CAMALEÓN: Solo el color negro vale.

En Camaleón, el negro trasciende para convertirse en algo opaco, impenetrable. Más allá de los clásicos clichés, el cómic de Carlos García “Perro” es una radiografía de hombres sin rumbo, perdidos, que existen por inercia, arrasados por toda una vida de circunstancias.

Por Javier Marquina.

Pues aquí estoy, resumiendo en tres líneas todo lo que me apetece decir sobre Camaleón. No me lo tomo como una tarea fácil. Qué va. Al revés. Soy imbécil, pero quiero creer que no tanto. Sé que podría estar horas y y horas llenando de palabras la caja de texto de WordPress. No es una cuestión de sencillez. Ni de complejidad. No es que Camaleón no me haya gustado. Todo lo contrario. Me suele pasar con las cosas de La Cúpula y, si sois lectores fieles de mis reseñas, sabéis de sobras que son una de mis editoriales preferidas por múltiples razones. Lo digo y lo repito. No tienen cómic malo. Pueden oscilar entre el material bueno y la obra maestra, pero nada que uno pueda catalogar de “mierda” con dos o tres cervezas en el estómago y hablando cobijado por la intimidad de la conversación de barra de bar. Todo bien. Siempre bien.

Pues eso, que aquí estoy. Oscilando en la delicada tesitura de llorar reclamando un poco de atención o sumir mi inferioridad evidente ante talentos más grandes. Haciendo una síntesis imposible de una obra que merece una tesis.  Mirando por la ventana y suspirando con el corazón roto, expuesto al dolor desolador de mi propia incompetencia. ¿Por qué digo esto? Porque uno se siente pequeño cuando comprueba que todo lo que puede decir, esta dicho de manera mucho más elocuente. La introducción de Hernán Migoya a este tomo que recopila las entregas que Carlos García “Perro” hizo de la serie Camaleón para la mítica revista El Víbora, sintetiza a la perfección todo lo que merece ser contado, resumido y elogiado. Es divertida, acertada y brillante. Es redonda. Mierda.

Haga lo que haga, pierdo en la comparación. Estoy acabado. Yo, que había decidido que mi reseña girara en torno a esa sensación de “fuera de tiempo” que rodea a Camaleón. Ese olor a cómic añejo pero moderno, de los que cambian el panorama y el canon establecido cuando salen. Pero claro, eso ya estaba pillado. Del tema de la serie negra y el blanco y negro glorioso que nos hace pensar en Muñoz y Sampayo (por ejemplo), mejor ni hablar. ¿Para qué? Podría explayarme describiendo la sensación de suciedad y desolación que el autor navarro logra transmitir con su trazo, de la maestría con la que las historias se sugieren mientras quedan flotando sin acabar de definirse y, en un giro final perfecto, nos asestan esa hostia que nos deja sentados, boquiabiertos, sin palabras. PERO. Exacto. Eso también viene en la jodida introducción del jodido (y admirado) Migoya.

Maldición. ¿Qué me queda?

Nada.

Rendirme.

Asumir la derrota.

Recomendar Camaleón como lo que es, guardar el archivo e irme a llorar humillado. Aplastado por lo obvio.

Quizá debería tratar de comunicar la importancia que reeditar y recuperar materiales como este tienen para las nuevas generaciones de lectores. Esa sensación de oportunidad recuperada que aparece ante tus ojos y te permite leer, entre la veneración y el asombro, páginas no tan antiguas que rezuman tinta de clásico. Pocas veces tiene uno la ocasión de sentirse parte de una historia viva, moderna, pero casi olvidada, ejerciendo una especie de arqueología de la cuatricomía y desenterrando joyas de una época cruel que fagocito enormes talentos sin ningún tipo de misericordia. Es curioso como el mismo desengaño cínico y frío que respira el personaje acaba trascendiendo de la página en sí, impregnando la realidad que rodea al creador y dándole un aura mítica, casi mágica, que transforma al propio autor en un molde que podemos deformar para extraer al personaje, ese arquetipo follador, duro y trágico que malvive su vida con una resignación tan cobarde como irrompible.

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Acerca de Javier Marquina 250 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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