensión alternativa privilegiada, revolucionada a una velocidad que ni siquiera podemos formular, guiada por procesos que se nos escapan pero que nos fascinan con el sabor magnético de lo desconocido. Al final todo tiene sentido, un sentido secreto que no acabamos de comprender pero que sabemos que está ahí, porque mueve los engranajes de tu cerebro que te obligan a reflexionar, que reclaman un esfuerzo, que no te lo ponen fácil.

De guión críptico y magnífico dibujo, Un millón de años me recuerda al Daniel Clowes de ‘Como guante de seda forjado en hierro‘ y al Charles Burns de la trilogía formada por ‘Tóxico‘, ‘La Colmena‘ y ‘Cráneo de Azúcar‘. Son referencias evidentes, no tanto por el estilo y la potencia llena de desazón de sus imágenes como por la sensación de incomodidad inevitable y adictiva que transmiten. La estructura ordenada y férrea de sus viñetas contrasta con las imágenes alucinógenas que contienen, colocando al lector frente a una ventana cercana y conocida que se abre a un mundo imposible, de pesadilla. También hay un aroma de profecía, de estar ante un tebeo genial que llega con generaciones de anticipo, un millón de años antes de que la evolución nos provea de mecanismos cognitivos adecuados para su consumo. Sin embargo, de la misma manera, el desarrollo sigue unas reglas primitivas de violencia absoluta, plagado de esos atavismos propios de un Antiguo Testamento lleno a rebosar de masacres y genocidios orquestados por un Dios vengativo, furibundo y, en última instancia, muy hijo de puta.

Un millón de años

Un millón de años es uno de esos cómics indescifrables, imposibles de explicar, de los que hay que consumir con la mente abierta y receptiva, dispuestos a que su contenido nos haga estallar el cerebro como un buen gusano cerebral rigeliano. Son como la mítica escena de Scanners, un ataque telepático en el que la asimilación agresiva de ideas flipantes amenaza la integridad de tu estructura craneal. Una invasión, eso sí, a la que te sometes gustoso. Y es que lo que fascina, nunca defrauda.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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