MEMORIAS DE UN LECTOR ENFERMIZO VOL. III

El año pasado se publicaron en España unos 3500 cómics. Lo que podría parecer el sueño de cualquier seguidor y lector, se convierte en pesadilla para el coleccionista compulsivo que, como yo, sufre de trastornos psicopáticos de compras. Quieres leerlo todo. Y no llegas. Así que estás obligado a seleccionar y esperar haber acertado.

Por Javier Marquina.

Miras el teclado del ordenador y piensas: “necesito comprar tiempo”. De alguna manera. De alguna forma. Necesito días que duren 53 horas. O dedicarme solo a esto. O ser un jodido millonario. Yo qué sé. Algo. Es imposible reseñar todo lo que leo. Atender todos los compromisos. Leer todo lo pendiente. Vivir. Todo ello unido a la fatiga de escribir miles de palabras a la semana. Sin parar. Como un ser anclado a un portátil que vomita letras con la cadencia de una ametralladora.

¿Qué hacer? Adaptarse o morir. Cambiar la dinámica. La rutina. Mirar al futuro con una perspectiva diferente. Hacer reseñas comunes. Aprovechar el espacio. No morir en el intento. Son tantas las opciones y los deberes que son casi imposibles de asumir. Pero hay que hacerlo, porque la alternativa es peor. Mas empinada. Casi impensable. Aunque, por supuesto, nunca imposible. Así que un día decides crear una especie de subsección y lanzarte a escribir un diario de lecturas. Además, puedes aprovechar tu fanática y casi imposible misión emprendida en Instagram que consiste en leer un cómic al día. No hay mal que por bien no venga. En este caso, 4 bienes que no me han venido nada mal.

Comenzamos

AARONLOS MALDITOS. Libro primero. ANTES DEL DILUVIO

Venga, Aaron.

Joder.

Dame tregua.

No me hagas esto. No sigas escribiendo así. No me hagas sentir como un imbécil, como un inútil. No hagas los cómics que yo sueño hacer y nunca consigo trasladar al papel. No moles tanto. Deja de ser un puto genio. Afloja. Decelera. ¡Para!

Porque… ¿cómo lo haces? No entiendo cómo lo consigues. Cómo llegas a ese punto de profundidad desesperada, de aspereza, de cruda e inmisericorde crueldad. Me alucina tu capacidad para llegar a la médula del alma y desmenuzarla en personajes que unen miseria y grandeza en una mezcla obligada por la circunstancias creadas por un mundo lleno de hijos de puta. La violencia sistemática. El dolor que se puede palpar en cada página. El arte de ese genio indiscutible que es r.m. Guéra, maestro de la fealdad hecha impacto, de la belleza de lo grotesco, de la textura palpable de la deformidad y la cicatriz. Guéra, cuyos dibujos destilan sangre y sexo y realidad pastosa en un cóctel en el que nos conduce por un parque temático antediluviano  donde la humanidad es hija de un Dios mutado construido con orina y mierda, cruel en la ignorancia profunda y ausente que nos profesa.

Venga, Aaron.

Joder.

No seas así. Deja de crear colecciones para el recuerdo de las que se es imposible escapar. Deja de colaborar con maestros del arte gráfico. Deja de escribir cómics memorables. Deja de regalarnos maravilla a todos.

EL REY ARAÑA

A lo largo de la trayectoria como escupidor y reseñista en el mundo del cómic, uno se da cuenta de dónde se encuentran las cosas que realmente merecen la pena. La primordial, sin duda, es la de conocer gente afín y maravillosa que destila una pasión superior a la tuya por este mundo muchas veces ingrato pero siempre apasionante que llamamos tebeo.

La gente de Grafito Editorial es de ese tipo de gente. Gente con proyecto y que cree en lo que hace. Gente que busca cosas que publicar tanto a nivel nacional como extranjero. Gente que hace cómics por le gustan los cómics. Y eso se nota. Y se nota, precisamente, en los cómics que publican. Lo sé, lo sé. Esto suena a perogrullada de las mías, pero es la pura verdad. Y este El Rey Araña es una prueba fehaciente de ello.

Editado con el primor y el cuidado de siempre, a uno le acosan mil preguntas cuando lo acaba totalmente arrobado por la sorpresa. ¿De dónde ha salido? Ni idea. ¿Quiénes son los autores? Pues tampoco lo sé. Lo único que puede decir es que me ha encantado. Mucho.. Y era algo que se veía venir con las previas. Sobre todo la parte gráfica a cargo del italiano Simone D’Armini, que conjuga con brillantez todas las cosas que me molan para plasmarlas en un batiburillo demencial, ágil y lleno de acción lleno de vikingos, alienígenas y zombies. Una mezcla de Brave con Mars Attacks, Beowulf, Paul y La Invasión de los Ultracuerpos. La cabeza del guionista Josh Vann debe de ser un lugar divertido. Lo digo por experiencia.

