THE HAUNTING OF HILL HOUSE – Hermanos y Hermanas

A estas alturas todos sabemos que La maldición de Hill House es la mejor serie de Netflix en lo que llevamos de año. La dirección de Mike Flanagan es ejemplar y todos los actores (incluidos los niños) están soberbios. Trata temas apasionantes como las enfermedades mentales y las adicciones desde el terror sin perderles el respeto y si bien flojea en sus últimos dos capítulos, sin duda los dos primeros tercios son para estar orgulloso. Pero hay un tema que me parece que ha sido obviado por muchos a la hora de analizar la serie, y creo que es uno de sus puntos más fuertes y que mejor funcionan: la familia y en concreto, la relación entre hermanos.

Por Andrés R. Paredes

Hay una escena en la que nunca me había fijado (hasta que me fijé) de El pianista, de Roman Polanski. El protagonista y su familia van a ser subidos a trenes de camino a campos de concentración. Acompañando a su hermana, Szpilman, sin mirarla le dice que la quiere. Que no se lo ha dicho mucho, pero que la quiere. Y es un momento que personalmente me golpeó con la fuerza de mil soles. Porque me di cuenta de que hacía mucho que no les decía a mis hermanas que las quiero. Y las quiero mucho. Por eso guardo un buen recuerdo de El pianista. No sólo me habló de mí, si no también de mi relación con la gente que más me importa (mi familia). Y por eso también me parece que La Maldición de Hill House es la mejor serie que he visto este año.

Es curioso cómo elegimos (si es que los elegimos) los recuerdos. Qué decidimos atesorar con nosotros de nuestra infancia, afianzarlo en nuestro consciente, que no en el subconsciente. Qué elegimos recordar. Normalmente, son cosas relacionadas con la familia. Esa cosa rara pero tan común que nos ayuda a formarnos como seres humanos a lo largo de toda nuestra vida y que en la infancia tiene un peso tan poderoso. Todos poseemos cuatro o cinco recuerdos personales ligados a nuestra familia que hemos atesorado y seleccionado. Quizá en un principio la selección no fue consciente, pero con el tiempo los hemos ido puliendo, arreglando y mejorando, convirtiendo en algo que simboliza qué significa la familia para cada uno de nosotros. Algunas veces serán recuerdos buenos, y otras malos. 

El misterio no es tanto por qué decidimos recordar (es una parte central de nuestra formación como personas) si no para qué. Aquí entro en un terreno mucho más personal, pero en mi opinión creo que elegimos recordar según qué cosas para recordarnos qué es lo importante. Quienes son las personas importantes en nuestra vida. Qué no queremos hacer. Qué debemos hacer. Qué tememos y qué amamos. Todos los recuerdos que tengo de mi infancia giran en torno a mis hermanos, y sé que es porque los quiero, porque son personas centrales en mi vida. Es algo que no acostumbramos a decirnos entre nosotros, de la misma manera que no se plantea nunca que entre nosotros existe algo más que la relación de sangre o el haber vivido durante más de 20 años todos bajo el mismo techo. Es algo de lo que no es fácil hablar y que resulta complicado explicar. Todas las historias que he decidido amontonar en mi memoria y no olvidar son importantes porque me recuerdan que me quieren y que les quiero. Quizá esa es la cosa. Quizá no necesito decírselas porque lo recuerdo casi a diario.

Hay mucho de esto en Hill House. Una de las cosas que más agradezco de la nonagésima adaptación del relato de Shirley Jackson es que trata sobre una familia grande, en la que todos los hermanos tienen la misma importancia y no todos se llevan bien. Lo primero me toca directamente porque vengo de una familia grande, y lo segundo porque siempre me ha parecido algo muy difícil de dibujar: ¿Cómo gente que no se lleva bien, o que no pega ni con cola puede quererse tanto? Se puede ver, en cómo se llaman los unos a los otros. En cómo se tratan de ayudar. En el dolor que sufren cuando hay una desgracia en la familia y en la alegría que comparten cuando alguno alcanza el éxito. Pero eso es lo sencillo. Hill House va un paso más allá y dibuja las pequeñas mecánicas, las pequeña relaciones que existen entre hermanos. El hermano mayor que niega responsabilidades, la segunda que tampoco las acepta, los gemelos que se comprenden mejor que los demás, y la mediana, siempre la rara. Cómo todos sus arquetipos se mueven, hablan, se relacionan discuten y en el fondo, se quieren y tratan de cuidarse.

Normalmente odio los flashbacks en las series (y en el cine), pero en este caso están excesivamente bien hilados. Cada uno de los hermanos recuerda qué es lo que les mueve, lo que les convierte en quienes son. Los seis primeros capítulos giran en torno a cómo cada uno de ellos se va marcando de por vida a partir de acontecimientos importantes que deciden recordar. No sólo sucesos traumáticos con los que están obligados a cargar el resto de su vida, también las pequeñas cosas, los detalles que les convertirán en adultos más o menos funcionales algún día, y así es como la historia, la familia y la mansión se contruyen y se retroalimentan las unas de las otras.

Hill House no es sólo un montón de piedras amontonadas, también es en parte las vivencias de los protagonistas, sus traumas y alegrías infantiles, su relación con sus padres, el compañerismo y el cariño que sienten los unos por los otros cuando eran pequeños el miedo… y las relaciones que se construyen en torno a él. Pocas cosas hay que resulten más reconfortantes que la presencia de un familiar cuando tienes miedo. Pocas cosas alivian y permiten respirar (y dormir) mejor que saber que alguien que te quiere incondicionalmente está ahí. La hermandad (algo más importante que la amistad en muchos casos) es un bote salvavidas, un lazo entre hermanos, que la serie representa a la perfección.

Hill House da miedo y es técnicamente brillante (si el mundo fuera justo el capítulo 6 estaría nominado a todos los premios el año que viene), pero es en su retrato de la familia, del amor fraternal, de lo importante que es hablar con la gente a la que queremos y decírselo en donde brilla con luz propia. Siempre he pensado que el terror funciona mejor cuando trata sobre el amor, y pocos amores hay más fuertes que los que hay entre hermanos. 

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