The sound of Silence: Cuéntalo

La comunicación es el bien más preciado del que dispone el ser humano, pues le permite expresarse, dando a conocer al resto de sus semejantes qué pasa por su cabeza, cuáles son sus necesidades o sus preocupaciones. Por su parte, la voz imperativa de la forma verbal recoge en su esencia el poder del lenguaje y de la palabra. Ambas premisas se combinan en este tebeo de Emily Carrol y Laurie Halse Anderson con un doloroso pero necesario testimonio, en el que la rotundidad del título se torna en soberbio consejo.

Por Cristina Hombrados.

 

Desde su Cruzando el bosque, a la premiada ilustradora canadiense Emily Carroll la tenía encuadrada en el género del terror. 5 relatos que rezumaban inquietud en los que la autora jugaba con los personajes de nuestro imaginario colectivo, la sugestión y el terror psicológico. De sus viñetas, a mí me quedaron grabadas unas frases que, si bien pueden aplicarse al terror sin más, me parece que trascienden a otro ámbito mucho menos sobrenatural: la condición humana.

… Pero los peores monstruos eran los que hacían nido. Los que se te metían dentro y montaban ahí su hogar. Los que no podías identificar, los que no podías ver. Los monstruos que se te comían vivo desde dentro.

Podría decirse que Cuéntalo, el último trabajo de Emily Carroll con guión de Laurie Halse Anderson que La Cúpula acaba de publicar en nuestro país, entronca directamente con ese terror visceral inherente al ser humano. Y para muestra, otra frase extraída de este Cuéntalo.

… Tengo una bestia en las entrañas rajándome las costillas por dentro …

Los monstruos, en cualquiera de las representaciones que han adoptado a lo largo de la historia sugeridas por las diferentes sociedades e individuos, no dejan de ser la materialización de esos miedos que sentimos, de esos abismos a los que nos enfrentamos, de esos peligros que nos acechan. Así, dándoles un nombre y dotándoles de entidad, los hacemos palpables y tangibles, finitos y abarcables. Pero destruirlos no es nada fácil, pese a que un buen puñado de remedios han viajado a través de la tradición oral y la escrita hasta nuestros días. En ocasiones porque no disponemos de las herramientas adecuadas. Otras veces, nos desviamos del objetivo. También sucede que acabamos enredándonos en batallas que no son las nuestras o incluso postergando el momento de llegar a ellas. No obstante, no queda otra que respirar profundo, dar un paso al frente, erigirse matamonstruos de la forma que sea y acabar con ellos. ¿Un ejemplo? Barbara, la matagigantes de Ken Niimura y Joe Kelly.

Hay un monstruo, verdaderamente temible que, tan solo quien lo conoce, puede hacerse cargo de su verdadero poder y que, por desgracia, es el pan nuestro de cada día. Yo no soy quien para hablar de él, pues no me parece justo que alguien que no se ha encontrado frente a frente ni con él ni con la simiente de su origen, acierte a describir con precisión la magnitud de su devastación. Otros lo han hecho. En primera persona, públicamente y por diferentes cauces. En forma de viñetas, refugiándose bajo un seudónimo mientras relata cómo la condición de género y algunas casualidades espacio-temporales restaron credibilidad a su situación, caso de Una entre muchas (Astiberrri). O con la música como hilo conductor de la narración, elemento redentor, además, en la traumática experiencia del pianista James Rhodes en su valiente y sincero Instrumental (Blackie Books). Lecturas recomendabilísimas, ambas, que suponen preciosísimos testimonios gracias a los cuales, podemos ponerle cara a este monstruo al que me refería. O quizá debería decir monstruos. Sí, en plural. Porque al abominable monstruo de los abusos sexuales y violaciones (permitid que con sólo estos términos resuma la amplia casuística) que sufren indiferentemente pequeñ@s y mayores, hay que sumarle otro monstruo que actúa de pantalla de ese otro. Uno que se instala en las víctimas a las que se les ha arrebatado un bien íntimo y preciado y que les mina día a día, expandiéndose plácidamente a su antojo en su interior e insuflando una convicción errónea que llega a estigmatizar de por vida. Esa bestia que se establece en lo más profundo de las víctimas de abusos sexuales y violaciones, que impone el silencio y que las amordaza, anulando la capacidad de expresar su sufrimiento conformando palabras para denunciar los hechos.

Cuéntalo, de Lauri Halse Anderson y Emily Carroll (La Cúpula) es una invitación a plantar cara a ese monstruo mediante un paso que puede antojarse tan complicado para quienes a él se enfrentan como puede ser la verbalización.

Tiempo y lenguaje, factores de vital importancia en una ecuación dolorosa. Qué error más grande autoconvencerse de que el monstruo acabará yéndose por su propia voluntad. O de que ignorándolo desaparecerá. Contradiciendo el dicho popular, el tiempo no es el remedio que cicatrice según que heridas. Más bien al contrario: el paso del tiempo es pernicioso. Por su parte, el silencio sólo sepulta los hechos acontecidos: no los hace desvanecerse.

