Yo confieso: me gusta DEADLIEST WARRIOR.

Algunas aficiones son difíciles de reconocer. Y más en público. Declararse seguidor de ciertos programas de televisión, por muy tróspidos que sean, te sitúa en riesgo de exclusión social. Hoy, yo confieso: me gusta DEADLIEST WARRIOR.
Por Chema Mansilla

Es difícil justificarlo, pero si hay quien se escuda en estudios «sociológicos» para engancharse a gran Hermano, yo alegaré una sana curiosidad científica. Científica, o simplemente mórbida, pero diremos científica, ya que DEADLIEST WARRIOR entra dentro de esa categoría televisiva de documentales «pseudo-científicos», que van desde el uso de cámaras de alta velocidad para ver cómo se estampa un filete contra una pared (ejemplo real) o cómo se fabrica un banjo. Igual que el porno en internet ha conseguido satisfacer cualquier tipo de curiosidad o apetito por raro, triste o desagradable que sea (para quien no disfrute de ello, claro), este tipo de programas vienen a satisfacer las mentes inquietas de todos aquellos que algunas vez han permanecido largas horas en vela pensado, ¿cómo diablos se fabrica un grifo? No cabe duda de que es interesante: yo soy mucho más feliz desde que sé cómo se fabrican los cochecitos eléctricos de los campos de golf, si bien nunca he pisado un campo de golf, ni intención.


El caso es que hay en mi interior algo más oscuro, que dará la razón a psicólogos, educadores y políticos, de esos que dicen que los videojuegos, el cine de acción, los cómics, el rock (y en general todo eso que nos gusta) lleva a nuestra juventud a la perdición y, posiblemente, al infierno. El caso es que yo, más de una vez, viendo tantas pelis y jugando tantas horas a la «Play» he llegado a pensar: «joder, si te meten con un palo así en la cabeza, te la revientan fijo». Pues hay un programa que viene a sacarte de dudas. ¿Te revienta la cabeza, seguro? Veámoslo a cámara lenta…

El programa de Spike TV consiste en enfrentar a dos guerreros famosos (o infames) de un periodo histórico determiando y connfrontar sus armas y características más llamativas a una serie de test científicos. Estos test son estudiados por un grupo de especialistas/presentadores formado por entrenadores, médicos e informáticos (que son algo así como los becarios, imagino). En realidad casi todo estos test consisten en golpear algo, acribillarlo o volarlo por los aires. Y con los resultados, crean una «simulación» (dos señores disfrazados) en la que estos dos grandes contendientes se enfrentan en un duelo a muerte.

Más allá del goze que produce ver cómo una maza de hueso de un guerrero zulú es capaz de destrozar un cráneo humano, este programa satisface esa curiosidad rivalista que no hemos sabido superar desde los tiempos del recreo en el patio del colegio: ¿quién es más mortal, el ninja o el samurai?, ¿las fuerzas especiales rusas o los boinas verdes? Como podéis imaginar, yo no jugaba al fútbol en el patio y me dedicaba a estas materias, más introspectivas. Por eso mis recreos eran muy solitarios. Yo era un niño sensible.

Pero regresemos al «interés científico». Estas pruebas, que son el heredero natural (aunque enfermo y retorcido) de los dummies de pruebas de los test de seguridad de los coches. Funcionan por el mismo mecanismo de «no poder dejar de mirar un choque de trenes». Porque reconozcámoslo, ver como una serie de especialistas y expertos en artes marciales aplican una gratuita y desbordaba violencia física sobre una réplica exacta de un torso humano tiene su aquel. Y además, como el torso ese es de gel, semitrnasparente y su usa para diversas pruebas médicas de traumatología, tiene su rollo científico. Aunque lo que queremos comprobar es que «volar la tapa de los sesos» es una expresión mucho más rigurosa de lo que se puede pensar antes de ver este programa.

A pesar de horrorizarme todo tipo de violencia, igual que soy un fan de las agresivas acrobacias de la lucha libre televisiva (aunque el Pressing Catch ya no es lo que era, dejando paso la acrobacia a la violencia) o del boxeo (digno deporte olímpico donde pueda haberlo) pues también disfruto satisfaciendo mi curiosidad al comprobar que sí, que una katana es tal letal como se dice, pero que la leyenda de los shaolín, por mucho que la cultura pop los ensalce, no vale de nada contra un buen arco corto mongol.

¿Que este programa embellece la violencia? Pues sí, no puedo negar que hay cierto disfrute estético, pero también lo hay en las pelis de Tarantino y de Sam Peckinpah. Joder, en El Padrino muere mucha gente de manera violenta y es una obra de arte, ¿no? Todo el arte apoyado y pagado por la Iglesia Católica durante siglos se basa en la imaginería de un señor torturado y clavado en un madero para dejarlo morir (que luego resucitase o no, es otro tema, porque también lo hizo Obi-Wan Kenobi y no se ha montado tanto circo). ¿Es ofensivo? Bueno, teniendo en cuenta de que todo es de mentirijillas, y que no se hace daño a nadie (en la tele, no en la Iglesia Católica), sólo puedo decir que me ofende mucho más un telediario, que ahí las cosas sí que son de verdad de la buena (más o menos).

El caso es que llego a un punto, en mi reflexión, en que siempre pienso: algún crío alguna vez se hará daño intentando hacer algo de esto. Y claro, todos los años muchos niños romperán sus flacos bracicos simulando torneos de lucha libre, pero todavía no he visto ningún caso real que de sustancia la leyenda urbana de los niños que saltan de las terrazas pensando que son Superman. Y eso que Supeman lleva volando 80 años, por muy pasado de moda que esté el personaje entre nuestros jóvenes. Eso sí, con las armas de fuego (o petardos y pirotecnia), todos los años algún figura se autolesiona gravemente. No digamos ya en los Estados Unidos, donde lo suyo con las armas de fuego, más que un derecho en un furor constitucional. Y ya sabemos lo que pasa cuando al «friki de la clase» se le toca la moral tanto como para que una mañana decida ir a la universidad con un pasamontañas y una bolsa de deporte llena de armas automáticas. Pero digo yo que la culpa es más de que alguien pueda llenar legalmente una bolsa de deportes de armas automáticas que no un programa de televisión donde se trata de comprobar qué rifle de francotirador es más letal (por si no tienes bastante con el Call Of Duty).

Lo justifiques como lo justifiques, decir en público que ves este programa sólo va a conseguir que te inviten a menos fiestas cada año. Claro, que si eres alguien que ha llegado a engancharse a este programa, doy por ello que ya vas a pocas fiestas. Un ejemplo más de que no hemos sabido madurar (como sociedad y como individuos), y que en lugar de hacer y ver documentales donde se estudie el impacto de la deforestación en el Amazonas, estamos más interesados en saber si es más letal la Mafia o la Yakuza. Bueno, también te puedes enganchar a «El Rey de las Tartas», que es un programa mucho más tranquilo. Aunque no te creas, porque una vez tuvieron que hacer una tarta enorme con una gran figura encima que se movía y cuando tenían que hacer la entrega, al sacarlo de la furgoneta, se había roto, y claro imagínate el papelón, allí delante del cliente…

Me avergüenza reconocer que veo DEADLIEST WARRIOR. Pero más vergüenza me da reconocer que me encanta ANCIENT ALIENS.

Sigue a Chema Mansilla en Twitter: @ChemaMansilla

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¡Oh, mírame, estoy haciendo feliz a mucha gente! ¡Qué bien! ¡Soy un hombre mágico! ¡Del pais feliz! ¡De la casa de gominolas de la calle de la piruleta!

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