RUBBER FLESH: La odisea de la carne.

Fascinación y asco a partes iguales. Magia, talento y voluntad transgresora en cada página. Bienvenidos al mundo de Miguel Ángel Martín. Bienvenidos a Rubber Flesh.

Por Javier Marquina.

Lo bueno de imponerte un ritmo frenético de lectura es que el consumo compulsivo te permite reengancharte con tu pasado. La obligación, la fecha de entrega, es una deuda que tienes que pagar y, aunque en principio puede parecer estresante, te obliga a encontrar soluciones ingeniosas y a saldar balances que los superhéroes y la grapa mantenían descuadrados.

Ir por la vida de experto en algo te obliga a mantenerte al día y, sobre todo, a mentir. La gente presupone que si eres entendido en una materia, debes tener un control total sobre ella. No solo enciclopédico. Hablo de términos absolutos. Globales. Tienes que conocer a todo el mundo y haberlo leído todo. Y eso, por supuesto, es imposible. Nuestra limitada concepción del tiempo nos obliga a vivir constreñidos en parámetros temporales muy concretos, y la vida, a veces, no da para tanto. Esto también implica que  lo largo de tu existencia vas dejando pendientes unas obras que, por H o por B, permanecen cargadas de vergüenza en tu listado de pendientes. Por eso finges. Asientes y te mimetizas con tu entorno para que nadie aprecie tus lamentables carencias.

RUBBER FLESHMiguel Ángel Martín era uno de esos autores a los que les debía un tebeo. Que no hubiera leído apenas nada del autor leonés era una autentica ofensa para alguien que dicen que sabe de esto. Más todavía teniendo en cuenta lo atraído que siempre me he sentido por las ficciones que giran en torno a la ultraviolencia, el gore y el sexo perturbador. Esa mezcla de magnetismo y repugnancia que algunas imágenes disparan en tu cerebro siempre me han parecido un misterio que nos une a la parte más reptiliana de nuestro cerebro. Son un vínculo con nuestro lado salvaje, y no es tan sorprendente que en ocasiones nos hipnoticen escenas de una brutalidad psicopática y mórbida.

La excelente reedición que acaba de publicar Reino de Cordelia en su colección Los Tebeos de Cordelia de Rubber Flesh, me proporcionaba la excusa perfecta para mi reválida con el pasado. Nunca es tarde, aunque  a veces lo parezca.

El cómic de Martín, con su línea clara y limpia, nos introduce en una dicotomía especialmente atractiva por sus implicaciones icónicas. El dibujo en apariencia sencillo, sin detalle barrocos, de trazo seguro y cristalino, impacta de una forma llena de desasosiego cuando plasma escenas de sexo explícito o violencia aún más explícita. Violaciones, desmembramientos, sadismo, evisceraciones… todas esas palabras que decoran nuestro diccionario no son sino un adorno argumental para reflejar a una sociedad llevada a un extremo no tan imposible. La frialdad que transmite el dibujo contrasta con la esencia de lo que se cuenta, y las tensiones a las que el autor somete al lector le llevan por el camino enfermizo y metafórico de las relaciones humanas efímeras y vacías que establecemos en estos tiempos de redes sociales y sexo intermitente con gente lejana y desconocida.

Porque lo que se esconde tras lo turbador es un universo de ficción y ciencia coherente, estructurado y apasionante. La odisea de Monika Ledesma, una programadora que tras un accidente de coche es inyectada con una biosilicona que la convierte en alguien virtualmente inmortal, es una oda a la conexión del metal, del plástico y la carne. A la unión a niveles neuronales de nuestro cerebro y los ordenadores de última generación. A la línea cada vez más fina que nos separa de las máquinas y todas la implicaciones extremas que ello implica. Sexo neumático, de semen purulento; violencia que te funde las entrañas como mantequilla en un microondas. Un mundo deudor del Ballard de Crash, de la carne tecnológica y mutable de los delirios de Burroughs en El Almuerzo Desnudo o los universos digitales llenos de interfaces biológicas presentes en películas como Existenz, de David Cronenberg. Un thriller científico y empresarial en el que se van entretejiendo relaciones inhumanas y familias dignas del “Voy a se mamá” de McNamara y Almodóvar. Un cóctel irresistible para mayores de edad que puede resultar insoportable para estómagos sensibles o mentes poco abiertas y preparadas.

Para los fácilmente indignables tengo un mensaje: “no sufráis”. La ficción es irreal por definición y solo se convierte en una herramienta peligrosa cuando es procesada por cerebros desequilibrados y enfermos. El arma no es más que un objeto inerte hasta que el asesino la empuña, y hace falta un índice que apriete el gatillo para disparar cada bala. La ficción también es el mejor camino para domeñar a la bestia, para domar los bajos instintos y para disfrutar con placer culpable de los excesos inenarrables de lo carnal. Un válvula de escape perfecta para soportar este mundo de asco, furia y desesperación.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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