OBSCENIDAD: A la cárcel por la vagina.

Un buen día, te levantas y decides que quieres tener un kayak con la forma de tu coño. Lo escaneas (el coño), llevas el modelo digital a una impresora en 3D, construyes el singular navío y para comprobar sus dotes de flotación te das un plácido paseo por el río. Después, como vives en Japón, acabas en la cárcel. Bienvenidos a la tragicómica historia de Rokudenashiko.

Por Javier Marquina.

Manko. Lo que nosotros llamamos chichi. Chocho. Chona. Conejo. Toto. Higo. Higa. Figa. Almeja. Chirla. Chumino. Potorro. Coño. Coño. Coño. COÑO. COÑO.

Una palabra. Una simple palabra. Una de las múltiples maneras que tenemos para denominar el órgano genital femenino. Algo usado por los españoles con ubicuidad y soltura, como complemento a casi cualquier expresión. Una palabra que, en Japón, es sinónimo de algo obsceno, vergonzante y prohibido. Tanto, que casi nadie la pronuncia en voz alta en público, ya que se considera deshonroso y de muy mal gusto. Manko. Cinco letras que conforman un tabú tan poderoso y arraigado en la sociedad nipona que te puede llevar a la cárcel.

ObscenidadRokudenashiko, nombre artístico de la mangaka y artista Megumi Igarashi, se ha convertido en todo un estandarte en la lucha por la normalización de este vocablo prohibido y la igualdad entre hombres y mujeres que se infiere de la misma. Incapaz de comprender el halo de repugnancia y mal gusto que envuelve una simple palabra, utiliza su arte para reivindicar la validez de un concepto tan extendido como natural. Un órgano que poseen todos aquellos seres humanos que nacen con cromosomas XX. La vulva, la vagina, el útero, los genitales femeninos. Es curioso como en Obscenidad se establece una relación causa efecto entre lo vaginal y lo oculto, lo prohibido. Los hombres, debido a la disposición prominente de nuestras gónadas, poseemos un conocimiento visual detallado de las mismas sin necesidad de espejos o posturas. Están ahí. Siempre. Colgando entre nuestras piernas como un recordatorio de nuestra masculinidad. La entrada a la vagina, sin embargo, requiere de un acto deliberado, de un ejercicio de exploración consciente que lo convierte en algo oculto, secreto. Muchas mujeres viven sin saber que forma real que tiene su coño, y es a partir de esta reflexión sobre la que Rokudaneshiko construye un discurso que comienza tomando moldes en escayola de su manko, continúa con la transformación de dichos moldes en objetos artísticos a través de la decoración o usándolos como base para diversos dioramas, prosigue con talleres para otras mujeres en las que todas toman el molde de su coño y lo decoran después, y culmina con la campaña de crowdfunding con la que se financió la construcción del famoso kayak-vulva. A partir de ahí, un periplo surrealista en el que se la acusa de “traficar” con el modelado en tres dimensiones de sus genitales y, por tanto, de un delito que en Japón puede llevarte al talego cual criminal depravado.

Obscenidad (editado en España por Astiberri) es el relato detallado de los días que Megumi Igarashi pasa en el calabozo (en Japón puedes pasar retenido hasta 23 días sin juicio ni vista previa a merced de la policía), y sirve también como fotografía de un sistema penal y policial basado en la disciplina draconiana que busca la anulación del individuo y, a la larga, la confesión de crímenes que quizá no haya cometido. A través del humor y de los datos antropológicos acerca de la sociedad japonesa, Rokudaneshiko describe una realidad terrible y actual, en la que el papel de la mujer queda representado por una palabra. Misógina e hipócrita, la nipona es una sociedad capaz de venderte bragas usadas enlatadas para el disfrute de los olisqueadores mientras pixela genitales en sus películas porno. Apuntado de forma directa a esos contrastes entre la rigidez decimonónica de sus cánones morales y la degradación real de esa misma moral a la que tratan de proteger, este manga se convierte en un manifiesto, en un alegato fundado en la normalidad, en la naturalidad y en la desmitificación del sexo, mientras denuncia de manera explícita el maltrato que se sufre a diario en los calabozos de las comisarías japonesas.

Aunque pueda parecer sorprendente, lo de acabar con tus huesos en la cárcel por reivindicar la validez de un concepto vaginal no nos es tan ajeno como podría parecernos en un principio. España es un país en el que te pueden denunciar por defecar metafóricamente en el altísimo (quede aquí constancia del profundo asco que genera en mí el personaje creado a partir de Willy Toledo y, a la vez, el absoluto rechazo, incomprensión y rabia que siento ante el proceso de criminalización de algo tan vulgar, tan común y tan carpetovetónico como el cagarse en Dios y en la santísima Virgen, y que esto, incomprensiblemente, te acabe llevando a declarar ante un juez). Se está imponiendo un nuevo orden social basado en la pulcritud extrema que puede fácilmente desembocar en detenciones en masa cada vez que alguien diga “coño” o “cojones”. ¡Y cuidado! Es una carretera de dos sentidos donde la censura es el único elemento común. Los guardianes de la corrección política de hoy son los señores grises armados con rotulador y tijera que decidieron que el incesto era más aceptable que la infidelidad en Mogambo. Los que te escupen y denigran por hacer chistes de las desgracias para desmitificarlas y exorcizarlas acaban pareciéndose a los que se santiguan cada vez  que alguien, de manera figurada, evacua sus deposiciones sobre la imagen antropomorfizada de un concepto filosófico no demostrable. Las hogueras son hogueras, y frente a las ramas secas todos ardemos igual de mal.

Al final, con tantas reglas, tanta moral, tanta corrección política, tantos límites y tanta estupidez, podemos acabar todos en la trena por hacernos un monopatín con la forma de nuestro falo o un bolso de prêt-à-porter que reproduzca de manera fiel la silueta de nuestra vagina. Y eso es lo verdaderamente inadmisible. ¡COÑO YA!

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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