BATMAN de Scott Snyder y Greg Capullo

Un repaso visceral a una de las etapas recientes del mejor detective del mundo. Y no, no estoy hablando de Shelock Holmes ni de Colombo. Aunque esto ya debería haber quedado claro si habéis leído el título. Porque leéis los títulos, ¿verdad?

Por Javier Marquina.

Hagamos un pequeño ejercicio mental. Imaginemos el punto más húmedo y tétrico de una profunda sima. Allí, envuelto en oscuridad y calcetines acartonados, una mente preclara tiene una idea brillante. Una de esas revelaciones que iluminan tu cerebro con una bombilla incandescente digna de Edison: “Jodamos lo viejo para dejar paso a lo nuevo. Derrumbemos la estructura del mito, cerremos colecciones centenarias e iniciemos nuevas etapas mucho más atractivas para los que han de ser nuestro futuro. No nos preocupemos por la vieja guardia. Están enfermos. Son fanáticos. Y lelos. Nos seguirán hagamos lo que hagamos. Nos vamos a forrar”.

Así nacieron 52 nuevos héroes para 52 nuevas colecciones.

52.

Casi nada.

En realidad, de nuevo no tenían nada. Todo lo que se veía eran reinterpretaciones de justo aquello con lo que se quería acabar. Lavados cosméticos para los mismos conceptos. Cambios nimios. Nada importante. Una revolución comercial sin fondo ideológico, apoyada en la importancia de los mismo pilares sobre los que se sustentaba el antiguo andamiaje. Batman, Superman, Wonder Woman. Los mismos perros con diferentes collares. Cobardía ideológica camuflada en lo estético.

BATMAN

Reconozco que cuando empecé a leer la nueva singladura de las aventuras y desventuras del Hombre Murciélago bajo los (por entonces) prometedores mandos de un Scott Snyder con el pavo subido por American Vampire y que ya había trabajado con el personaje en una etapa anterior y un Greg Capullo en plenitud de facultades y al que siempre había idolatrado, sentí un algo dulce muy parecido a la felicidad. Quizá demasiado influenciado por el dibujo de un artista del que siempre he sido fan, aquellas nuevas aventuras de Bruce Wayne me parecían más de lo mismo pero con un puntito, con un algo que las convertían en ese plato que has probado mil veces y al que decides añadir un nuevo ingrediente. El comienzo del Tribunal de los Búhos me impactó, añadiendo una nueva capa al universo de Gotham que le confería interés y nuevos reflejos a un prisma del que creíamos conocer todas las caras. En lo visual Capullo hacía un despliegue de fuerza respetuosa con el canon superheroico, pero alejada del tufo a clon plano y aburrido con el que nos lancean todos esos visionarios que aspiran a ser Jim Lee en un momento en el que ni Jim Lee debería aspirar a ser Jim Lee.

Por desgracia, la alegría duró poco en la huerta de mi comicteca. El final de la saga de El Tribunal de los Búhos ya tuvo ese aroma impregnado de déjà vu en el que la mecánicas se repiten. Sin embargo, debido a mi entusiasmo inicial, lo achaqué todo al cansancio propio de la edad que nos acosa a nosotros, lo miembros de esa generación en la que el estándar de calidad está situado en lo que consiguió John  Byrne en Los 4 Fantásticos, y a partir de ahí, todo lo que se coloque por debajo, es una auténtica mierda. “Sigamos”, pensé. “Seguro que Snyder ha retrocedido para tomar carrerilla. FIJO”.

El siguiente tomo, La Muerte de la Familia, prometía cambiar de forma radical el panorama del universo batmaniano. Sí. Radical. Total. Completa. Una vez más. Un Joker más terrorífico y enloquecido que nunca prometía poner en jaque los cimientos de la estabilidad del superhéroe, reivindicando ese rol de némesis absoluto y eterno que siempre le ha ido como anillo al dedo. Todo anticipaba una orgía de muerte y destrucción nunca vistas, en el clásico evento tras el universo jamás volvería a ser como antes.

Claro. Ya. Lo nunca visto. Como siempre.

Fue inevitable verse asaltado por una abrumadora sensación de descompresión; de pinchazo en todo lo alto; de globo que se desinfla llenando el aire de un sonido demasiado similar al de una ventosidad silenciosa. Una historia rutinaria en la que no pasa nada. En la que todo queda como antes. En lo que parecía no era. En la que algo no funcionaba. Desilusión, hastía y reafirmación en ese nueva ley no escrita que empieza a imponerse en mis selecciones lectoras: los superhéroes están dejando de ser lo mío. De una manera cada vez más evidente.

