PARADISE PD: Más rápido, más alto, más bestia.

Y justo cuando creías que la animación para adultos ya había alcanzado sus cotas más elevadas de gamberrismo cafre, molesto, inapropiado y bestia, llega una nueva serie de NETFLIX para robarte el corazón.

Por Javier Marquina.

Puede que huela a serie para personas mayores típica. Puede incluso que lo sea. Sin embargo, hay algo en Paradise PD que me ha hecho reír de verdad. Una de esas risas que sueltas en el tren, con público, alejado de la seguridad del salón de tu casa, ese lugar en el que puedes practicar el humor más negro, racista, incendiario, chovinista, homófobo, misógino y misántropo sin riesgo a ser linchado por las hordas censoras de lo políticamente correcto.

El mecanismo fue simple. Uno de los integrantes de este departamento de policía desastroso y salvaje se disfraza de perro gigante para dar una charla educativa sobre los abusos a menores en un colegio de tierno infantes. Lo que debería haber sido una clase sobre los riesgos de hablar con desconocidos y las precauciones que todos deben tomar para evitar este execrable acto contra la niñez, acaba convertido en una canción delirante llena de sexo impropio, acusaciones globales y miedo. Justo todo eso que actualmente es utilizado de manera sistemática por los próceres de este nuevo y repugnante puritanismo que nos asola. Una causa noble y necesaria que acaba convertida en un chiste de muy mal gusto cuando se lleva al extremo del disparate. Un golpe genial de los guionistas con el que todos podemos establecer paralelismos actuales y, sobre todo, muy tristes.

Party hard.

Y es que Paradise PD es un exceso consciente, desmedido. Es un exceso del exceso. Un ataque continuo y demoledor contra todo lo correcto lleno de violencia, sexo sucio y escatología. Y nada se salva. Ni la religión, ni la política, ni la orientación sexual, ni la legalidad vigente. De la gerontofilia a la apología de las drogas. De la lucha de clases al sexo con máquinas. 10 capítulos llenos de heces, metanfetamina, redneks y testículos de tamaños y formas variables.

Paradise PD no es innovadora en la destrucción de lo establecido. No si la comparamos con ese clásico imperecedero (e interminable en su eterna juventud) que es South Park, por ejemplo. Paradise PD no es trascendente ni profunda, ni juega con los recursos narrrativos y de estructura para camuflar una muy cruda y deprimente reflexión sobre las miserias del género humano, tal y como hace Bojack Horseman. Paradise PD es mierda directa a la cara. Toneladas de cocaína esnifadas por un perro policía y una carrera veloz, imparable y cada vez más bruta hacia un “mas difícil todavía” en el que ni siquiera los cadáveres, los enfermos o los viejos se libran de ser humillados.

Creada por Waco O’Guin y Roger Black (cuya anterior serie, Brickleberry, no he tenido el gusto de ver, pero voy a tener que buscar), este escupitajo grumoso a la corrección se antoja doblemente imprescindible en estos tiempos que vivimos. Y más teniendo en cuenta que es una serie estadounidense, hogar exportador de esa corrección rancia y castrante que los más ‘cool‘ nos venden en forma de falso feminismo, apropiación cultural y defensa de los oprimidos bajo la muy esperanzadora ley del talión. Una serie que se me antoja imposible de producir en España, quizá porque puestos a importar tendencias morales, tenemos una facilidad pasmosa para transformarnos en paradigmas del axioma “más papistas que el Papa”.

¿Los defensores de la moral? Que pasen…

Sin aportar ninguna novedad trágica, incluso usando chistes ya conocidos por todos, Paradise PD irrumpe como un elefante en una cacharrería en el mundo de la animación a base de ser grosera de forma redundante, consciente quizá de esa necesidad de excederse sin necesidad con la que al final resultas verdaderamente reivindicativo. Es cuando lo irrazonable se convierte en obligatorio cuando sirve de verdadera denuncia. Pura reducción al absurdo. La cantidad de penes de ancianos que aparecen en la serie así lo atestiguan. O la orgía canina. O el ‘glory hole’ portátil. O la poesía de un vagabundo cagando en un bote de cristal. No existen límites que no se puedan romper en la ficción. No hay barrera que no podamos reducir a simples átomos. Es más, necesitamos destruir con la ficción todas las cosas que nos oprimen en la realidad. Imaginar es la única válvula de escape viable, limpia y segura. Es el día a día lo que realmente te acaba destruyendo. Y es muy sano reírse sin complejos de la violencia sin sentido, de las diferencias sociales, de la obesidad mórbida, del alzheimer y del cáncer. Y lo dice alguien que conoce muy bien algunos de esos temas que tanto deberían ofenderme. Porque la censura no es más que una expresión cobarde del propio miedo, y el miedo puede ayudarte a sobrevivir, pero seguro que no te hará avanzar.

Por esto y por otras muchas cosas, gracias, Paradise PD.

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Acerca de Javier Marquina 248 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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