EL PRÍNCIPE Y LA MODISTA

2018 está siendo un año de tebeos espectacular. Está siendo la leche. Solo hay que fijarse en ‘El Príncipe y la Modista’ editado por Sapistri. Un cómic que es, para mí, uno de los mejores del año. Junto con ‘Lo que más me gusta son los monstruos’. Un cómic que es mucho más de lo que parece, y eso que solo con su deliciosa apariencia ya debería ser mucho más que suficiente. Un ejemplo de talento femenino inigualable. En realidad, un ejemplo de talento supremo. Talento puro. Del que no entiende de sexos o razas. Talento espectacular y sin paliativos. Talento. Punto.

Por Javier Marquina.

Nunca digas de este agua no beberé. Ni este cura no es mi padre. Ni cualquier otro añadido soez para redundar en la idea. El nunca jamás no existe. Sentenciar te asegura la contradicción inevitable. El “yo nunca” se transforma de forma instantánea en un “mañana mismo lo hago”. Creerte invencible te convierte al instante en ridículo.

EL PRÍNCIPE Y LA MODISTAEs conocida mi nula empatía hacia lo que podríamos denominar “fenómeno cuqui” en el tebeo. Los cómics con ese aspecto blandito y entrañable no me llaman la atención. No entran nunca dentro de ese radar o sexto sentido que conduce tu mirada como un imán hacia lo que quieres comprar. Soy más de géneros poco dados a esa confortable sensación de romanticismo rosáceo. Soy más de sangre, sexo mórbido, enajenación, destrucción y vísceras salpicando en medio de grandes cañones de rayos láser. Por ejemplo. Podríamos decir que soy un cafre y un bestia, y eso se refleja en la gama cultural que suelo consumir con preferencia. Gore antes que kawaii.

Dicho esto, es fácil entender que El Príncipe y la Modista tenía pocos números de acabar en un lugar destacado de mi biblioteca privada. O en ningún lugar de la misma, más bien. La portada indicaba de forma inapelable que aquello no era para mí. Una pareja que se mira acaramelada con un halo de Cenicienta rodeándolo todo. Amor. Colores pastel. Lo dicho. Aquello no era para mí.

Sin embargo, tengo la insana costumbre de hacer caso a las recomendaciones de un grupo de elegidos cuyo criterio es LEY para mí. Les sigo allá donde vayan. Leo lo que ellos me dicen que merece la pena leer. Les hago caso porque saben más que yo, y dicen que eso es síntoma de cosas buenas pasando en tu cerebro. Todos ellos aseguraban que el tebeo de Jen Wang era cosa buena y no suelen equivocarse nunca, así que no tuve más remedio que caer.

Afortunadamente.

Porque detrás de un arte espectacular, delicioso, detrás de esa portada que podría haber sido decorada con purpurina, gominolas y cupcakes, se encuentra una de esas historias profundas, emocionantes, intensas y reveladoras. Todo un viaje hacia el descubrimiento de la propia identidad tanto sexual como personal. Un memorándum que te enseña a luchar por tu sueños. Una batalla contra esa estúpida pretensión surgida de nuestros progenitores que intenta que seamos lo que ellos nunca consiguieron ser. Los hijos como barro con el que moldear y reparar los propios errores. Aunque eso no nos guste. Una bofetada a todo lo que supone los continuos “eso no te va a dar para vivir” que muchos tienen que escuchar cuando plantean a sus padres sus verdaderas ansias de futuro.

El Príncipe y la Modista es también un canto al amor, a la amistad, a la familia como apoyo último. Esa misma que trata de imponer su criterio pero que acaba siendo un puntal incondicional e inestimable aún cuando nuestras locuras nos conducen a estrellarnos sin remedio contra una realidad que hay que vencer a base de cabezazos. Y todo ello, como he dicho, ilustrado con un talento superlativo, con una clase y una delicadeza que te roban el corazón aunque esté hecho de piedra, hielo y hierro. Uno de los cómics del año por su mensaje, por su arte y por la promesa de una de esas autoras a las que tendremos que seguir hagan lo que hagan.

(Para aquellos a los que, como yo, este cómic os robe el corazón, podéis disfrutar de otro cómic ilustrado por Jen Wang: En la vida real, editado también por Sapistri.)

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Acerca de Javier Marquina 252 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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