PHONOGRAM: THE SINGLES CLUB

The Singles Club es, además de un hábil juego de palabras y dobles sentidos en el inglés original, el segundo volumen de la serie germen que dio origen a la ultraconocida The Wicked and The Divine. O, si lo preferís, la historia de cuando los palos se comieron a las astillas.

Por Javier Marquina.

Hubo un tiempo en el que creí saber de música. Compraba discos. Me mantenía a la moda. Seguía las carreras de mis grupos favoritos. Veía la MTV cuando todavía era un canal de vídeos musicales. Llevaba el pelo largo. Me puse dos pendientes. Escuchaba Radio 3.

Hubo un tiempo en el que ligar no consistía en deslizar el dedo por una aplicación y esparcir la clamidia y el papiloma follando como un enajenado con perfectos desconocidos. Antes tenías que ir de bares, beber, bailar, emborracharte y volver a casa con la decepción del que, una vez más, no se ha comido una rosca. Los pubs eran templos musicales en los que podías escuchar los últimos temas de los grupos que te gustaban. Solo tenías que ir al local adecuado y juntarte con tu tribu. nada que ver con esa jungla uniforme infestada de reguetón por la que nos obligan a movernos ahora cada vez que queremos tomarnos un cubata. Antes lo bares eran bares. Eran sucios. Eran pegajosos. Eran antros de rock and roll. Y de pop. Y de música electrónica. Y de cuanto hiciera falta escuchar.

Phonogram habla de eso. De una noche cualquiera. De una cabina de DJ. De una barra de bar. De gente bailando. Buscando un polvo. Relacionándose. Existiendo. A través de las historias cruzadas de varios personajes que se encuentran en una misma fiesta, Kieron Gillen, antiguo crítico musical, nos cuenta un capítulo brillante de su historia de magos, música y nostalgia. Todo lo que en su primer tomo había resultado tan excesivo, pretencioso y falsamente profundo como las reseñas de esos entendidos en música crípticos, elitistas y repelentes, en este se convierte en un juego deslumbrante igualmente pretencioso, pero tan brillante como espectacular. Iluminado por alguna musa literaria, el guionista británico realiza un prodigioso ejercicio narrativo en el que va intercalando historias, personajes y maneras de contar algo. Utilizando como excuso un argumento sencillo hasta lo insultante, realiza un autentico despliegue de sabiduría musical en el que la estructura de la página se fusiona con las letras de las canciones, sumergiéndonos en una especie de liturgia conceptual que transforma el cómic en un hechizo. Consciente de todo lo banal y casual que se esconde tras un flirteo de discoteca, Gillen entierra el fondo en una explosión de forma tan cegadora, que reverbera hasta transformar la idea de partida en algo genial, lleno de metáfisica y rebosante de temas tan importantes y antiguos como el mismo hombre. Todo gira en torno a la forma. A lo que somos y, sobre todo, a lo que queremos ser. A ese momento en el que crecemos y contemplamos el feo rostro de las las responsabilidades que nos están esperando. El mundo real se muestra ante nosotros y, por primera vez, nos damos cuenta de que nuestros padres ya no están ahí para decirnos siempre que sí.

En la parte gráfica, el dibujo rectilineo y frío de Jamie McElvie parece mutar al mismo ritmo que las viñetas, favorecido por la férrea estructura compositiva que le impone Gillen. Es curioso como estos dibujantes de trazo de apariencia robótica y constreñida se refuerzan y consolidan cuando el juego a describir es de una precisión matemática. Favorecido por la ayuda en el color de Matt Wilson, los rostros de McKelvie ganan en dulzura, tersura y belleza. Los fondos, tan vacíos y heladores como siempre, pasan a ser algo etéreo que acompaña a los protagonistas; una nube de objetos y ambientes perfecto que se ajusta con precisión a lo que la historia necesita en cada momento. Influenciado quizá por la misma musa a la que Gillen masturba con fruición, el dibujante logra encontrar ese estado kármico perfecto en el que todo funciona con la puntualidad de un reloj suizo. Las formas bailan. Las mujeres son preciosas. Los hombres son esclavos de su propio deseo. Bingo.

Muchas veces uno agradece ese impulso consumista y masoquista mezclado con TOC que le obliga a seguir comprando e ir acabando colecciones. Si bien a menudo esto es una condena segura a sufrir una serie interminable de contenido vomitivo y lamentable, otras veces tanto sufrimiento se ve recompensado con números tan magníficos y brutales como este segundo volumen de Phonogram. Es imposible no acabarlo sin sentir que algo te ha tocado. Que has vivido un momento mágico, telúrico. Que algo más grande y elevado que tú ha bajado del cielo para mirar por encima de tu hombro y sonreír. Porque cuando disfrutas de algo, cuando tras miles de lecturas encuentras, de nuevo, algo que te recompensa, uno se siente como rozado por el meñique de Dios.

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Acerca de Javier Marquina 252 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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