THE CROW. La triste canción del cuervo.

Uno de los grandes títulos del noveno arte que se ha ido mitigando con el paso de los años. Va siendo hora de volver a reivindicar esta gran obra. La magnum opus de James O’Barr.

Por Joe Runner.

No existe peor tortura para el ser humano que cuando algo se escapa totalmente de su control. El sentimiento de rabia y culpa por no haber sido capaz de que todo siguiera el camino lógico y natural que generamos en nuestra mente de forma casi automática de alguna situación, suele desencadenar en el golpe más duro y traumático que jamás podríamos recibir. Suena lioso, lo sé. Pero es así. Buscamos ser dueños y señores de todo lo que nos rodea, pretendiendo controlar la caída de cada una de las fichas de dominó que conforman nuestra vida, previendo las reacciones que conllevarán todos los actos que cometemos y buscando, así, mantener un equilibrado orden en nuestra cabeza. Pero en ocasiones la vida decide dar un cambio de sentido, girar 180 grados todo nuestro mundo, poner patas arriba lo que dábamos por asegurado y nos machaca sin compasión ni miramientos. Toda la situación se escurre de nuestras manos como si se tratara de un líquido, imposible de asir con nuestras torpes extremidades, recordándonos que no hay red de seguridad bajo nuestra cuerda. Demostrando que somos mortales y que jamás lograremos el ansiado orden en este universo regido por la entropía y el caos, trayendo consigo el inevitable batacazo que logra destruir tu alma en millones de trocitos. Ahí es cuando aparece esa culpabilidad, ese gen autodestructivo que busca acabar lo que el sino a comenzado y que no parará hasta vernos en la más absoluta miseria o, en el peor de los casos, con nuestros huesos bajo tierra. Hay muchas maneras de lograr salir de esto, pero todas ellas son dolorosas y largas. Nadie dijo que la vida fuera sencillo, aunque no nos guste la idea. Al fin y al cabo, sólo somos simples humanos.

Nuestro cómic nos transporta a las oscuras calles de la ciudad de Detroit de los años 80, en el que la decadencia cada vez ganaba más terreno en la otrora capital del motor y la música y ahora lo único que se podía oler era el humo del fuego de las fábricas abandonadas. En esta lúgubre ciudad vaga un joven que en realidad no pertenece al reino de los vivos, pero tampoco está muerto. Una extraña figura que no siente nada más que culpa. Una culpa tan grande que lo ha transformado en un ser errante que busca venganza sobre aquellos que acabaron con la vida de su novia, Shelly. Este fantasmagórico ser llamado Eric, decide volver del mundo de los muertos de la mano de un cuervo para cazar a aquellos que merecen su ira desatada, dejando tras de sí un reguero de cadáveres que la mismísima Parca estaría orgullosa. Ha comenzado la temporada de caza en la ciudad de los Red Wings y dicen que no descansará hasta hallar la paz…

Imagino que habrá poca gente que no haya oído hablar de El Cuervo, sobre todo de su adaptación cinematográfica, la cual no está exenta de polémica. Lo que pocos saben es que el origen de esta película fue el cómic de James O’Barr, un joven que buscó plasmar su frustración y sentimiento de culpa en el único medio que le dejó sacar todo el tormento que había dentro de él. La historia está plagada de simbolismos y referencias a la pérdida de un ser querido y el dolor que conlleva, pero el motor que mueve todo es la culpabilidad que arrastra Eric desde el principio de la obra. Sin una presentación inicial, O’Barr nos adentra en el universo de violencia y venganza que rodea a nuestro personaje, usando los flashbacks de forma inteligente para ir presentando al personaje de Shelly y, de manera orgánica, enseñarnos qué pasó con ella y sus asesinos. Una lectura llena de simbolismos que se refuerzan con poemas y frases lapidarias con un claro mensaje religioso, usando la personalidad de nuestro protagonista como medio narrativo.

Para lograr transmitir todo esto se apoya en un arte sucio, oscuro y con claras reminiscencias setenteras cuando se trata del presente de personaje. Todos y todo lo que le rodea está plagado de sombras, mostrando la peor cara de la ciudad y mostrando la terrorífica figura de nuestro vengador, que contrasta con el ambiente. Al contrario pasa con los recuerdos en los que aparece Shelly, en los que el arte es mucho más agradable a la vista y goza de una luz casi cegadora, acrecentando el estado de oscuridad en el que vive Eric en el transcurso de la obra. Es cierto que se notan visualmente las nuevas partes añadidas para esta edición; partes que se perdieron con el paso de los años o el mismo O’Barr decidió no añadir por la fuerte carga sentimental que tenían y que han sido redibujados hace pocos años. Eso sí, como bien dice el autor al principio del libro, todo se ha realizado con técnicas analógicas clásicas, huyendo del camino fácil de las tecnologías, como si de un ludista se tratara. Pero todo encaja a la perfección, mejorando todavía más una obra que de por sí era perfecta.

Suele suceder que ciertos clásicos, sean del apartado artístico que sean, envejecen mal con el tiempo. The Crow no es el caso. La especial situación en la que fue creada esta obra le otorga ese cariz especial que lo hace atemporal, pese a ser una clara hija de su época. No busca engatusar al lector, su única finalidad es la de catarsis para todo aquel que haya pasado por la tesitura de perder a alguien querido de manera repentina, casi injusta, por algún azaroso capricho del destino. Y pese a todo ello no deja de ser una auténtica maravilla que no puede quedarse olvidada en el limbo del noveno arte. No he querido entrar en todo el halo morboso que rodea a este título porque creo que no le hace falta para ser uno de los mejores cómics de la historia. Creo que no sería justo ni para el cómic ni para su autor. Pero sobre todo, no sería justo para los lectores. Pero qué voy a saber yo si, al fin y al cabo, soy un simple humano…

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Acerca de Joe Runner 50 Articles
Orgulloso elotano (de Elda) que pasa los días leyendo cómics y charrando sobre ellos con sus amigos y familiares de la Isla. Vivo mejor que quiero.

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