I HATE FAIRYLAND. I love Gertrude.

Las autoridades sanitarias advierten que leer este cómic puede ser perjudicial para la salud mental. Debido a su contenido altamente agresivo se recomienda mantener fuera del alcance de los niños.

Por Teresa Domingo.

“Érase una vez una niña que se llamaba Gertrude que deseaba ser llevada a un mundo de fantasía, magia, risas y alegría. Afortunadamente para Gertrude algunos deseos se vuelven realidad”. Exactamente con estas palabras comienza uno de los cómics en publicación que más molan en este momento. El claro ejemplo de que hay que tener cuidado con lo que se desea.

Todo comienza cuando un agujero negro absorbe a Gertrude desde su habitación y la hace caer, literalmente de bruces, en el País de las Hadas. Conforme ves levantarse a esta adorable niñita totalmente magullada, con los piños rotos y sus verdes y perfectos tirabuzones al retortero, sabes lo que tienes entre manos. Una suerte de happy horror repleta de salidas de tono extremas y mucha, mucha violencia explícita.

A lo largo del primer volumen ya asistimos a lo que parecía algo tan fácil como seguir las indicaciones de un mapa hasta conseguir una llave que la devolviese a casa, en manos de Gert, se convierte en 30 años de calvario, dando vueltas por Fairyland y arrasando con cualquier criatura, cuanto más mona, mejor, que se ponga por delante. Da gusto ver cómo la pequeña Gertrude suelta sapos, culebras y fostias a diestro siniestro con todo tipo de armas gigantes, hasta los fuevos del futo país. Una locura de periplo en compañía de un Pepito Grillo marginal, donde cualquier idea macabra que se haya pasado por tu mente se hará realidad.

La Reina Cloudia (aquí se ha traducido como Nubela, y esto de las traducciones es algo sobre lo que volveremos luego), harta de ver mermada la población de su reino durante años ha dado orden de matarla. Vía libre para que Gert se defienda con uñas, dientes, hachas y cañones, hasta que, en un nuevo giro absurdo de los acontecimientos, la pequeña destructora se ve nombrada Reina de Fairyland.

El segundo tomo, que ya lleva unos meses en nuestras tiendas, comienza con el primer año de reinado de Gertrude, que tiene una forma muy particular de gestionar sus tareas. Cualquier acto social en el que se ve envuelta acaba como el rosario de la aurora. Por suerte para ella existe una comisión que la releva del cargo y permite que deambule de nuevo por Fairyland buscando la forma de marcharse a su futa casa. Más desventuras, más desvaríos y más destrucción en un tomo de transición, que no aporta nada relevante pero que se disfruta a carcajadas de principio a fin.

Y es que la historia parece que no da para mucho más, pero Skottie Young tiene ocurrencias violentas para dar y tomar, y ver a Gertrude repartiendo candela es de las cosas más divertidas que te puedes echar ahora mismo a los ojos. El estilo cartoon, de personajes cabezones y desproporcionados, tan característico de Young (es imposible no enamorarse de los Little Marvel o no tener en un altar esa maravilla de saga de El Mago de Oz), explota al máximo el contraste entre un mundo tan mono y la carnicería vikinga constante en la que vive nuestra macabra protagonista. El cuidado que pone Young en trazar cada salvajada que inflige y recibe Gert, y sus impactantes resultados, demuestra lo bien que se lo pasa con su creación y eso se transmite. Ya no sólo la diversión supone dibujar (y ver) a una niñita empuñando hachas y pistolones tres veces más grandes que ella mientras lo revienta todo y a todos poseída por la violencia, sino el nivel de detalle y, por ende, de ensañamiento del resultado: ojos morados, dientes rotos, sesos desparramados, decapitaciones, miembros amputados volando y sangre salpicando por doquier… todo muy asqueroso, pero terriblemente adorable.

La edición española está de lujo y el papel satinado favorece los colores saturados y brillantes de Jean-François Beaulieu, que es capaz de hacer de un dibujo infantil (obviando la carnicería) uno mucho más trabajado, con luces y sombras que lo dotan de profundidad y lo alejan del colorido plano que suele tener este tipo de producto. Aquí se ensañan todos.

La única pega, como decía antes, a pesar de que la traducción es buena y consigue recrear la mayoría de juegos de palabras, los chascarrillos y parodias lingüísticas, los títulos de los capítulos y, sobre todo, los particulares insultos y tacos de Gert, pierden bastante si comparas con la versión original.

Pero da igual el idioma en el que te lo leas o el formato que elijas. I hate Fairyland lo mola todo y tiene todos los fodidos ingredientes para seguir triunfando unos cuantos tomos más.

 

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Acerca de Teresa Domingo 179 Articles
Si es creepy, es para mí.

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