Freak like me. Pero seguro que no soy la única

Pequeños detalles, muy variables de un lector a otro, y ciertamente variopintos son los que atraen toda nuestra atención hacia un título concreto y nos empujan a meternos de lleno en una determinada historia con la que hemos comenzado empatizando simplemente por tal circunstancia. Porque por casualidades de la vida, lo que circunstancialmente y de primer momento nos atrae de forma irresistible, nos lleva a descubrir una obra a la que, a lo mejor, no hubiéramos prestado atención, pero que nos acaba satisfaciendo en todos los sentidos.

Por Cristina Hombrados

El refranero popular es sabio: la cabra siempre tira al monte. Es cierto, es inevitable. Desde coincidencias rayantes a lo absurdo con alguna circunstancia personal, hasta nombres que nos recuerdan a alguien, pasando por experiencias de una similitud cuanto menos curiosa, no nos faltan motivos para encontrar puntos de conexión con nuestras lecturas. Como lo es sentir inmediata simpatía por personajes con tus mismos gustos o afinidades, con las que descubres que tienes algo en común. O con las que compartes profesión.

Por deformación profesional no solo conoces información tan poco útil para el día a día como que San Benito de Nursia es el patrón de los archiveros, dato comprensiblemente obviable para el resto de la humanidad, sino que permaneces de forma inconsciente ojo avizor para localizar en las viñetas cualquier tipo de referencia que te evoque tu puesto de trabajo o a tus colegas de profesión.

Qué ilusión ver pasearse por una viñeta a un personaje de tu gremio. Porque no suele ser lo habitual. Un archivero o un bibliotecario no es tan socorrido como un profesional de la salud, tan glamuroso como un abogado, tan interesante como un periodista ni de lejos tan atractivo para desarrollar una trepidante trama de acción como cualquier miembro de las fuerzas del seguridad. No, la verdad es que no dan tanto juego con sus tareas tan aparentemente aburridas, monótonas y carentes de relevancia. O eso podéis llegar a creer. Pero no, no os preocupéis, que no os voy a dar un sermón sobre la importancia de realizar bien tu trabajo para que la trazabilidad documental deje su huella y no dé lugar a equívocos sobre si se han seguido los pasos administrativos adecuados en un trámite o seáis capaces de acceder a la información oportuna en todo momento acudiendo a la institución u organismo adecuado que la alberga y custodia.

SEX CRIMINALSTan contenta como unas pascuas te pones cuando conoces al carismático bibliotecario creado por David Rubín y Matt Kindt para Ether (publicado en Dark Horse y en nuestro país por Astiberri). Malo, maloso, bien alejado del estereotipo de género, apariencia y formas que habita en el imaginario colectivo (señora mayor de moño y gafas, expresión adusta e índice pegado a los labios en un eterno gesto de ordenar silencio), dueño y señor de una riquísima biblioteca en la que os aseguro que no me importaría quedarme una noche encerrada. Si ya de por sí adoras Ether y todo su imaginario, con este detalle no puedes más que amar un poquito más si es posible a sus autores.

Algo parecido me pasó con Suzie, la protagonista de Sex Criminals, el tebeo que Matt Fraction y ese canadiense de apellido impronunciable, Chip Zdarsky, comenzaron a publicar en Image allá por septiembre de 2013. A nuestro país está llegando de la mano de Astiberri en forma de volúmenes que reúnen 5 números de los americanos, en donde está a punto de salir el número 23. Y es que me siento muy identificada con ella, con Suzie. Los que ya habéis leído la contraportada o, en el mejor de los casos, el tebeo, sabréis que Suzie y Jon tienen un don: cuando alcanzan el orgasmo (lo suelen hacer al unísono y ese no es el don, aunque de primeras sí lo parezca), el tiempo se detiene para el resto de mortales pero no para ellos. Pero no, no van por allí los tiros. Si he conectado con Suzie es por nuestro común amor a los libros. Al igual que ella, los adoro y haría cualquier cosa por ellos. Y sí, lo confieso, los libros han protagonizado mis fantasías desde que era bien pequeña.

Pues sí, efectivamente, ese detalle tan tonto hizo que el primer volumen de Sex Criminals acabará en mi poder. A raíz de Suzie, me he metido de lleno en esta lucha por salvar una  biblioteca y todos sus libros aprovechando las circunstancias y los dones tan particulares de sus protagonistas y en la compleja historia de amor (y cuál no lo acaba siendo en la vida real, ¿no?) entre dos personas que se sienten diferentes al resto, entre cuyos brazos y altibajos, encuentran la tan ansiada comprensión que les niega el entorno. Me fascinan sus personajes, Suzie y Jon, pero también sus secundarios. Como Rachel, esa chica cuya bien merecida fama en el instituto le precede por conocer todos los detalles de ese tema tabú llamado sexo que, con los años, acaba convirtiéndose en tu mejor amiga. O como ese ginecólogo tan bien plantado que durante una exploración te instruye sobre los diferentes medios anticonceptivos que hay a tu alcance. Y qué decir de la Policía del Sexo, ese enigmático cuerpo de seguridad que comparte esos dones y a los que hay que tomar a la ligera. Y también ese limbo, la llamada Calma o Lefalandia según a quién preguntes, ese paréntesis en el tiempo en el que caen Suzie y Jon (y algún que otro personaje más) y en el que transcurre buena parte de la narración. Las interpelaciones al lector por parte de los protagonistas y la arquitectura de los diálogos, así como ese humor que se desprende de las situaciones y conversaciones, no hacen más que añadir otro atractivo a la trama: dar trascendencia a una historia a priori sin grandes pretensiones por cómo nos la cuentan Fraction y Zdarsky.

Prometo continuar como hasta ahora siguiéndoles la pista a Suzie y a Jon, porque ya es el conjunto de factores lo que en estos momentos tiene captada mi atención.

 

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