Yo confieso: A mi edad viendo dibujos animados.

Con treinta y algún años, estoy enganchado los dibujos animados que les hacen hoy en día a los chavales, y es que son hipnóticamente estimulantes.
Por Chema Mansilla

Mi infancia transcurrió entre los dibujos de Filmation y llegó a su momento álgido con la batalla de Namek de Bola de Dragón. Si el clima de la Tierra no estuviera cambiando hacia un apocalipsis desértico, podría decir que ha llovido mucho desde entonces. Llover ha llovido poco, pero han pasado los años. Y mientras las ciudades se llenan de jóvenes adultos que no han sabido dejar atrás su preadolescencia, series infantiles de animación empiezan a llamar su atención. Sería algo socialmente peligroso si no resultara que estos dibujos animados no parecen haber sido pensados sólo para niños. O a lo mejor es que los adultos responsables tienen un concepto de infancia un tanto especial (y eso sí puede resultar socialmente peligroso). O a lo peor es que los adultos que hacen dibujos animados empiezan a hacerlos para gente de su edad.


Y ya no estoy hablando de series de dibujos para adultos, como eran al principio Los Simpson. Pero Los Simpson, tras 20 años en las pantallas, han pasado a ser «para todos los públicos». Y no son ni lo ácido ni lo críticos que puede ser Padre de Familia. Habrá quien considere que Padre de Familia simplemente es chabacana. El humor del chiste del pedo por la mera finalidad de ofender y llevarse un aplauso de propina. Pues tienen toda la razón. Pero además hay otra cosa, una doblez genial e rriventente, mordaz, ácida… Corrosiva como un soplete en un ojo. Ese matiz que separa la genialidad de Ivá o Edika de… Santiago Segura. Los mismo para South Park. Volviendo al tema, esas series siempre fueron concebidas como series «adultas» a pesar de su gran aceptación infantil. Eso quiere decir que nuestros infantes maduran antes de lo que lo hicimos nosotros, o que a nosotros nos importada un carajo lo que vean por la tele. Pero yo quiero hablar del fenómeno contrario.

Es normal, a mi edad, que en algún momento dado, generalmente de noche y con muchos litros de alcohol corriendo por nuestras venas (mujer), cantes a grito pelado la alegre tonadilla de Mazinger -Z o Campeones. No pasa nada, está socialmente aceptado que eso es así y que seguramente no vas a mojar esa noche. Pero cuando con treinta palos, en el búho de vuelta a casa, el conductor te hace bajar por gritar constantemente «ohuuuuuuuuquiénviveenlapiñadelfondodelmaaaaaaaar» a todos y cada uno del resto de viajeros, la cosa cambia. Beber has bebido lo mismo, pero la cosa cambia. Porque ya no estás rememorando tu infancia, estás celebrando el éxito de un canal de televisión dedicado a la población infantil.

Joder, que alguien me diga que no mola llegar del curro, ponerse un vaquero viejo, una camiseta de Star Wars con aguejritos y un poco amarillenta por el cuello, y merendar viendo a Bob Esponja en la tele. Pues claro que mola. que no te digan lo contrario. Yo conocí a Bob Esponja una noche que había bebido. Cuántas historias truculentas comienzas de manera similas… No tenía demasiado sueño al llegar a casa, y para consolar mi soledad, entre otras cosas decidí comer algo antes de irme (solo) a la cama. Puse la tele y ahí estaban unos dibujos muy locos. Yo tengo el listón de dibujos locos bastante alto. Fui uno de esos niños traumatizados porque Telemadrid, en su momento, decidió retirar Ren & Stimpy de parrilla por las protestas de las sociedades de padres católicos. Todavía hoy no sé si les molestó más que Ren & Stimpy fueran un chihuahua y un gato gordo que viven juntos, o que consumieran sustancias psicoactivas de manera explícita (en un episodio prueban los hongos que crecen en un calcetín y se pegan un viaje que ríete tú de Jimi Hendrix).

El caso es que esos dibujos me encantaban. No se si afectaron de alguna manera a mi orientación sexual (gracias a Dios que los padres de familias católicas siempre han estado ahí por si acaso me despistaba), pero además de enseñarme que podías comer cosas mucho más divertidas que las Tostarica, aprendía que había dibujos animados que no trataban de venderte ningún juguete.

