Z. SIN PALABRAS

Una muy grata sorpresa a todos los niveles. Gráficamente apasionante, Z es un ejercicio narrativo complejo que no te deja indiferente. Una propuesta a la que pocas veces tenemos la suerte de enfrentarnos, y que coloca en el disparadero a un autor a tener muy en cuenta.

Por Javier Marquina.

 

Como he dicho cientos de veces, lo de reseñar cómics no es un oficio sencillo. Tiene sus ventajas, eso es indudable, pero a veces los regalos más jugosos no son sino mazanas envenenadas. Por ejemplo, de vez en cuando se ponen en contacto contigo para enviarte cómics de todo tipo, esperando una valoración positiva o algo de promoción (modesta) a través de la página web. Esto, que algunos verían como un auténtico chollo, en realidad es un marrón de proporciones épicas la mayoría de las veces. Escribir sobre algo requiere de un estado de ánimo muy particular. Si realmente quieres que lo que plasmas blanco sobre negro tenga alguna clase de valor, la tibieza académica no es, de ninguna de las maneras, la mejor forma de de afrontar una valoración. Son las emociones extremas las que producen los contenidos más jugosos. La vehemencia es una potente fuerza creadora. O lo amas, o lo odias. Si te ha dejado indiferente la reseña será tan tibia como lo reseñado.

Por supuesto, si lo que has leído te ha encantado, no hay problema. Escribes lleno de entusiasmo y puedes matar con tranquilidad al perro rabioso que te acechaba. Pero claro, si lo que has leído te parece una mierda, te enfrentas al eterno dilema que oscila entre ser cruel o guardar un respetuoso silencio para desesperación del que te ha enviado su obra. No olvidemos que para el que crea, lo creado es como su hijo, carne de su carne, y todos sabemos que para ningún padre existo un hijo feo. Esto es así. La mayoría de las veces, los envíos te ponen en un compromiso en el que debes  hacer auténticas piruetas gramaticales para que en tus consejos no se infiera una verdad dolorosa. De tanto retorcer los hechos objetivos, los acabas convirtiendo en un enorme trola piadosa. No es fácil que alguien te diga “esto no es lo tuyo, dedícate a otra cosa”, y si edulcoramos en exceso la valoración, el artista la confunde con algo positivo y sigue para adelante por un camino en el que lo único que espera es la catástrofe. Un falso “bien hecho” se convierte con rapidez en la frase más letal de la historia.

Por suerte, cuando Valentín Ramón Menéndez se puso en contacto conmigo, tenía muy claros los riesgos que estaba asumiendo. Era totalmente consciente de sus posibilidades. Sabía lo que hacía. Tenía plena fe en el cómic que había parido. “Despelléjame si hace falta”, me dijo en uno de sus mensajes. El típico falso farol que se tira alguien con un repóquer de ases en la mano sabiendo que solo puede ganar.

 

Z es un cómic sorprendente. Temerario. Tan divertido como complejo. Un ejercicio de formato complicado en el que no hay ni una sola palabra. Nada. Pura ilustración y narrativa en un estricto juego de negros y grises. Lleno de simbolismos de todo tipo, es de esas clases de tebeos que exigen trabajo extra por parte del lector. Un proceso de descodificado que fascina con su hermetismo, sirviendo a la vez la clave para entenderlo todo a medida que se avanza. Z es su jeroglífico y su propia Piedra Rosetta.

Ocultando al héroe bajo la máscara cadavérica de un superhéroe propio de los años cuarenta, Z nos sumerge en una sociedad salida de la mente de Geoff Darrow en la que el consumo ha convertido a la humanidad en seres sin cerebro. Movilizados en bandos, en Z hay una crítica evidente al capitalismo, además de un parábola sobre el terrorismo integrista en la que podemos ver reflejada nuestra propia historia reciente. Ácida y salvaje al más puro estilo enfermizo y detallista de esa obra maestra que es Hard Boiled, esta novela gráfica moderniza el estilo pulp de los cómics de la EC para construir un modelo de investigador privado gamberro y cafre, un héroe que va desentrañando una conspiración de avaricia y poco a poco tira de los hilos para encontrar las causas de una serie de atentados en apariencia aleatorios. Y todo esto mientras se lleva a quien haga falta por delante sin reparar en desmembramientos o violencia gratuita, por supuesto.

Es difícil etiquetar Z sin caer en el cliché. Parábola futurista que mezcla gotas escogidas de contenido superheroico con la ciencia ficción más radical, este tebeo es, sobre todo, un prueba de fuerza en la que el autor estira los límites de las herramientas conocidas para centrarse en contar una historia. Valentín Ramón Menéndez usa de forma espectacular las imágenes para componer mosaicos que nos muestran lo que hay, eliminando las palabras que, tras la “lectura”, se antojan un efecto superfluo creado para el lucimiento de guionistas melifluos o literatos frustrados.

Fascinante, envenenado, lleno de un humor negro y salvaje que encaja como un guante en el ambiente opresivo y pesimista de la historia, Z es una de esas sorpresas mayúsculas que pone en evidencia, una vez más, el tremendo caudal de talento con el que contamos en nuestro país. Un premio que uno tiene la suerte de recibir por hacer crítica en este medio de posibilidades infinitas y en continua expansión.

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Nací, crecí, vomité ácido blanco y lechoso sobre un donut y me lo comí.

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