UNREAL CITY: Sexo, mentiras y realidades paralelas.

Ya tengo colocado el tomo del Unreal City de D.J. Bryant en mi estantería. Está justo al lado de las obras de Daniel Clowes y las de Charles Burns. Y ha sido una decisión no premeditada, instintiva, casi automática.

Por Javier Marquina

Dos conceptos me vienen a la cabeza cuando acabo Unreal City: uróboros y David Lynch. Ciclos recurrentes y desasosiego. Serpientes que se comen a sí mismas y un director capaz de hacer alusiones a Un Perro Andaluz y convertir a Kyle MacLachlan en el príncipe de lo incómodo, todo en la misma película. Es imposible devorarlo y no pensar en historias circulares que, como en una Cinta de Moebius, no tiene principio ni final real. Bajo ellas, con esa atmósfera que grita una y otra vez “mal rollo”, hay una ambientación de piso amueblado en IKEA que baila entre lo real y lo imposible. Es una sublimación del deseo obsceno alimentado por una vida sin pasión; una orgía nunca consumada que lanza fogonazos de surrealismo costumbrista generando un desasosiego tangible, sólido. El terror de lo cotidiano; lo común convertido en monstruoso cuando cambias su voltaje y lo desplazas dos centímetros de la realidad en la que vivimos; el sexo sublimado en el esperma que, en un ejercicio de papiroflexia sórdida, pasa de ser elemento dador de vida a residuo mezclado con vómito tras el rodaje de un bukkake.

En Unreal City, la vida es accidente que siempre vuelve a suceder. Una catástrofe recalcitrante. Por ella transitan los personajes de D.J. Bryant como robóticos simulacros de vida. Personajes perfectos para una película de Yorgos Lanthimos. Hombres y mujeres obsesivos que viven el sexo como un arma, como un mecanismo de dominación compulsivo que los lleva a vivir vidas miserables y oprimidas. Ojipláticos actores de una obra de teatro recurrente en la que los principios son los finales y el tiempo es una dimensión confusa y dúctil por la que deambulamos como el que camina con tacones de aguja sobre una alfombra de huevos.

Dividido en 5 historias independientes pero conectadas por un denominador atmosférico común, Bryant se postula como un digno sucesor de popes del Underground como Clowes y Burns, tanto en el fondo como en la forma. De dibujo minucioso, explícito y sexualmente irresistible, las páginas de Unreal City son un catálogo de filias y fobias con música de Angelo Badalamenti sonando de fondo. Viñetas pornográficas que se alternan con aventuras cartoon,  casi propias de los cómics originales de las tiras de prensa. Relaciones malsanas y viciadas por la locura que parecen condenadas a repetirse eternamente. Desconcierto, sadismo y demencia fundamentada en los clásicos. Argumentos turbios ilustrados por un estilo que bebe de los patrones sagrados establecidos por Will Eisner y los centrifuga, adaptando la plasticidad de unas tintas nítidas y definidas que se transforman en un mar de líneas contusas cuando oscurece.

Si tuvieras que definir de alguna forma esta obra sería algo como “uróboros dándose un festín de si mismos en el jardín de una familia de clase media de Lumberton”. Una frase bien construida que debes ir desentrañando. Eso es  Unreal City. Al menos una de sus múltiples facetas. Amor enfermizo; sexo dominante cargado de odio; la vida entendida como algo circular, kármico, algo que siempre se repite. Una representación en un escenario lleno de personas desquiciadas por ser acariciadas. Una obra desconcertante e hipnótica que se añade al siempre fascinante catálogo de la editorial La Cúpula.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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