Y bueno, ahora no es que Bob Esponja se meta picos de heroína delante de los peques, pero que algo hay es evidente. En aquel mi primer episodio se trataba el tema de los derechos de los obreros, la huelga y la precariedad laboral. Flipé tanto que pensé que iba más borracho de lo que en realidad iba. Como fui capaz de entrar en mi casa y realizar operaciones complicadas como quitarme los zapatos, decidí que esos dibujos eran reales. Y sí, lo son, y siguen siendo muy locos, y tratando temas importantes, como la identidad sexual (que por algún motivo siempre está ahí) o el capitalismo. No está mal.
Una vez que has perdido toda dignidad porque vas por la oficina tarareando la sintonía de Bob Esponja y una compañera la reconoce como los dibujicos que ven sus nenes al salir de la guardería, pues decides darlo todo por la causa y pasar un fin de semana entero de tu vida delante de la tele, viendo canales infantiles. porque tiene que haber más cosas de esas que se mueven deprisa, hablan con voz aflautada y visten vivos colores sin tener que salir a castigarte la salud con todo tipo de substancias. Además, que es menos cansado y más barato. Lo de Disney Channel es una película que necesitaría una entrada en el blog para ella sola. Basta con decir que la culpa es de los padres que las visten como putas (y las ponen a cantar y bailar). Al menos tienen a  Phineas y Ferb.

Sorteando series basadas en líneas de juguetes no tardan en aparecer pequeñas joyas. Por ejemplo, voy a trabajar con una camiseta muy chula (chulísima) de Hulk, ¿cómo no me voy a enganchar a los nuevos dibujos de Los Vengadores? Si salen un montón de personajes y recrean series clásicas de los cómics y… Estás perdido: ahora tienes unas ganas locas de comprar aquella figura articulada de Iron Man para ponerla en la estantería… O una del Soldado de Invierno para ponerla así como sentada, pero disparando su ametralladora, desde el borde del monitor del ordenador…

Ni que decir tiene que para poder hacer este tipo de experimentos, hay que vivir solo. Si vives con tus padres, se preguntarán que han hecho mal y trataran de entablar contigo conversaciones que empiezan con cosas pareceidas a «¿Sabes que con tu edad tu madre y yo te llevamos por primera vez al cole?». Son situaciones a evitar. Una novia tampoco lo va a entender, tal vez le parezca algo con un punto tierno y original, pero si le dices que no has puesto el lavavajillas porque te has pasado la tarde viendo dibujos animados… Bueno, la furia de una novia sólo es comparable con la furia de una madre. Sólo que además esa noche no follas (si vienes de una familia normal, tradicional y bien, quiero decir).

La cosa cambia si vives con un colega, porque alguien capaz de soportar eso seguramente sea, al menos, tan tarado como tú. Si ves que le gusta hacer eso todavía más que a tí preocúpate, porque suele ser gente que se sienta en un banco a la salida de los colegios con las manos en los bolsillos, o que le gusta ir al parque a ver jugar a los niños porque son la la alegría de la vida. Y eso no mola.

El caso es que hay una serie de colegas que es muy de colegas: Hora de Aventuras. No sólo parece estar empapada de ácido, si no que carece de toda lógica salvo la referencial a la infancia de, atentos, los treintañeros. Porque Hora de Aventuras habla de cosas que son de nuestra infancia, no de la de los chavales de ahora. Y eso es sopechoso. ¿Para quién son esos dibujos? Pero además es que está protagonizado por un chaval (con gorro molón) y un perro (multiforme) que son colegas. Colegas en el sentido de «coleeeeeega» .

Ese tipo de relación sólo se puede terne con gente con la que ha salido a beber durante años y que te permite arrastrar esa «e» con sobrada elegancia. Tienen novietas, les gusta la bronca, la música hecha con sintetizadores y en el fondo tienen buen corazón. Una creación postapocalítica (en serio, la magia vuelve al mundo tras caer la última gran bomba, ese es el backgoround de Hora de Aventuras) que Pendleton Ward creó a partir de esto:

Sí, se empieza a formar una telaraña universal en la que todo lo que mola está en el centro de esa red y es Bill Murray.

Esto es, ¿estoy enfermo?. ¿Puede ser que la sociedad haya conseguido que mi vida de adulto tenga tan pocos alicientes como para que cada vez quiera refugiarme más y más en un idealizado viaje de retorno a la infancia?. ¿Son los mass-media una inagotable fuente de irresponsabilidad que tratan de convertir a los niños en precoces consumidores? ¿O es que los dibujos de ahora molan un montón, troncos?

Pues un poco de todo.

Y sí, a un colega puedes decirle que Hora de Aventuras es lo más, y chocar los cinco. Si eso mismo consigues hacerlo con una chica, abrázala y no la sueltes nunca. Shes the winner.

Sigue a Chema Mansilla en Twitter: @ChemaMansilla

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¡Oh, mírame, estoy haciendo feliz a mucha gente! ¡Qué bien! ¡Soy un hombre mágico! ¡Del pais feliz! ¡De la casa de gominolas de la calle de la piruleta!

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