Lo dicho. D’Armino me parece un dibujante brillante del que espero saber mucho más más muy pronto, porque lo mío con él ha sido amor a primera vista. Qué más se puede pedir… Bueno sí. Yo lo sé. Una continuación a esto. Con urgencia.

YA.

LOS ASESINATOS DEL LUNES NEGRO: Vol I.

No pasamos por el mejor momento. Ya lo sabes. Hace tiempo que cuando te veo no siento ese hormigueo juvenil tan placentero. Tu nombre en la portada ha comenzado a ser sinónimo de sagas eternas, tomos esporádicos y un esfuerzo creciente para intentar seguir tus tramas y recordar las caras de todos tus personajes. Es el síndrome de Los Muertos Vivientes. Una enfermedad mortal que asola muchas colecciones del cómic americano. Una patología que te impide cerrar las historias en un tiempo prudencial y te obliga a estirarlas hasta lo imposible. Hasta la muerte.

Más de una vez he pensado que lo nuestro se ha acabado, Jonathan, pero por los viejos buenos tiempos decidí darte una oportunidad más. Y ahora estoy jodido. Porque lo has vuelto a hacer. Me has vuelto a enganchar. Me has vuelto a ofrecer esas dosis medidas de críptico misterio en una serie que aúna economía y misas negras; conspiración y satanismo. Que Wall Street era el mismo Belcebú era algo que ya sabíamos, pero me ha parecido fascinante la recreación que haces del misterio matemático mismo presente en todo modelo económico, conjugándolo con un medido y preciso diseño de portada, contenido e interiores. Apoyado por el arte de Tomm Coker habéis conseguido crear una sensación homogénea, de conjunto, una obra que funciona como un todo sólido. Y lo más sorprendente, Jonathan, es que lo has hecho dándonos retazos, vistazos rápidos, pistas escritas en un idioma que muy pocos entienden. Un idioma creado antes del hombre por aquellos que moran en la oscuridad. Y aún más. Lo mejor de todo. Has conseguido hacer que funcione. Que enganche. Que apasione. Que te posea.

Me dicen que planeas cerrarlo esta colección en no más de tres tomos. Si sigues haciéndome esto, no voy a ser capaz de dejarte…

SLAM!

La mejor manera de aprobar el Test de Bechdel es hacer que todas tus protagonistas sean femeninas. Es un método infalible para conseguir que tu tebeo carezca (en apariencia) de toda traza de machismo. Es una medida afortunada y necesaria que sirve de contrapeso para todos esos productos plagados de rudos hombretones en los que las mujeres son meros adornos en un árbol de Navidad cargado de testosterona.

Slam! se une a la cada vez más frecuente moda de cómics protagonizados por féminas y que, en apariencia, van dirigidos hacia féminas. Digo en apariencia porque me revienta profundamente toda esa gilipollez del público objetivo, el marketing y los estratos, y creo que las cosas, cuando molan, molan para todo el mundo. Y Slam! mola. Mola por la sencillez de su argumento, por la universalidad de los temas que trata y por lo agradable de su lectura. No es un trabajo que va pasar a la historia imperecedera del mundo del cómic, pero tampoco pretende jugar en esa liga. Ni falta que le hace.

Slam! huele a lo que cuenta. A Ribon, Fish y Peer tomando unas cervezas en un bar mientras se cuentan su semana. A amigas que se juntan para explicarnos una historia que les apetece explicar y, en el proceso, pasárselo muy bien haciéndolo. Ni más ni menos. Tan intrascendente como divertida, es fácil sentirse cercano a las protagonistas de este pequeño relato de amistad y patines, más que nada porque, como decía antes, a todos nos han pasado cosas parecidas en algún momento de nuestra vida tengamos lo que tengamos entre las piernas. Y esa es la magia verdadera de esto. Disfrutar. Pasárselo bien. Llegar a conectar con tu lector. Sonreír o llorar con las protagonistas. Y aún mejor. Hacerlo aunque no tengas nada que ver con ellas. Aunque no compartas sexo, estatus social, raza o religión. Aunque seamos tan diferentes como el proverbial huevo y la jodida castaña. Ahí reside la grandeza real de los buenos cómics, de las buenas películas, de los buenos libros, de los buenos discos, de la buena mierda.

Público objetivo, mis cojones.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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