THE HOUSE THAT JACK BUILT. La importancia del material.

Lo sabía, os lo dije y no me equivocaba. Lars Von Trier se la ha vuelto a sacar y esta vez es más larga, más grande y, quizás no sea la más dura, pero sí de las más potentes.

Por Teresa Domingo.

Vayamos al grano. A Von Trier o lo odias o lo amas, y la diferencia entre un extremo u otro está en si lo entiendes o no. Y no me refiero al lenguaje metafórico y alegórico que utiliza para lanzarnos el mensaje y la moralina sobre los que sostiene sus historias, porque ese a veces no lo entiende ni él. Me refiero a que sólo las mentes obsesivas, paranoicas y conspiranoides como la suya pueden llegar a ver más allá de los simples hechos y comprender la necesidad de retorcer un concepto para crear otro.

A lo largo de la historia del cine no han sido pocos los guionistas y directores que han sabido llevar el cine de terror un paso más allá y hacer de la sangre, el pánico y la tensión elementos con los que trabajar en auténticas obras de arte. El caso de Von Trier es excepcional. A lo largo de su obra, el danés ha diseccionado diferentes géneros y temáticas, los ha deglutido, retorcido y recreado a su manera, y sólo gente retorcida como él puede llegar a plantearse y disfrutar de una escena espeluznante, del drama más desgarrador o de dos planetas a punto de colisionar y ocasionar fin del mundo, como si se tratase de composiciones artísticas ante las que sentarse y sentirse muy pequeño.

El problema de la gente que se queda en la controversia que genera la superficie del cine y los polémicos comentarios de este director es que se dejan por el camino la intención. Y si, además, se levantan y se van de la sala, no digo ya la ejecución. Lars Von Trier crea cuadros, efectos y giros que hacen olvidar el cafre contenido para admirar la forma, y es capaz de hacer uso de todas las técnicas que el cine le ofrece para hacerlo. Sin dejar de lado los puntos más significativos del cine dogma (localizaciones reales, cámara en mano, uso de la luz natural como fuente principal de iluminación…), evidentemente obviando que no aparezcan armas ni crímenes y con muchos matices, éste consigue maravillarnos con sus macabras bizarradas. Y parte del poso que nos queda tras ver su nueva creación es precisamente ese, ¿se puede considerar la violencia un arte?

Partiendo de esta premisa se nos presenta a Jack (Matt Dillon), un ingeniero del montón obsesionado con construirse una casa, tarea que compagina con ser un psicópata. Pero no un psicópata del montón, no, este ejecuta con pasión y violencia cada uno de sus múltiples asesinatos, le gusta fotografiar sus crímenes y dejar limpias las escenas, y hacerlo todo escrupulosamente y al mínimo y excesivo detalle, pues su trastorno obsesivo compulsivo no le dejaría hacerlo de otra forma. El psycho-killer perfecto.

Toda la trama se apoya directamente en este contraste entre lo escrupuloso del personaje con la violencia brutal de sus ejecuciones y sus macabras motivaciones, narradas por el mismo Jack en una suerte de conversación esquizofrénica. A lo largo de cinco relatos aleatorios sobre sus más de sesenta crímenes, o como él los llama “incidentes”, en los que se funden la narración por capítulos y de ritmo asfixiante de un psycho-thriller y los diálogos surrealistas de la comedia negra más absurda, Von Trier construye un protagonista de fuerte y oscura personalidad que choca constantemente con la ironía y el humor del relato, repleto de situaciones hilarantes ocasionadas por las obsesiones de Jack.

Pero a los asesinos en serie (y a los cineastas controvertidos) cada vez les resulta más difícil obtener el nivel de adrenalina que buscan tras cada acto, lo que conlleva dos cosas: que cada vez sus acciones sean más salvajes y que cada vez pongan menos atención a lo que les rodea, ya sean policías o críticos cinematográficos, en pos de dar vida a su propia creación.

A través de esta vuelta de tuerca irónica a los relatos de asesinos en serie, el humor negro que preside cada diálogo (ya desde el primer incidente con Uma Thurman y los juegos de palabras entre la muerte y los jacks -además del nombre del prota significa gato hidráulico en inglés- somos conscientes de a qué nos enfrentamos), el detallismo obsesivo compulsivo en la ejecución y encubrimiento de los crímenes dejan paso a la violencia como forma de arte. Y, precisamente aquí, es donde la película se desdobla autoconscientemente y Von Trier utiliza el relato del psicópata y su historia personal para reflexionar sobre su propia obra cinematográfica, construyendo un paralelismo perfecto entre las creaciones de ambos.

Más allá del papelón que se marca Matt Dillon, de retomar con tanta clase la comedia, un género que no veíamos en Von Trier desde El jefe de todo esto, y de mostrar “el lado divertido” de matar y de la muerte, es esta parte meta (si conoces la obra del autor) la que la sublima y eleva a la categoría de obra de arte. Y es que yo no lo puedo ocultar: amo a Lars Von Trier porque amo el cine como forma de expresión, adoro recrearme en la violencia explícita y me superan las historias que parecen una cosa, pero luego encierran otra. Así que, sin haber finalizado aún el Festival de Sitges y con permiso de One Cut  of the Dead (Kamera o tomeru na!), puedo afirmar que esta ha sido LA película de esta edición. Ya estoy contando los días hasta febrero, fecha en que podremos disfrutar de ella (por fin, otra vez) en todas las salas de cine.

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Acerca de Teresa Domingo 179 Articles
Si es creepy, es para mí.

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