CLIMAX: Bailar en el infierno.

La película ganadora del reciente Festival de Sitges, firmada por l’enfant terrible argentino afincado en París, Gaspar Noé, va más allá de un simple film. Esta, rompe la barrera que supone la pantalla y te atrapa, te engulle desde los frenéticos primeros segundos y no te suelta, te escupe al final, exhausto. Una experiencia sensorial, visual y auditiva que solo debes vivir si estas preparado para ello. O aunque no lo estés. ¡Qué más da! Súbete a la locura y desciende al infierno. Esto es Climax. Estás avisado.

Por Ramonet Daví

Acostumbrados estamos a las provocaciones del director argentino. Si habéis visto sus films anteriores, ya sabréis como se las gasta, el menda. Adentrarse en el mundo de Noé es cruzar una puerta hacia las emociones más primitivas. Algunos dirán que esa puerta ya no encierra nada nuevo y que el director recurre a las mismas temáticas, pero por mucho que conozcamos su filmografía el viaje siempre es distinto. Y Climax no es para nada una excepción. Al contrario, es el exprimir ese viaje hacia límites peligrosos. Como en los aviones, no iría mal encontrar bajo la butaca del cine una mascarilla de oxígeno para chutarse de vez en cuando una ráfaga de aire que le de unos segundos de paz a la taquicardia cinematográfica a la que uno se expone.

A priori, como afirma el director, esta historia está basada en hechos reales, que acontecieron en Francia a finales de los noventa. Todo el film relata la fiesta que dieron los protagonistas, bailarines de danza urbana, después de varios días ensayando una obra en un caserón perdido en medio de un bosque. Luces de neón, música electrónica, canapés y…una sangría en la que parece que alguien, en secreto, ha echado LSD como para drogar a todo Woodstock 2 veces.

Al comprar la entrada para el film, estás pagando la entrada a esa fiesta en la que van a escucharse a todo volumen, temazos de Cerrone, Daft Punk, Giorgio Moroder, Aphex Twin, Soft Cell, entre otros . Simple y raso, Noé pretende llevarnos de la manita a la party loca y ofrecernos también un par de copas de esa sangría envenenada. Y no se te ocurra dejarte ni una gotita.

Dividida en dos claras partes, la película conduce nuestra mente hacia las distintas fases que a uno puede provocarle los efectos de una droga alucinógena. En una primera parte del film, la todavía consciente, formamos parte del jolgorio, la alegría, la desinhibición, el puro desenfreno. En ella, vamos a ser espectadores del enorme talento de los bailarines que conforman el elenco de actores noveles del film. A través de largas coreografías, rodadas magistralmente con planos hipnóticos, iremos conociendo a los personajes. En ese primer estadio de la droga, todo parece ir de maravilla. Conversaciones irreverentes, apuestas sexuales y romper la pista a base de power move, popping, hiphop y demás estilos de baile urbano.

En una segunda parte, introducida de forma sublime por unos inesperados títulos de crédito al más puro estilo videoclip, el inconsciente se apodera de todo. La droga está en su climax y aunque algunos de los bailarines se percatan que algo raro está pasando con la bebida, ya no hay marcha atrás. Ese elixir que han tomado se ha apoderado por completo de sus cerebros y les ha abierto las puertas de la percepción. A partir de ese momento, el film se sumerge en un espiral asfixiante de confusión, miedo, gritos, sangre, terror, pasiones desenfrenadas, paranoia y bailes demoníacos.

Advertencia: No olvidéis que con la entrada al cine también venía el chupitito triposo marca de la casa Noé… así que si decides no moverte de la butaca, te va a tocar sufrir.

Más allá de la trama y de la propia película, lo positivo de la experiencia como espectador es formar parte del terrorífico decorado de ese viejo caserón, que se transforma en el mismísimo infierno. Estéticamente impecable, con un montaje frenético, planos cenitales, primerísimos primeros planos, largos planos secuencia y movimientos imposibles de cámara que nos hacen recorrer la casa donde transcurre la acción, Gaspar Noé transforma y retuerce, una vez más, la experiencia fílmica y nos ofrece una bandeja para que dejemos allí nuestros vicios de espectador convencional que espera solamente comerse unas palomitas y irse a casita como si nada.

Climax te despoja de tu ropa y te folla el cerebro. A pelo. Como cantos de sirena que envenenan al marinero, te arrastra hacia ella para atarte de manos y pies a la butaca. Te mastica, te escupe y te deja en el suelo, lleno de babas. Además, no se corta un pelo al exponer a juicio de la moral de cada uno temas como el machismo, el racismo, el aborto, la homosexualidad, el patriotismo, la vida o la muerte. Irreverente como el solo. Un claro exponente del…’mejor que hablen de mi, aunque sea para criticarme’.

Huyendo de los cánones convencionales de la narrativa clásica, el trance cinematográfico de Clímax convence y afianza más, si cabe, la figura de uno de los mejores directores del cine actual. Si estas dispuesto a bailar al son de la película, vas a gozar como un maldito animal. El cine de autor llevado a lo más alto. Conservando sus tics y añadiendo otros. La capacidad de orquestar algo cuidado al más mínimo detalle, pero que a la vez se nutre de la propia improvisación que definen al baile urbano y a la psicodelia cerebral de la droga.

Una experiencia diferente.

Adrenalina visual.

Bailar en el infierno.

Sigue a La Isla de las Cabezas Cortadas en Twitter y en Facebook.

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*


Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.