SHERLOCK FRANKENSTEIN: Spin the black circle

Jeff Lemire ha encontrado algo que me gusta. Un filón. Ha sabido descubrir la tecla que no lograba hacer sonar en mí con sus trabajos anteriores, quizá porque se nota el respeto y el amor que ha sabido imprimirle a ese sentido homenaje que es Black Hammer. Sherlock Frankenstein es una confirmación de todo esto. Un spin-off que encaja como un guante. Tanto, que casi parece una continuación directa de la serie original.

Por Javier Marquina.

SHERLOCK FRANKENSTEINQuizá es porque Jeff Lemire tiene un plan. Un lugar al que quiere ir. Un sitio al que llegar cuando acabe de contar la historia de este mundo lleno de superhéroes que todos los aficionados podemos reconocer. O quizá no. Quizá solo se mueve por impulso. Por amor. Por esas ganas que te nacen de las tripas cuando te dan la oportunidad de vomitar años y años de afición, de adoración y de magia en tu propia colección. Porque Jeff Lemire ha hecho realidad el sueño del niño que todos llevamos dentro, el mismo que creció flipando con Batman y Spiderman, con Al Milgrom y Herb Trimpe, con Claremont, Byrne y Paul Smith, con los hermanos Buscema, con el Conan de Roy Thomas, con los Pocket de Ases y los números de Fórum a 90 pesetas. Coger todo lo bueno, lo mágico y lo emocionante de aquellos cómics y contar su propia versión de los hechos. A su modo. Con su estilo. Vistiendo a cada personaje con el traje que mejor le sienta. Mezclándolo todo. Usándolo todo. Convirtiendo cada homenaje en una joya, en un juego, en un ¿Dónde está Wally? en el que el aficionado va identificando las numerosas referencias al tebeo y la literatura en un conjunto casi ilimitado de guiños impagables.

Y como no podía ser de otra manera, todo buen superhéroe necesita un buen supervillano. Alguien que amenace. Alguien que reciba. Alguien que nunca muera. Alguien que siempre vuelva a por más. Alguien que, al final, demuestre que tiene mucho más fondo del que creímos al principio y que acabe convirtiéndose, por méritos propios, en uno de nuestros personajes favoritos. A pesar de su aparente maldad. A pesar de sus ansias de caos, destrucción y recalcitrante ansia de control mundial. Un supervillano con un nombre imposible, terrorífico, tan cerca de lo genial como de lo ridículo. Justo como Sherlock Frankenstein.

A través de la labor de investigación de Lucy, la hija del desaparecido Black Hammer, Lemire construye no solo la historia del villano más grande de Spiral City, sino también toda una galería de personajes que beben de fuentes tan cercanas a Tarzan y a Doc Savage como al Joker e Iron Man. El guión es perfecto en el detalle, un continuo revelar en el que todo parece estar por descubrir. No hay límite ni restricción alguna cuando la continuidad es justo como tú quieres que sea, y estos cinco números son un paseo que va abriendo puertas y expandiendo un universo cada vez más emocionante.

Minotauros, zombies, catacumbas sacadas de las pesadillas de Lovecraft, manicomios, guiños que van de Paul Chadwick a Victor Puchalski… El universo de Black Hammer es como un inmenso laboratorio en el que se crean nuevos compuestos. Es un taller de ingeniería en el que el límite lo marca la imaginación de los creadores y donde el dibujante puede expresarse con una libertad casi absoluta. En ese sentido, David Rubín es coherente y fiel a sí mismo. A su estilo. A sus principios. A las cosas que adora y quiere transmitir.

El tomo se abre con un número de narrativa más convencional y contenida, pero no por ello menos efectiva o fluida. No en vano esta apertura corresponde al número 12 de la serie madre, y sirve de prólogo y presentación para la miniserie dedicada al mayor megacriminal de Spiral City. Lo que sigue es como un regalo que se va desenvolviendo. Un caramelo que va dejándote capas de sabor a medida que lo paladeas. Como he dicho antes, todo lo que Rubín ha ido construyendo a lo largo de los años está aquí. Kirby. Miller. Steranko. El dibujo puesto al servicio de la expresividad, de la espectacularidad y de la potencia, más preocupado por las sensaciones que por la rigurosidad física o la proporción exacta. Un diseño de personajes brutal, inapelable, lleno de ese rollo macarra, irresistible y elegante a la vez, que bebe de lo clásico y lo actual y consigue que compres sin necesidad de saber nada más. La onomatopeya ejerciendo su papel en la historia; un actor más que nos guía en la lectura y se integra con lo que se cuenta. La estructura de la página como elemento fundamental, no solo a un nivel narrativo obvio que va diciéndole a nuestro ojo lo que debe leer a continuación, sino funcionando como alegoría, como engranaje que trabaja nuestro subconsciente para sugerirnos cosas de las que apenas somos conscientes. El color (aplicado y separado con la inestimable y fundamental ayuda del ya habitual Kike J. Díaz) es un elemento brillante, pulsante, de una viveza casi radioactiva que te salta a la cara con furia, pero también un bálsamo de tonos pastel que te calma como un Valium cuando la situación lo requiere. Todas las piezas se ensamblan en armonía para cumplir su función, como un traje espacial bien engrasado dispuesto a conquistar las estrellas.

Hay un millón de señales que indican que David Rubín sabe lo que se hace. Que su presencia en el mercado americano y su éxito no es una casualidad, ni un golpe de suerte. Hay mucho trabajo detrás de cada página, de cada boceto, de cada sketch. Horas y horas de mesa de dibujo, de lectura, de unas insaciables ganas de aprender. Y eso se nota. Y trasciende. De la camiseta de Britney Spears a la versión remozada de Chemo. El azar es una variable que el artista no contempla.

Mención aparte merece la edición de Astiberri, una editorial que sigue empeñada en ofrecer tomos en cartoné con contenidos y extras espectaculares a precios más que populares. Dando ejemplo. 152 páginas a 16€. Así es muy difícil resistirse.

Entretenimiento puro. Cómic mayúsculo. Sherlock Frankenstein es un acertijo. Un laberinto que se va desentrañando. Un acróstico que tenemos que resolver. Una clave que abre un candado y que, al mismo tiempo, plantea nuevas incógnitas, dejando la puerta abierta para un millón de historias futuras. Un festival de páginas dobles que cuecen poco a poco, hasta un último número espectacular y lleno de magia, digno heredero de aquellas míticas entregas con origen misterioso y que releías miles de veces, cuando el volumen de tu pila de pendientes no era una auténtica pesadilla…

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Acerca de Javier Marquina 248 Articles
Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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