PODREDUMBRE GENERACIONAL

Vivimos inmersos en el huracán de lo políticamente correcto, de la indignación continua, del holocausto de la moral. No se puede decir nada porque todo ofende si es contrario a su criterio. Todo es susceptible de levantar ampollas. No puede tocar nada para cambiarlo porque te arriesgas a romperlo, como si fuera posible cambiar las reglas sin destrozarlas primero…

Por Javier Marquina.

Nos camuflamos detrás del tópico: “somos animales de costumbres”. Nos gusta comer en el mismo sitio, las mismas cosas, con las mismas personas. Nos gusta una marca de cerveza, de ropa, de coche. Nos gusta un programa, una cadena, una empresa de productos químicos determinada. Decimos que es por comodidad, por sencillez, por no dejar atrás unos mecanismos automáticos adquiridos a lo largo del tiempo. Pero es mentira. En realidad lo hacemos por miedo. Por puro y atávico terror. Porque somos unos jodidos cobardes horrorizados ante el cambio. Ante una puerta abierta a posibilidades ignotas, desconocidas, que no podemos controlar. Incluso después de destrozar lo establecido, una invencible inercia nos empuja a reconstruir aquello que prometimos quemar. Y todo se reduce al miedo a ser y vivir de forma diferente.

A este pavor cerril que asalta a nuestra faceta conservadora, se une el sentimiento de nostalgia generado por una serie de factores y obras que marcaron nuestro desarrollo cerebral en el ámbito de lo cultural y las aficiones. Maleables e impresionables infantes y adolescentes, aquello que consumimos durante estas etapas de nuestra ilustre vida se acaba por convertir en una especie de Biblia del gusto sobre la que se asientan nuestras preferencias. Es como hacerte hincha de otro de equipo de fútbol. Imposible. Además, convencidos de la solidez de nuestros ideales, nos dedicamos a transmitirlos a voz en grito, envueltos en el confuso e inexistente envoltorio de la verdad absoluta.

Así es. Además de cobardes, somos gilipollas. Lo hacemos todo por cojones. Porque sí. Porque tenemos razón. Porque nosotros sabemos y el que está enfrente y piensa diferente es, de una forma unívoca e irrefutable, un completo hijo de puta. Y claro, retractarse de todo esto es complicado. Aunque más tarde te des cuenta de lo erróneo de tu planteamiento. A ver cómo le dices a esa persona contra la que has lanzado una campaña de linchamiento en Twitter que te has equivocado y que te perdone 400 amenazas de muerte después. Lo de pedir perdón también nos va un poco grande y si puede evitarse, se evita. Y si no queda más remedio, se pide flojito. Con boca de piñón. Somos de ‘aquesta’ manera. Seres adorables.

Si extrapolamos todo esto al mundo del género de la capa y las mallas, lo que acabo de contar se transforma en una retahíla de tópicos que no tienen fundamento alguno: Cualquier tiempo pasado fue mejor, ese no es mi personaje, los ideales (si no son los míos) no tienen cabida en el tebeo y los cómics de superhéroes solo pueden ser entendidos cuando rebosas testosterona. Es decir, sin polla no hay paraíso. Ni superpoderes. Ese es el nivel del ultrajado primate. Tampoco es que la parcela de la estupidez sea exclusiva de un sexo o colectivo. La afición por difamar es una prueba demoledora de la igualdad entre razas, géneros y religiones. La estupidez es el rasero que nos iguala a todos, quizá porque somos incapaces de comprender que, como seres en teoría inteligentes, tenemos la obligación de tender hacia la excelencia y no hacia la excrecencia. Se contesta al insulto con insulto. A las listas negras con las listas negras del lado contrario. A la patada con el puñetazo. Miles de años de guerras y sangre y no hemos aprendido nada. Los ases del “por cojones” se visten de libertarios. Las amazonas de la igualdad establecen criterios de clasificación basados en la genética. Si eres mujer eres puta. Si eres hombre, violador. Las hembras no saben conducir ni los machos hacer dos cosas a la vez. Y todo esto que parece una coña que da mucha risa, es el fiel reflejo de un pensamiento turbado y turbador que se encuentra en el centro de las cabezas de millones de personas. El verdadero fascismo es el que incluye al individuo en un grupo por el mero hecho de serlo. Negro, judío, gitano, mujer, hombre. Es imposible fallar el disparo cuando el objetivo es gigantesco. No hace falta razonar. No hace falta pensar. Juzgar sin evaluar cada caso es más sencillo. Y más rápido. Y, por supuesto, totalmente injusto. Hay que acabar con eso y reconocer que las excepciones existen. En todos los lugares.

