STAN LEE: ‘Nuff said.

Stan Lee ha muerto. Con sus luces de neón y sus sombra de sótano. Con lo bueno y con lo malo. Stan Lee ha muerto y una era del cómic ha muerto con él. Esto es innegable. Porque sin Stan Lee, el cómic no sería el mismo. De una forma u otra, fue su influencia la que lo cambió todo. Pero no debemos confundir reconocer con canonizar. Dios nos libre del día de las alabanzas.

Por Javier Marquina.

Lo primero, y aún a riesgo de parecer insensible como una encimera de silestone, tengo que decir que la muerte de Stan Lee no me parece una tragedia. Tener 95 años y morirse entra dentro de esa lógica inexorable que llamamos vida. Es el curso natural de los acontecimientos. El orden natural de las cosas. No es inesperado. No es injusto. Es natural. Tan natural como vivir. Como nacer. Y más cuando en tu vida has conseguido justo lo que querías. Cuando has logrado tus objetivos. Cuando tus logros han sido reconocidos de manera económica y social a una escala global. Vivir una vida plena y morirse a los 95 años no es un drama. Es motivo de reconocimiento. Y, si me lo permitís, de celebración. Por el camino recorrido. Por las cosas conseguidas. Por todo lo vivido.

Por distintas razones personales, me toca experimentar muy de cerca los muy diversos caminos que toma la vejez, y os aseguro que, a veces, la verdadera tragedia es no morirse. A pesar de ese tramo final de enfermedad y de supuestos abusos por parte de familiares, amigos y cuidadores, Stan Lee vivió como quiso vivir. Consiguió lo que se proponía y miles de personas lloran su muerte reconociéndolo como una de las figuras más importantes del cómic de todos los tiempos. Y con 95 años. Desde luego, si tengo que elegir una manera de morirme, por favor que sea parecida a esta.

A toda excesiva exposición al drama se suma nuestra muy occidental y correcta costumbre de idolatrar a los muertos, algo que nos obliga a olvidar sus defectos. Aludiendo al respeto que se le debe al fallecido se entierran sus sombras y se lo colocan medallas que no mereció nunca. Y esto es un error. Se puede ser respetuoso y crítico. Se pueden contar las verdades de manera educada, aunque duelan. Porque si las verdades duelen, es quizá porque no dejan de serlo ni cuando te mueres. “No es el momento”, dirán, porque para muchos el momento es nunca. Y a veces, en la vida, tienes que ser consecuente. Si hemos de ser juzgados, en la balanza también estarán nuestros pecados, y rezad para que estos no pesen más que una pluma.

Sería imposible para mí escribir un obituario lleno de halagos. Máxime cuando hace apenas tres meses participaba en un podcast en el que hablaba con el hacha entre los dientes de la turbia labor creativa de Stan Lee al frente de la Marvel. No sería justo. Ni consecuente. Es cierto que yo mismo no sería la misma persona sin Stan Lee, quizá porque era el nombre de Stan Lee el único que se me permitía ver. Todo se nos presentaba creado, escrito o controlado por él. El mismo universo Marvel al completo parecía haber salido únicamente de su cabeza. Y ahora sé que eso no fue así. Quizá su máximo logro fue hacérnoslo creer. Construir un superhéroe de sí mismo. Ejercer de demonio inverso y basar su éxito en una omnipresencia ficticia. Con lo años, me he dado cuenta de que las virtudes de Stan Lee fueron más empresariales que creativas. Supo construir una marca, personalizarla y rodearse de genios titánicos. Veía las oportunidades, la modas, las tendencias. Comprendía lo que la gente reclamaba. Entendió que lo suyo era el showbussiness y creó una infraestructura perfecta para delegar y, simplemente, dejarse llevar. Vendió como nadie un modelo. Un estilo. Una manera de hacer las cosas. De producir. De trabajar. Y no le importó dejar cadáveres por el camino. Robar conceptos. Negar las evidencias. Contemplar su imperio a la manera de un Hugh Hefner de spandex y radiación Gamma. Sabía lo que quería y avanzó como un bulldozer por un almacén de porcelana. Era la representación perfecta de un capitalismo tan odiado como útil. Tan criticado como necesario.

Stan Lee ha muerto. Pasará la historia como una figura capital dentro de los tebeos. Como un icónico personaje asociado a nuestra infancia, a toda una imaginería tan ridícula como genial e inmortal. Será el padre putativo de una legión de personajes con la que todos los aficionados al cómic podemos reconocernos. Su deceso supone el fin de una era, de un modelo, de un estilo y, sobre todo, de una marca. Y es por esa marca por la que le doy las gracias. Por ese paraguas bajo el que creadores como Ditko, Kirby, Thomas, Buscema, Steranko, Byrne, Simonson, Miller, Severin o Conway (entre muchos otros) han dado obras inmortales de la creación humana. Y es que saber rodearte de los mejores y conseguir poner tu nombre en letras más grandes que el suyo, también es un síntoma de genio.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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