La historia de Melissa, a la que en este tebeo Emily Carroll le pone el trazo y Lauri Halse Anderson el guión, ha tenido un largo y premiado recorrido hasta el momento. Y no me refiero en este formato, pues su recorrido como cómic no ha hecho más que empezar: ha visto la luz a principios de año en Farrar Straus Giroux Books y en nuestro país está disponible desde hace pocos días.

Cuéntalo o, lo que es lo mismo, Speak es una adaptación de la novela homónima de Lauri Halse Anderson publicada en 1999. Este título para adolescentes es, hasta la fecha, el mayor éxito de esta escritora estadounidense bien conocida en su país tanto por adolescentes como por adultos: fue best seller en EEUU, finalista del National Book Award en el año de su publicación, merecedora de diferentes galardones y ha sido traducido a unos 16 idiomas. En nuestro país fue publicado bajo el título Cuando los árboles hablen en 2004 dentro de la colección Gran Angular de la editorial SM. También en 2004 se estrenó la adaptación a la gran pantalla de la novela con la crepuscular Kristen Steward en el papel protagonista.

Lejos de que esta adaptación al noveno arte pierda un ápice de fuerza, Cuéntalo no es un vacuo discurso encorsetado y repleto de tópicos en viñetas. Guionista y dibujante dotan de fluidez a la historia de Melissa, una adolescente que no encaja en su recién estrenada etapa de instituto, deslizando e integrando en el discurso los detalles oportunos que nos van haciendo partícipes del sufrimiento que corroe a la joven y del que, al comienzo, no alcanzamos a comprender el motivo. Impotencia y dolor sin límites se conjugan con ese complejo periodo vital en un acertado planteamiento que invita al lector no solo a empatizar de forma inmediata con Melissa asumiendo su fracaso, comprendiendo su conformismo, la manera en que escoge apartarse del resto de la gente y su resignación conforme avanza la trama, sino también a darle la mano y apoyarla en su lucha contra el monstruo. Ambas, Anderson y Carroll aportan la información precisa, trabajando principalmente mediante la sugerencia y la empatía y apoyándose en el lenguaje, sin excederse en explicaciones ni incorporar escenas explícitas ni aportar información anodina, intrascendente o reiterativa.

Es interesante, por cierto, la forma en que presenta el arte como catalizador y vía de escape que se hace más que necesario cuando el desgarrador dolor no atina a salir con palabras.

El relato, que abarca un curso escolar, no se nos antoja lejano por el mero hecho de estar ambientado en pleno estado de Nueva York, como puede llegar a suceder en algunos textos: tanto los monstruos como la cotidianidad que refleja el tebeo son universales y fácilmente identificables en nuestra sociedad.

El blanco y negro no hace hace sino acentuar los estados de ánimo y la atmósfera opresiva en que se encuentra instalada la protagonista. La narración está sembrada de viñetas muy significativas sobre cómo el miedo es capaz de condicionar nuestros actos.

Pero si algo es este Cuéntalo es otro testimonio más de abusos y estigma. En cierto modo, también una terapia: no en vano Lauri Hals Anderson comparte sus demonios con los lectores. Porque ella, al igual que tant@s otr@s, ha sufrido estos monstruos en sus carnes. Construir un relato autobiográfico de estas características supone una verdadera declaración de principios y, sobre todo, actuar en consecuencia con el título de su obra (Speak/ Cuéntalo) predicando con el ejemplo.

Así pues, el espectro en el que se mueve Melissa va inevitable y comprensiblemente del derrotismo a la desazón; la narración se encuentra en primera persona en tiempo real, en voz de una adolescente confusa y aterrada. Bien seguro que Anderson ha recuperado trazas de dolor en forma de recuerdos mientras armaba la historia dándole forma de guión. Pero que esto no nos lleve a equívoco, pues hay lugar para la esperanza. Y es precisamente la forma en que esta narración se articula en base al poder de la expresión. Liberarse mediante la comunicación, buscar el respeto mediante la palabra, el uso del diálogo como herramienta con la que deshacer el entuerto más enrevesado o la situación más peliaguda, expresar lo más íntimo de nuestro ser… En definitiva, es un valiente testimonio sobre cómo extirpar demonios mediante la verbalización.

Los silencios, sutiles gritos, son las supuraciones de esos monstruos que se aferran al pecho y te impiden seguir adelante, desvinculando de la rutina en la que están montados el resto de mortales. Para extirparlos se requiere de gran valentía. Doble valentía diría yo: sobreponerse a ellos y sacarlos en forma de palabras. Y Cuéntalo se erige testimonio de ello.

Teniendo en cuenta que somos los propios seres humanos quienes inoculamos esos terribles monstruos en nuestros semejantes, luchemos por la instauración de una educación cimentada en los principios de la igualdad y el respeto que potencie el valor de la palabra, herramienta clave a la hora de derrotar monstruos. #NoEsNo #MeToo

 

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