De igual forma, se puede ser genial y despreciable. Se puede crear belleza con el corazón podrido. Se puede llegar al cielo con las manos llenas de mierda. No se debería, pero se puede. Y lo que es más crucial, la importancia del creador desaparece una vez ha creado. Dios no existe porque no lo necesitamos. Porque ya ha hecho lo que tenía que hacer. Podemos eliminarlo de la ecuación sin consecuencias. La religión es un acto retrógrado y sentimental, un ejercicio de pura añoranza. Pasa lo mismo en el mundo del arte. La obra, una vez parida, se vuelve autónoma. Adquiere calidad ‘per se’. Buena o mala, lo será con independencia de la entidad que la ha creado.

Si hablamos de cambios de sexo, color o alineación en el tebeo, el personaje será destacable u olvidable si está bien (o mal) construido, no por aquello que le cuelga o le deja de colgar en la entrepierna. No por el color de su piel y de sus ojos. La calidad se convierte en el criterio supremo que barre todo lo demás,  que justifica el argumento. Cerrarse a una nueva propuesta porque rompe con lo anterior es enterrar la cabeza a esperar a que el huracán pase. Es enfrentarse a una explosión nuclear llevando un chubasquero y, sobre todo, implica perder la oportunidad de encontrar algo nuevo que puede gustarte. Evidencia las pocas ganas de cambiar que tiene ese individuo devorado por el miedo a perder lo que tiene, ignorando que los iconos no son propiedad de nadie. Los arquetipos existen par construir a partir de ellos, no para permanecer impolutos e incorruptibles.

La conclusión final es que no se puede negar el cambio. Podemos adaptarnos con mayor o menor fortuna, pero ponernos de espaldas a él nos convertirá en dinosaurios extintos. Asumamos YouTube. Netflix. El papel cada vez más vital, necesario y trascendente de la mujer en el mundo de la historieta. La importancia aplastante del manga en el lector juvenil. Puede gustarnos más o menos, pero está ahí y no se va a detener aunque nos tiremos en marcha del vagón del progreso. Es. Y va a suceder. Y no vamos a poder pararlo, porque, por fortuna, es un hecho inexorable. En lugar de eso, si fuéramos inteligentes, nos dedicaríamos a aportar. A colaborar. A intentar que la experiencia fuera un grado real que ayudara a construir algo mejor. Colocados en la otra orilla, si fuéramos listos, borraríamos la arrogancia del novel que cree que lo sabe todo y nos dedicaríamos a escuchar, porque a veces los ancianos saben cosas que los demás desconocen. En lugar de ofendernos y escupir al que te corrige, reconoceríamos el fallo con humildad para poder seguir aprendiendo. En lugar de establecer una batalla pueril entre abuelos con el pene arrugado y recién llegados saturados de luz radioactiva, aportaríamos lo que tenemos para construir algo mayor.

Por si fuera poco, creer que a la industria le importa todo esto es estar terriblemente equivocado. En el capitalismo, la cosa existe si es rentable. No hay otra ley. Sobrevive lo que vende. Da igual si lo ha escrito un hombre o una mujer. Da igual si conviertes al protagonista en un pequinés con permanente rosa. Pensar de manera diferente es ser simplemente idiota. Por ello la revolución verdadera está en nuestra mano, en nuestra base. En el público que, en una democracia pervertida basada en el vil metal, tiene el poder supremo en su cartera. Seamos objetivos. Compremos calidad. Compremos buenos cómics. Animemos a todo el mundo a leer. A escribir. A ser público. A integrarse desde los cimientos de ese edificio que debemos construir. El resultado igualitario será en ese momento inevitable, porque las mujeres pertenecen a un segmento que supone más del 50% de la población humana. El nicho de mercado sin explotar perfecto. Solo pueden ganar. Escudarse en una falsa neutralidad añeja y ajena a la realidad solo oculta un inmovilismo anquilosado que desprende cierto tufillo displicente. A la larga, es como intentar detener el avance de un ejercito lanzando caballos a los pies de los tanques.

Diversifiquemos nuestros gustos. Mezclémonos. Retiremos de nuestras vidas a la gente tóxica que nació pudiendo oír pero sin saber escuchar. Olvidemos ideas tan estúpidas como alejadas de un ideal mejor para todos. Movámonos. Progresemos. Y tranquilos. Los reductos de hiel y caspa que se queden atrás, acabarán por desaparecer consumidos por una fiebre neandertal inevitable.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

1 comentario en PODREDUMBRE GENERACIONAL

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