¿Qué hacer? Abandonar o seguir por inercia. Dedicar tu tan necesario tiempo a la lectura de obras más enriquecedoras o seguir en la brecha por un mero afán completista de los que te acaban llevando a la ruina y al infierno (en indistinto orden). La opción estaba clara. Mi horas de ocio son oro sagrado. No lo dudé no un segundo. Compré el tomo de Ciudad Secreta, por supuesto. ¿Por quién me habíais tomado? Pulsión, adquisición por impulso, sin un objetivo claro. Ese soy yo. Adicto a esas compras que te hacen sentir sucio, como si estuvieras traicionando tus principios más sagrados. Después de haber sido especialmente beligerante con las obras recientes de Snyder que cada vez prometía más y entregaba menos, seguir financiando sus series parecía crimen de alta traición. La inconsecuencia. La jodida inconsecuencia. El caso es que después de leer el susodicho volumen, debo decir que me sentí confuso. Aquello no era el mojón épico que me esperaba. Aún camuflado con el muy pretencioso Año Zero, el cómic era entretenimiento digno y eficaz. Entretenimiento entretenido. No me lo podía creer. Justo lo que deberíamos pedir a cualquier cómic de superhéroes. Justo lo que la inmensa mayoría de ellos no son capaz de darnos. Estaba anonadado.

Tenía que seguir investigando. Esa sensación de agradable confusión no podía quedar sin una explicación racional. Adquirí el siguiente tomo recopilatorio, Ciudad Oscura, con ansiosa expectación. Ya no podía parar. Quería saber si lo que había pasado en el anterior era un bluff bien construido o un cambio de rumbo consistente, mantenido y firme. Y sí. Hay que joderse. Aquella recreación de un Batman novato y casi juvenil mantenía los parámetros de diversión sin conscuencias del anterior. Grapas fundidas en un libro que te ayuda a pasar el rato, a desconectar, a no pensar en nada. Una vez más, mi navaja se convirtió en sonrisa. Y no porque Snyder destacara con un guion especialmente brillante. Y no porque Capullo se mantuviera con una regularidad abrumadora en cada una de sus viñetas. Yo que sé. Solo quería divertirme. Echarme unas risas. Dejarme llevar. Y fue justo eso lo que ocurrió.

Estaba claro que había renunciado por completo a pisar el pedal de freno. Estaba en una cuesta abajo montado en un coche sin frenos, sin motor y sin chasis. Dejando todos los números de relleno incluidos en Batman: Vigilancia Nocturna aparte, solo me faltaba un número para acabar con la etapa. Sí, lectores. Era de hora de revancha. De cerrarlo todo. De la traca final. El Joker volvía para el fin de ciclo en Batman: Final de Juego, y dados los antecedentes, todo podía pasar. El tormento o el éxtasis.

En realidad, ni una cosa ni otra. O ambas, según la perspectiva. Un Joker mucho menos efectista en lo estético y mucho más terrible en el fondo. No. Snyder no es Alan Moore. Ni lo será nunca. Pero si despojamos de profundidad a una historia que carece de ella, si seleccionamos los elementos que nos interesan y establecemos unos metas y parámetros fácilmente asequibles, resulta que Final de Juego es un broche digno y adecuado para una etapa entretenida que no marcará la historia de un personaje mítico. Excesivamente tramposa, dispersa, vacía… la cantidad de adjetivos peyorativos con la que podemos calificarla podría ser interminable, pero solo si nuestras expectativas tratan de colocarla bajo parámetros de influencia millerianos en cuanto a relevancia. El secreto está en no llevarse a engaño. El Batman de Snyder y Capullo es un Batman palomitero, vacuo, pijamero y saltarín. Un Batman magullado y torturado solo en el exterior. Un Batman mas preocupado de la impactante estética de su siguiente servoarmadura que por la consecuencia real de sus actos. Un Batman efectista más que efectivo, lleno de una trama de humo y espejos que haría eyacular a un trilero. Ese es el truco. Esperar no esperar nada. Sentarse en el sofá, abrirse una cerveza y ponerse la pantuflas de pasar el rato leyendo sin desgastar ningún engranaje neuronal. Intentar verlo de otra manera es causa de decepción asegurada. 

Quizá el problema es intentar trascender a lo metafísico con un género muy dado a la superficialidad posmoderna. Profundo en sus fundamentos y en sus implicaciones filosóficas pero naíf en el argumentario de sus historias. Icónico pero iconoclasta a la vez. Superficial pero con un verdadero trauma por convertirse en algo profundo. Forzado e ignorante de que la verdadera iluminación se alcanza sin buscarla. Sin forzarla al menos. Es jodido violar a las musas. Es preferible dejar que sean ellas las que te busquen a ti para amarte con dulzura. Quizá la tragedia del cómic de superhéroes es tratar de utilizarlo para desentrañar el sentido de la vida, cuando está claro que la vida, como los propios superhéroes, carece completamente  de sentido.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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  1. ¿Mola o no mola? vol LXXXIV. Bendis escribirá Superman. - La Isla de las Cabezas Cortadas

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